Las chicas de ayer 15. Las yayas se cuelan en Ícaro
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15. Las yayas se cuelan en Ícaro

Las yayas se cuelan en Ícaro

Adela las espera en una limusina a la salida del Penta con su cazadora intercambiada y una amplia sonrisa.

Cati la observa y se cuestiona por qué se muestra tan contenta de estar a punto de colarse en el laboratorio de su padre con un grupo de amigas ancianas y, sobre todo, se pregunta, dónde están sus propias amigas. Se da cuenta de que ni siquiera en el concierto la ha visto acompañada.

Entonces no puede evitar desviar la mirada hacia Patri y casi (casi, porque su raciocinio lo descarta automáticamente) empieza a pensar cómo evitar otro desastre. Suspira y piensa que, por mucho que lo intente, hay cosas que no se pueden cambiar.

—Hola, muñecas —dice Adela, invitándolas a entrar al vehículo ante la mirada atónita de la mayoría de la gente que rodea el bar con una copa en la mano.

Un par de hombres que conversaban muy animadamente sobre cine se han detenido por completo y están observando la escena, dándose codazos poco disimulados el uno al otro. En el asiento del conductor hay un hombre vestido de uniforme.

—¿Adónde vamos, señorita Adela? —pregunta este cuando se han acomodado las cinco.

—¡A casa, Fabrizio! ¡La fiesta continúa allí!

Por el tímido gesto del aludido antes de arrancar, Cati intuye que no está muy de acuerdo con la idea, pero ha decidido no ser el que agüe la fiesta.

Cuando se suben, el vehículo se adentra en la carretera desierta que compone el Madrid de madrugada y un silencio incómodo se apodera de la parte de atrás de la limusina.

Cati mira a sus amigas y ve, con preocupación, que la única que parece tranquila es Marie.

Las demás, está segura, sienten esa misma claustrofobia que está empezando a notar ella misma.

En un acto reflejo trata de pulsar el botón para abrir la ventanilla y que entre el aire, pero no lo encuentra.

Después de unos segundos tocando la puerta del coche por todos lados, Adela la ayuda girando una manivela con la mano.

Por fin, el aire se introduce por la apertura y le acaricia el cuello.

—Cuando lleguemos —rompe el silencio Patri. Todas se giran hacia ella alarmadas—… Nada, nada.

Cati se alegra de que su amiga no se atreva a decirlo en la limusina.

Adela le hace gestos con las manos para que se calle y vuelven al incómodo silencio de antes.

Solamente le queda observar por la ventanilla bajada las calles desiertas.

El momento más icónico vuelve a ser ver la Puerta de Alcalá, a estas horas completamente vacía.

Finalmente, aparece en el horizonte el edificio de la que será la futura corporación Ícaro. La empresaria la conoce bien, aunque nunca llegó a entrar ni a tener trato directo con la Adela del futuro, pero no hace falta trabajar con alguien para saber lo que se cuece en sus cocinas o laboratorios.

Siente un escalofrío en la nuca y trata de quitárselo de una sacudida, sin mucho éxito. La sensación permanece. Entonces escucha la voz de heredera:

—Continúa la fiesta.

Las amigas se bajan de la limusina con cara de preocupación y el coche se marcha en cuanto la puerta se cierra. Observa a Patri, incómoda, que da un paso atrás al encontrarse demasiado cerca de Adela.

—No muerdo, ¡tranquila!

—No sé yo —dice Patri.

—¿Cómo? —pregunta la chica.

—Nada —responde ella, encogiéndose de hombros.

Cati no piensa inmiscuirse, de verdad que no.

Siguen a Adela por el ascensor hasta el apartamento y continúan hasta que llegan al mismo recibidor que han visitado esta misma tarde.

La casa, en cambio, parece completamente distinta a estas horas de la noche.

La penumbra acecha en el pasillo y el silencio es opresivo.

Cati se pregunta si está desierta o los dueños están durmiendo. No sabe qué prefiere.

La chica les hace gestos a todas para que tomen asiento mientras cierra las puertas. Finalmente se sienta ella también y pregunta, en susurros:

—¿Cuál es el plan?

Cati observa en su rostro la emoción y las ganas de empezar la travesura de adentrarse en el laboratorio de la familia.

Si ya de por sí irrumpir en las dependencias de Ícaro es algo que le incomoda, ver la actitud de la heredera como si fuese una excursión escolar y una venganza contra su padre le produce sentirse completamente fuera de lugar.

Escucha, con alivio, la voz calmada de Marie, que les explica lo que tiene pensado:

—Catalina y Patricia —escuchar su nombre completo le hace dar un respingo.

Su amiga solamente los utiliza cuando está nerviosa—, os quedáis aquí.

Isabel nos acompaña solamente hasta la puerta, para vigilarla.

Yo entraré con Adela un momento, cogemos la pieza que nos hace falta para la cápsula, y estamos fuera en menos que canta una liebre.

—Un gallo —la corrige Isa, cuando ve que nadie más lo hace.

Marie la mira aturdida.

—Lo que canta es un gallo, no una liebre —argumenta la traductora—. ¡Venga ya, que hasta en la Plaza hay avatares de gallos!

—¿La Plaza es algún pub de moda? —pregunta Adela.

—¡La Piazza! Una discoteca, sí, sí, pero tú ni caso —responde Cati, con urgencia.

Quizá la empresaria no sabe de viajes temporales, pero hay algo de lo que sí entiende y es el inside trading.

No piensa dejar información privilegiada de la competencia en manos de la futura heredera de un imperio químico.

Seguro que eso alteraría la bolsa de valores y…

Entonces la asalta el recuerdo borroso de su jefe diciéndole que recoja sus cosas.

