16. Marie es autosuficiente
Marie es autosuficiente
La científica camina detrás de Adela como si no reconociera el lugar.
Trata de centrarse en poner un pie delante del otro y no desviar la atención hacia las múltiples estanterías llenas de herramientas que conoce perfectamente.
La primera mitad del laboratorio es un almacén en forma de laberinto, en el que podría perderse durante horas reviviendo los recuerdos que su memoria visualiza en cada centímetro.
Recuerda a Adela, con diferentes cortes de pelo y chaquetas a la última moda, recordándole que haga sus descansos.
La escucha decir que el experimento en el que trabaja no va a resolverse si se queda sin comer.
Casi oye su propia risa mientras se reajusta las gafas para continuar media hora más.
¿Qué importa media hora cuando el futuro está aquí?
Tiene exactamente dieciocho minutos antes de que el laboratorio explote.
Traga saliva y se ajusta la cazadora de cuero que lleva puesta desde la mañana; por algún motivo le da aprensión tocarla en este instante, pero ignora la sensación.
Sus amigas se detienen en la gran sala ovalada que constituye el verdadero laboratorio.
Las observa mirar con asombro los microscopios y las máquinas anticuadas del siglo pasado.
Debe entretenerlas mientras hace lo que ha venido a hacer.
—Bueno, ya estamos aquí, tú sabrás lo que necesitas —le dice Adela, llamando su atención.
Marie asiente con la cabeza y nota que le sudan las manos. Diecisiete minutos.
—Necesito un replicador KJ8-D17 —comienza, ganando tiempo—. Quedaos aquí, creo que recuerdo exactamente dónde está guardado…
Antes de que puedan protestar, se esconde detrás de una estantería y echa a andar en dirección contraria. La oscuridad del laberinto de estanterías la hace desaparecer rápidamente, antes de que puedan seguirla.
01:25
Calcula. Quince minutos. Llega hasta la puerta por la que han entrado al laboratorio y agarra el pomo con cuidado. La desliza en silencio y se escabulle al otro lado. Está fuera. Respira.
Observa el pasillo vacío en penumbra. El corazón le late a toda prisa.
01:26
Catorce minutos. «¿Dónde estás?», piensa. Por un instante, teme haberse equivocado. Pero no puede ser, lleva muchísimo tiempo planeando este momento. Tiene que aparecer.
Entonces ve una figura moverse lentamente. El corazón le da un vuelco. «Ahí está».
01:27
Un paso más. Y otro. Solo quedan trece minutos. La figura se mueve hacia la tenue luz que escapa por la rendija de la puerta abierta del laboratorio. Marie reconoce el pelo ensortijado y su tez oscura. Siente un vacío en el estómago, pero traga saliva y se dispone a hablar consigo misma.
La doctora Marie Aminata Yeo, de cuarenta y siete años de edad, se enfrenta a su yo de otro espacio y tiempo. Aún tiene la inocencia en los ojos, pero ambas comparten ya algunas muchas canas del estrés de trabajar en el laboratorio.
—¿Qué…? —balbucea la recién llegada cuando se encuentran.
—Sí, soy tú. Escúchame, no tenemos mucho tiempo —la apremia Marie. Entonces ve el mareo en los ojos de su versión más joven—. No, no, no. Aún no. ¡Ya te desmayarás más tarde!
Reconoce la expresión de su interlocutora y sabe exactamente qué es lo que está pensando. Porque ya lo pensó en el pasado. La doctora recién llegada no parece hacer caso de sus consejos. Unos segundos después está desplomada en el suelo.
—Es que soy una cabezota —se dice a sí misma.
La versión de Marie de setenta y siete años mira a su alrededor para comprobar que el pasillo sigue vacío. Piensa qué hacer, pero no lo tiene claro. No recuerda qué pasó durante el tiempo en que su versión más joven estuvo desmayada. Pero sabe que aquí no se puede quedar.
Agarra a su yo joven por las muñecas y la intenta arrastrar. Se da cuenta de que pesa bastante y de que su propia espalda ya no está para estos trotes. Suspira. Ojalá hubiera podido traerse un arsenal de pastillas de 2045. Es injusto alcanzar la plenitud científica a una edad tan tardía.
01:28
Doce minutos. Muy poco tiempo y mucho por hacer. Mientras piensa, aparece Patri.
—¿Pensabas que te iba a dejar escabullirte? —le pregunta.
Marie sonríe al verla. Claro, necesita la ayuda de su amiga porque ya no puede hacerlo todo sola. Quizá nunca pudo. Se gira a mirarla y su sonrisa se amplía al ver la expresión de Patri.
Esta se encuentra de pie, confundida, señalando alternadamente a las dos científicas casi idénticas. Finalmente, dice:
—¿No había suficiente con una Marie?
