18. Vete, antes del amanecer
Vete, antes del amanecer
Cati observa a Marie mientras sus amigas siguen discutiendo sobre alterar el futuro, explotar el laboratorio y algo de la falta de honestidad en su relación. Ha dejado de escuchar cuando la cosa se ha puesto demasiado íntima.
—Qué guapa está —murmura, pensando en la bella durmiente.
—Lo que está es joven, que son cosas distintas —responde Isa, irritada.
La antigua empresaria resopla. Tiene miedo a que la científica se despierte y ni siquiera sabe por qué.
Una parte de ella misma no quiere que le vea la cara arrugada y el pelo teñido para ocultar las canas.
Piensa que no es justo que tenga un atisbo de cómo será el futuro de sus amigas, que de alguna forma es hacer trampa y saltarse los pasos intermedios.
Si quiere verla envejecer, tiene que ser paciente y continuar a su lado durante todos estos años.
Recuerda cuando ella misma tenía su edad. ¿Qué haría si se encontrase con su versión anciana? ¿Qué le preguntaría? Piensa en lo rápido que se le ha escapado la vida. ¿Y para qué, si no le queda nada? Ahora mismo no tiene nada ni nadie por lo que volver a 2045.
—Ojalá una buena copa de vino ahora mismo —dice demasiado alto.
—Toma.
Adela interrumpe su conversación con Patri y le ofrece una petaca metálica que saca del bolsillo interior de la chaqueta. Cati la toma sorprendida. La abre y huele el contenido.
—¿Plaza Nuke? —pregunta.
—No, Soylent Blue, aún no está en el mercado, pero los grupos de investigación lo han valorado muy positivamente.
La empresaria acepta la bebida y se echa un par de tragos a la boca. Está asqueroso, como cada cosa que se produce en Ícaro y en el resto de laboratorios modernos. Ya no hacen nada como las bebidas de antes.
—Marie no debería vernos —dice Adela.
—¿Cuándo volvió de este viaje en el tiempo, qué te contó? —pregunta Isa.
—Nada. Porque la enviaremos de vuelta antes de que se despierte.
La heredera mira el reloj y susurra unos cálculos, que Cati no entiende.
Por alguna razón que todavía no comprende, este gesto la irrita sobremanera.
Está harta de no comprender lo que ocurre y de que le oculten información.
Está fatigada de ver a Patri, la persona más valiente que conoce, titubear con ese nerviosismo.
Está cansada de que las discusiones de dos científicas con complejo de diosas afecten a las vidas de tantas personas.
Se ha acabado. A partir de ahora, quiere saber todos sus planes.
Una oleada de rabia la impulsa a preguntar:
—¿Qué haces aquí?
—Ya os lo he dicho, venía a interrumpir la explosión… —comienza Adela.
—¿Y pretendes que me lo crea? —la interrumpe—. ¿De dónde vienes? O, más bien, ¿de cuándo? ¿Sabías que estaríamos ahí? Y lo más importante: ¿tú cápsula está rota como la nuestra o funciona? Porque, si es así, quizá nos podemos ahorrar la conversación.
—Yo no me la quiero ahorrar —rezonga Patri.
—Cati, tenemos que encontrar a Marie antes de nada… —se queja Isa.
Adela suspira, con la cara de circunstancias de alguien que no esperaba enfrentarse a un conflicto en otra década. Después, las mira a las tres y explica una pieza del puzle que están empezando a formar:
—Creo que está bastante claro. —Patri resopla, irritada, pero Adela continúa sin inmutarse—: La Marie que tenemos aquí tiene cuarenta y siete años.
Viene de 2015. Un año tenso en el laboratorio, pero en el que logramos poner en marcha el primer prototipo de máquina del tiempo que podía trasportarte años atrás y no solo unos minutos: el TX15.
Funcionaba bastante mal, en las pruebas que hicimos el usuario perdía el sentido del equilibrio y se mareaba.
La habíamos usado solamente en viajes temporales de minutos, pero aún no estaba preparada para un salto tan grande como este.
El funcionamiento del viaje espacio-temporal hace que…
—Ahórrate la explicación científica —le pide Cati.
—A mí sí que me interesa… —dice Isa enfadada.