¿De qué le ha servido entregar toda tu vida a un proyecto?

Una oleada de rabia anticorporativa la inunda y le dan ganas de romper el jarrón que aún queda intacto en el salón.

—No nos desviemos. El plan —les recuerda Patri.

Adela asiente y se gira hacia Marie.

—¿Cómo es la pieza que necesitas? ¿Cómo se llama?

La científica se ríe, como si fuera un chiste interno que ninguna entiende. Entonces carraspea y responde:

—Necesito un acelerador de combustión KJ7-D17.

Adela parpadea.

—Te lo digo porque yo no tengo ni idea de los trastos que tiene ahí mi padre —explica—, y si tú no sabes cómo es, yo no voy a poder ayudarte a encontrarlo.

—Ah, sí —Marie vuelve a carraspear, incómoda—. Claro, yo sabré reconocerlo.

—Bien. Mejor.

Cati observa a su amiga, que está actuando definitivamente de forma muy extraña.

Después se fija en la chica, que parece aliviada, como si se hubiera quitado un peso de encima.

Seguramente, ahora que nadie espera su ayuda más allá de abrirle la puerta al laboratorio más caro de la ciudad, puede relajarse.

—Yo no me pienso quedar fuera —anuncia Patri—. Ya te lo dije, doctora, de mí no te libras esta noche.

Marie resopla, pero accede:

—Está bien, pues entonces Cati se qued…

—¡Yo no me pienso quedar sola en la mansión de la familia Addams! —interrumpe Cati.

—¡Es Del Pino! —se queja Adela—. Bueno, quizá es una casa un poco especial, pero tampoco es que vosotras seáis muy normales.

—Lo siento —se retracta Cati.

—Yo no —dice la joven.

A su lado, Patri sonríe para sí y la empresaria se da cuenta de la química que puede haber entre ellas a pesar de la vida de diferencia. Hay cosas que no cambian. Entonces se da cuenta de que se está poniendo ñoña, y no hay nada que más odie que una anciana ñoña. Intenta reconducir la conversación:

—Vamos todas y no se hable más —le dice, apuntando con un dedo a Marie—. ¿Qué hay que hacer? ¿Habrá barreras para entrar?

—¿Puede haber trampas? —pregunta Isa, con un brillo en la mirada de quien empieza a pasárselo bien.

—¿Trampas? —pregunta Patri.

—Sí, en plan Indiana Jones.

—Jolín, cómo está el patio con las abuelas —comenta Adela.

—¡A saber cómo estás tú a mi edad! Adicta a las vigorizantes, seguro —refunfuña Cati e inmediatamente se arrepiente de darle demasiada información.

—Mira quién fue a hablar —oye murmurar a Isa, pero no tiene tiempo de responderle porque Marie se lo impide.

—Vamos a centrarnos —respira y continúa—: no hay trampas. No es Indiana Jones. En el año 85 este laboratorio era minúsculo todavía. Por no haber, no hay ni cámaras de seguridad.

—¿Cómo que no? Pero si mi padre se gastó una pasta el mes pasado…

Marie se levanta, arrastra uno de los sillones y se sube encima.

—¡Señora, cuidado! —le dice la chica, preocupada.

—Con lo de señora te has pasado —responde ella mientras todas la observan.

La anciana científica extiende un brazo hacia el techo para alcanzar un pequeño aparato electrónico colgado del techo. Lo desprende sin dificultad y lo tira al suelo.

—¡Eh! —grita Adela, pero, antes de que pueda detenerla, la carcasa se parte en dos al caer.

Marie se baja del sillón, la recoge con un quejido agarrándose la espalda. Se la muestra a las demás.

Es un trozo de plástico vacío, no hay nada en su interior.

—¿Ves? Está hueca.

—¿Cómo lo sabías?

—Me lo contarás en el futuro. Es una pena porque si hubiera cámaras de seguridad, podríamos tener pruebas de lo que va a suceder esta noche.

—Deja con cuidado las piezas de plástico sobre la mesa de café—.

Pero, como no las tenemos, tendremos que improvisar.

Vamos, nos queda bastante noche por delante.

—¿No decías que sería solamente entrar y salir? —pregunta Isa.

—Sí, bueno —titubea ella—. Cuanto antes, mejor.

Cati hace el esfuerzo por no almacenar esta información en su propio cerebro.

Que las cámaras de seguridad del Laboratorio Ícaro sean falsas deja muchísimas brechas de seguridad.

¿Cuántos años fueron falsas? ¿Seguirán siéndolo en 2045?

Es una información que ella misma no debería tener porque la competencia…

Se detiene en medio de este pensamiento.

Está bien. No le debe nada a su antigua oficina.

Debería centrarse en el viaje con sus amigas.

Ellas no la van a dejar de un día para otro.

Siguen a Adela y Marie por unas lujosas escaleras hasta el segundo piso del edificio. Allí, se encuentran frente a unas grandes puertas de aluminio blancas.

La científica se gira hacia sus amigas:

—Si queréis echaros atrás, es el momento.

—¿Cómo puedes ser tan pesada, Marie?

—Menos mal que yo no refunfuño tanto, aunque sea un poco más mayor —rezonga Patri.

—¿Entiendo que venís todas?

—Anda, calla y abre la puerta.

La doctora sonríe de una manera que hace sospechar a Cati que ha conseguido llevarlas exactamente a donde quería.

A continuación, Adela pone su huella en un sensor que hay junto al dintel.

Lo hace lentamente, con reticencia, como si intuyese que está abriendo a un destino que la va a acompañar para siempre.

Finalmente, se oye un pitido y la puerta se abre suavemente.

—Pues allá vamos —susurra Marie.

Y Cati es perfectamente consciente del nerviosismo en la voz de su amiga.