Las chicas de ayer 17. Patri, es mejor que sigas tu camino
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17. Patri, es mejor que sigas tu camino

Patri, es mejor que sigas tu camino

Un terrible estruendo resuena en toda la calle cuando la bomba explota.

Patri acaba de dejar a la Marie duplicada apoyada contra el árbol frente al portal del edificio y se ha parado a recuperar el aliento.

Les ha costado demasiado cargarla, a pesar de que eran tres amigas y una adolescente, y sabe que mañana su ciática se arrepentirá de hacerle caso a la Marie original.

Con un quejido, la periodista se gira hacia el origen del ruido y no entiende lo que ve: de las ventanas de la última planta, en la que se encuentra el laboratorio, sale una humareda negra.

Aturdida, busca a la cuarta amiga a través del polvo.

Por la puerta, sale una multitud de empleados tosiendo.

Se forma un gran revuelo en la calle y le parece oír sirenas de policía, pero no sabe distinguirlo. Le pitan muy fuertemente los oídos.

—¿Qué le ha pasado a Marie? —le pregunta Cati, gritando por encima del tumulto. Con las prisas y la amenaza policial, no le ha dado tiempo a explicarles nada—. ¿Dónde está Marie? —Su amiga insiste y la agarra del brazo.

—¿Se ha dado un golpe?

Observa a Isa agacharse junto a la científica que duerme apoyada en el árbol y siente deseos de gritar. «Marie no ha salido, ¿no os dais cuenta? ¿Dónde está la verdadera Marie?». La busca entre la gente. ¿Por qué no estaba con ellas? ¿Qué ha pasado allí arriba?

—¿Creéis que Adela estaba allí dentro? —pregunta la traductora jubilada.

—¡Claro que estaba allí dentro, contigo! —protesta la Adela de veinte años.

—No… no se refiere a ti… —intenta explicar Cati.

—Qué paciencia hay que tener —se queja la chica—. Marie iba detrás de mí, ¡y te estaba buscando! —señala a Patri—. Después me ha dicho tonterías de un salero y…

—¿Qué te ha dicho? —pregunta Isa alarmada.

—Ha dicho que vuelvas a poner en su sitio un salero. ¿Qué no está roto, puede ser? Y algo de un freno en un asiento. Claramente está mal de la cabeza.

—Y que lo digas —se queja Patri mientras nota el calor del enfado en sus mejillas.

No puede creer que las haya engañado con la rotura de la máquina. ¿Con qué propósito? Piensa cantarle las cuarenta en cuanto la vea.

—Mira, me dan igual vuestras historias. Tengo que buscar a mi familia —responde Adela antes de perderse en la algarabía.

—¿Ha dicho lo que creo que ha dicho…? —pregunta Cati.

—No puede ser… —se suma Isa.

«Tiene que haber una explicación», trata de decirse a sí misma la periodista para mantener la calma mientras observa a la gente que continúa saliendo del edificio. Ninguna es su amiga Marie. Llegan la policía y los bomberos, que pasan rápidamente al interior del inmueble sin prestarles atención.

—¿Cuántos años tendrá esta Marie? —dice Isa mientras le pellizca un moflete a la persona desmayada.

Patri siente que se marea y sus piernas ceden.

Está muy cansada, así que decide sentarse como puede junto a la científica.

Las rodillas le crujen cuando se agacha, pero las ignora.

Solo entonces observa detenidamente a la versión más joven de su amiga.

Duerme, ajena a todo. La Marie frente a ellas no tiene setenta años.

No debe de llegar ni siquiera a los cincuenta.

Ojalá tuviera fuerzas para despertarla y exigirle que le cuente lo que está pasando.

—¿Hace cuánto que tienes la cápsula del tiempo? —musita, aunque empieza a creer que sabe la respuesta.

En ese momento oye un grito ahogado de Isa.

El mismo que profirió cuando vieron a Alfredo en su furgoneta destartalada, el mismo que profirió la Nochevieja que casi ganan la lotería, el mismo que soltó cuando las pillaron copiando en el examen de Matemáticas de bachillerato.

Patri se gira, alarmada, pero el movimiento de unas botas negras captan su atención.

Acabadas en punta, brillan bajo la luz azulada de emergencias.

Se mueven, haciendo crujir las raíces del árbol en el que se han apoyado.

Reconoce esos cordones violeta y esas tachuelas tan horteras.

Traga saliva mientras siente un sofocante calor en las mejillas.