—Tiene razón —acepta Adela—. No tenemos tiempo para tanto, vamos a lo importante. La noche antes a la que Marie saltase por primera vez a 1985, es decir, a este momento, ella y yo tuvimos una fuerte discusión. No son necesarios los detalles…
—O sí —se queja Patri.
—… pero lo importante es que ella decidió saltar sin mí.
Esperó a que yo me marchara a casa y el laboratorio quedara desierto.
Después ajustó la máquina a unos niveles más altos de los que considerábamos seguros, y se marchó a 1985.
Para explotar el Laboratorio Ícaro y cambiar el futuro: acabaría con la posibilidad de que yo me dedicase a la ciencia, y eliminaría así la oportunidad de crear una máquina del tiempo conmigo. ¡Para quedarse ella con la patente!
—¿Qué?
—Por eso he venido a impedirlo. Pero la otra Marie, la vuestra, ha llegado antes que yo y ha vuelto a hacerlo… —Mira de nuevo el reloj—. Voy a tener que viajar atrás en el tiempo de nuevo para asegurarme de que la patente…
—¡¡No!! —grita Isa, levantando los brazos en aspas—. ¡¿Pero queréis dejar de alterar la línea temporal por un par de discusiones?!
—Un par de discusiones no…
—¡Mírate! Hablando como si nada de la Marie inconsciente, ¡mientras la nuestra está probablemente muerta!
Escuchar estas palabras hace que el estómago de Cati se contraiga.
No ha pensado en esta posibilidad ni por un segundo porque, por mucho que le cueste comprender el viaje que están haciendo, hay algo que no puede ser cierto en ninguna época: la posibilidad de que alguna de sus amigas ya no esté allí.
—Al mismo tiempo que —continúa Isa— la aún adolescente Adela está buscando desesperada a su familia después de un concierto trambólico en el que se han mezclado demasiadas líneas temporales.
¡En un concierto al que nadie sabe por qué hemos ido!
¡Ni siquiera nos gusta Sting! ¡Y mucho menos los ochenta! ¿Os dais cuenta de toda esta locura?
—A mí me gustan los ochenta —susurra Cati, dándose cuenta por primera vez de que es cierto.
—Estamos alterando el pasado —repite irritada Isa—.
Y nuestra Marie, que tanto nos repetía que eso no podía suceder, ¡nos mintió para hacerlo!
Además, ¡es muy probable que haya explotado ahí dentro!
Y eso es mucho más grave que vuestras discusiones estúpidas sobre quién le ha robado a quién la patente de la estúpida máquina que no tenía que haberse inventado nunca.
Todos los viajes en el tiempo salen mal. ¿Es que nadie lee nada en este grupo?
—Bueno, yo me he leído hace poco la biografía de… —comienza Cati.
—Lo que quiero decir —vuelve a interrumpir Isa, con los puños cerrados—. Es que os estáis comportando como niñas. Y todo tiene consecuencias.
—Estoy de acuerdo —dice Patri, tras un instante de pausa.
Cati observa a su amiga Isa y se siente orgullosa de ella.
Lleva tanto tiempo viéndola escondida en aquella casa rural, alejada del mundo, que se le había olvidado de lo que es capaz.
Entonces se promete tomarla más en serio a partir de ahora.
Quizá no haya un único camino, en ninguna de las épocas.
—Tienes razón. ¿Cómo lo arreglamos? —le dice, con una sonrisa de apoyo.
Isa toma aire y piensa en voz alta:
—Lo primero, enviar a esta Marie de vuelta a casa.
—Estoy lista para ello —responde Adela.
—Después, la explosión…
En este momento, su amiga se desinfla un poco. Cati la entiende, ella tampoco tiene una solución para ello y no puede ni siquiera pensar en que tal vez Marie no salga nunca del edificio.
—Podríamos volver atrás… —comienza Adela.
Todas se giran hacia ella pensando lo mismo.
Todo lo que acaba de decir Isa es cierto: no pueden seguir alterando la línea temporal ni jugar con la máquina para arreglar discusiones sobre patentes.
Sin embargo, si cabe la posibilidad de que Marie haya muerto en ese laboratorio, deben impedirlo por todos los medios.
Un último viaje. Pero el último de verdad.
Verdad de la buena.