Tiene gracia, pero no tienen tiempo. Diez minutos.
—Tenemos prisa: el laboratorio está a punto de explotar.
—¿Qué? —boquea Patri.
—Necesito que…
—¿Nos has metido en una bomba?
—Patri, te lo explicaré, pero sácame de aquí. Me refiero a mí yo inconsciente, ¿vale? Yo voy a llamar a las demás. Nos encontramos fuera.
—¿Es Adela? —pregunta, de forma inesperada.
—Sí, sí —responde la científica, con prisa.—. Aparecerá pronto. No tenemos tiempo, hazme caso, por favor.
«Confía en mí, a pesar de que no os he dicho la verdad», se reprocha a sí misma en su cabeza. Sin embargo, Patri asiente con preocupación. La cree. Cree que Adela es completamente capaz de volar el laboratorio de su familia. Al verla así, Marie siente un pinchazo de remordimiento en el pecho.
—Nos vemos fuera. Gracias.
Le da un apretón en el brazo a su amiga mientras esta se agacha para agarrar a la joven de las muñecas.
Sabe que quedará completamente magullada después de ser arrastrada hasta el ascensor, pero su versión de mediana edad no tendrá más remedio que lidiar con ello.
Si quería ser transportada en brazos, que hubiera aparecido frente a unas amigas sin reúma o artritis.
Marie entra corriendo al laboratorio y llega a la sala del fondo, donde sus amigas la esperan de charleta.
—¿Quieres hacer el favor de no contarle más detalles a la futura líder del Ícaro? —oye que Isa reprocha a Cati.
—Tranquila, no me interesa lo más mínimo continuar en esto de mi familia. Seguramente la versión que conocéis de mí es una amargada.
—Pues la verdad que…
—¿Ya has acabado? —interrumpe Adela, cuando ve a la científica aparecer—. Tengo mucho sueño.
—Sí, ya lo tengo —dice Marie. Hace una pequeña pausa para pensar. Necesita inventarse una excusa coherente—. He visto movimiento de guardias de seguridad del edificio. Ya lo tengo todo, salgamos de aquí rápido.
Ve algo de miedo en los ojos de Adela y se pregunta si ha sido mala idea mencionar algo así. Sus amigas se ponen nerviosas también.
—¿Dónde está Patri? ¿No iba detrás de ti? —pregunta Isa.
—Sí, estaba conmigo, pero se ha distraído mirando una maquina vintage —miente—. Voy a por ella. ¿Por qué no nos vemos fuera? A vuestro paso seguro que vais lentísimas.
—Me ofendería, Marie Yeo, pero ahora mismo prefiero que no nos me arreste la policía de 1985 —responde Cati, girándose hacia la puerta.
—Ya estamos, se cree que porque es la única con un implante de rodilla puede ser más rápida que… —oye a Isa rezongar mientras la sigue.
—Ve con ellas —le pide Marie a Adela—. Yo busco a Patri.
—De acuerdo —responde ella con prisa—, no tardéis.
—Oye, una cosa —añade la doctora en un susurro para que las otras no la oigan—. ¿Puedes decirle algo a Isa?
—¿No se lo dices tú?
—Por si acaso. Dile que el salero sí que funciona. Solo tienen que soltar la palanca de freno que está debajo del asiento. Y que no se olviden de volverlo a poner en su sitio después de usarlo.
—Vale… estáis fatal las cuatro —responde la chica antes de marcharse—. Espero no acabar así de mayor.
—Ya lo creo que sí —se ríe Marie—. Va, intenta distraer a los guardias mientras salimos.
Aprecia la duda en sus ojos, pero consigue convencerla porque el temor a que su familia descubra lo que está haciendo es más grande.
La observa marcharse con el rabillo del ojo mientras finge dirigirse hacia las estanterías por las que se perdió la primera vez.
Cuando oye sus pasos alejarse y el crujir de la puerta de salida, se permite volver a salir a la sala central y mirar el enorme reloj de cerámica. Seis minutos.
Justo a tiempo.
Con prisa y las manos temblorosas, empieza a reunir todas las herramientas que necesita.
Ninguna de estas piezas es un KJ8-D17 porque se los ha inventado.
A cambio, la mayoría de los utensilios que de verdad necesita esta noche están a su alcance en el laboratorio.
No todo es exactamente lo que esperaba, pero funcionará. Sabe que lo hará.
Entonces se arrodilla en el suelo haciendo crujir su prótesis y empieza a construirla. Mira el reloj.
01:37
Tres minutos. Tiempo suficiente para que una científica capaz de crear una máquina de viajes en el tiempo fabrique una simple bomba casera.