No le hace falta escuchar la siguiente frase ni ver la larga melena teñida de rojo para reconocer a la dueña de esa voz.

—Demasiado tiempo.

La voz cascada de la Adela de setenta y seis años a la que sí está acostumbrada le retumba en los oídos maltratados por la explosión. No sabe si está respondiendo a la pregunta que acaba de hacer o se trata de un saludo. Porque es cierto, hace demasiado tiempo que no se ven.

—Joder —se le escapa cuando alza el mentón y esos ojos verdes se clavan en los suyos.

* * *

—Ya os lo he dicho, he venido para impedir la explosión —repite la recién llegada, la Adela de 2045.

Aún es de noche y la luz de las farolas proyecta sombras sobre sus rostros.

Han conseguido arrastrar a la Marie de cuarenta años hasta un parque cercano y ahora duerme plácidamente sobre el césped.

A unos metros, unos sintecho les echan miradas furibundas para que se callen y los dejen dormir.

Ajenas a todo, Isa y Cati intentan entender la situación. Patri se mantiene al margen.

—¡Pero Marie dijo que eras tú la que quería hacer explotar el laboratorio!

—¿Por qué iba yo a explotar mi futuro?

Adela se encoge de hombros acompañada de una mueca de desdén que conoce muy bien. De hecho, recuerda usarla para ganar todas las discusiones. Su ex está acostumbrada a tener siempre razón, ya sea en su propio tiempo o en 1985.

—¿Y por qué iba Marie a querer explotarlo? —pregunta Patri, enfadada.

Es probable que su amiga las haya engañado para llevarlas hasta allí, pero no puede creer que de verdad haya montado todo este viaje para acabar poniendo una bomba en su antiguo lugar de trabajo.

¿Y, aunque fuera así, cómo van a volver a casa?

Algo le dice que van a necesitar la ayuda de Adela y lo cierto es que esa posibilidad la pone de mal humor.

—Lo más importante —interrumpe Cati— es encontrar a Marie. No esta de aquí, la otra.

—¿Crees que estaba dentro del laboratorio cuando…? —pregunta Isa.

A Patri le duele la cabeza. No puede soportar la idea de que su amiga se haya inmolado. No es cierto. Tiene que estar escondida en alguna parte. Quizá ha visto a la Adela del futuro y le han entrado náuseas. No la culpa.

Patri siente que en todo esto hay algo que no encaja. Si lo que la doctora quería era hacer explotar el laboratorio, ¿para qué iba a traerlas a todas hasta allí? Además, está el asunto de la otra Marie, inconsciente en el césped. ¿Qué hace aquí?

—Ella se pondrá bien —dice Adela, que la ha visto preocuparse—. El prototipo que ha usado para viajar, el TX15, no estaba bien calibrado. Fue el primero que nos funcionó para viajar a otro año, ¿sabéis? Pero producía comas leves al usarlo. No era nada útil.

La calma con la que lo dice hace que a Patri le dé un escalofrío.

Hace mucho tiempo, cuando estaban juntas, quiso obtener las respuestas sinceras que ahora le está dando, pero su pareja era una persona hermética y silenciosa.

Además de estar obsesionada con sus proyectos, actuaba con recelo cuando la periodista le preguntaba por la época de Marie en el laboratorio.

Nunca quiso compartir con ella lo que crearon juntas, hasta que encontró aquella carta sobre la mesa de la cocina.

No la abrió, y se ha preguntado muchas veces, durante los siete años que han pasado sin verse, por qué no lo hizo.

Si la hubiera leído, al menos entendería el motivo por el que se acabó su relación.

Patri rompió con la CEO del Laboratorio Ícaro la séptima noche en la que Adela se negó a contarle en qué proyecto pasaba las noches enteras sin dormir y por qué se le había desencajado tanto el rostro cuando la había encontrado con la carta en la mano.

Pero parece que la verdad siempre encuentra su camino, aunque no sea en la década que esperaba descubrirla.

—¿Cómo has llegado aquí? —le pregunta. Siente el dolor por enterarse de este modo con la misma intensidad que la curiosidad que la consume.

Adela sonríe y se encoge de hombros.

—De la misma manera que vosotras —se coloca un largo mechón de pelo liso detrás de la oreja—. Marie no es la única capaz de construir una máquina del tiempo.

—¡Le robaste el invento! —la acusa Cati, antes de darse cuenta de que no debía haberlo dicho y llevarse las manos a la boca.

—¡Me lo robó ella a mí! Todos los prototipos son propiedad de Ícaro. —Se aprecia la irritación en su voz—. Se desarrollaron en el laboratorio y Marie no tenía ningún derecho a sacar la…

Entonces, Isa explota de una manera que Patri nunca ha visto.

Excepto cuando ayudaron a Cati a vaciar el piso tras su divorcio y Alfredo se presentó allí.

O cuando se plantó delante de aquel azafato de vuelo en el viaje a Porto en el que había overbooking.

O cuando Marie le pidió hacer pruebas químicas con los pollos de su granja.

Bueno, quizá sí que la ha visto explotar más de una vez durante tantos años de amistad, pero, ya sea por el efecto 1985 o la resaca del viaje espacio-temporal que lleva encima, desde luego esta le parece la peor de todas.

—¿Pero es que no habéis visto ninguna película que merezca la pena?

—grita Isa, con la vena de la frente a punto de estallar—.

¡Cada viaje, cada cambio en la línea temporal tiene consecuencias!

No se puede estar viajando de arriba abajo como si nada.

Aterrizando en zonas de huerta que no existen, inmiscuyéndose en las relaciones de los demás, dándoles ideas a los artistas de la Movida…

¡¿Es que nos hemos vuelto locas?! Cuando volvamos a 2045, si es que volvemos, porque, sinceramente, si tenemos que confiar en la magnate ególatra o la científica hipócrita desmayada no lo tengo nada claro, ¡puede que ni siquiera haya 2045!

Igual ha habido una hecatombe y no se puede salir de casa por la radiación; o, peor, ¡no existe La Plaza! ¡Ni nosotras mismas!

Su amiga se detiene cuando está a punto de ahogarse. Patri no tiene ni idea de qué hacer para calmarla, así que agradece la pausa. Observa a Isa sacar una instantánea del bolsillo de un tirón y tirarla al suelo, con rabia.

—¡Llevo toda la noche vigilando la foto! ¡Soy la única que se preocupa lo más mínimo en este grupo porque estas cuatro chicas tengan una vida normal!

—Isa, necesitas… —musita Cati.

—¡Por enésima vez, no quiero una pastilla vigorizante!

¡Tampoco quiero un tratamiento antiarrugas ni un implante de mejora de rótula si no me la he roto nunca!

¡No quiero detener el envejecimiento ni pincharme químicos que me impidan sonreír!

Me gusta ser vieja. Me encanta tener tantos recuerdos como para amaros y querer mataros a partes iguales.

Estoy en paz con mis huesos doloridos, que me han acompañado en tantos bailes.

Y, ahora mismo, ¡necesito que mováis vuestros culos viejos y nos marchemos pitando de 1985!

Así que, tú —señala a Adela—, ricachona-heredera-robapatentes, desembucha y ayúdanos a buscar a Marie o te retorcerás…

Su amiga se queda parada, buscando la manera perfecta de maldecir después de tantos años de aguantarse.

—¿Entre polvos pica-pica? —la ayuda Cati.

—¡Eso! —grita ella señalando con un dedo triunfal y la cara completamente colorada.

—De acuerdo —dice Adela, tras una pausa—. Es cierto: cada viaje tiene consecuencias. Yo también tardé en entenderlo. Aunque no cambiarán vuestros futuros como crees, Isabel. Saber demasiado os hará obsesionaros tanto con el pasado como lo hice yo. Y no se lo deseo a nadie…

Esta última frase parece dedicada a Patri.

La periodista nota una sensación amarga en el paladar y trata de ocultar que le tiemblan las piernas.

Isa, en cambio, parece a punto de llorar de alivio.

No está segura de si es por haber soltado todo lo que llevaba horas queriendo salir o porque por fin ha encontrado alguien que le dé la razón.

Cati parece desconectada, como si más allá de aquellas palabras hubiera descubierto una certeza.

Patri mira con envidia a la joven Marie, que duerme plácidamente.

«¿Por qué nos has traído hasta aquí?», se pregunta.

Por último, observa el rostro calmado de la dueña de Ícaro.

Aún puede ver en sus pupilas el dolor que siempre estuvo ahí, pero que nunca dejó salir.

A pesar de ello, agradece ver a la mujer que conoce y no a la niña que ha estado con ellas durante la noche.

Esta sí es su Adela. Se había prometido a sí misma no volver a verla, aunque ya no lo tiene tan claro.