14. Solo les queda un poco más
Solo les queda un poco más
—¡La foto ha cambiado! —grita Isa, antes de darse cuenta de que nadie la oye con el volumen tan alto de la música del local.
Busca a sus amigas y no las encuentra a simple vista entre la multitud.
Vuelve a mirar la instantánea, aunque es complicado verla en la oscuridad.
Apenas es una sombra, aunque está segura de que ha cambiado.
Intenta encender la linterna de su pulsera con un par de golpes, pero esta la responde con una imagen de Las chicas de oro a través de la pantalla estropeada, que se partió cuando se enfadó en el parque.
¿En serio echaban esta serie de madrugada?
«Céntrate, Isa». Con otro golpe la apaga.
Cuando vuelva a casa, piensa quitársela y no volvérsela a poner nunca más.
Se gira desesperada hacia la barra, buscando otra fuente de luz. El barman le pregunta si quiere otro cóctel, pero ella no responde. Da toda la vuelta a la barra de madera y se mete debajo del foco del fregadero.
—¡Eh, señora, no puede entrar…!
Isa lo mira con cara de pocos amigos y le hace un gesto con la mano para que no la moleste. No sabe si es por la edad, o qué, pero el camarero obedece y no replica. En su lugar, se encoge de hombros y se gira a atender a otros clientes.
Ella observa la foto con detenimiento bajo un foco medio roto.
En ella siguen apareciendo las cuatro amigas a los veinte años, aunque el fondo es distinto.
¿Qué es esa sombra verde? Ya no están en el concierto, a pesar de que las cazadoras no han cambiado.
Sí, a la derecha, un césped verde deja intuir que están en un parque.
Isa intenta darle vueltas a lo que está viendo.
¿Ahora se hacen la foto al salir del concierto en lugar de dentro?
¿Qué significa este cambio? Ellas parecen estar enteras y no se aprecia nada preocupante.
Solo está modificado el fondo. Tal vez han cambiado de idea para tomarse la foto más adelante. No debería significar nada…
—Muy guapas tus nietas —dice el barman junto a ella—, pero, si me permites, tengo que lavar estas copas…
Isa se aparta del fregadero, mordiéndose el labio. Observa al empleado trabajar y este le guiña un ojo coloreado con sombra de ojos plateada.
—Me llamo Pedro —sonríe—, ¿qué te trae por aquí?
Ella lo mira, algo aturdida, sin saber qué responder.
—Pues… me ha traído una amiga —dice por fin, y después añade—: contra mi voluntad.
—¡Esas son las mejores amigas! —responde él, riéndose—. Puedes quedarte a servir copas, si quieres. O ir a disfrutar de la fiesta.
—Gracias —dice mientras sale de la zona de la barra.
Multitud de cuerpos la empujan haciéndose hueco para bailar.
Intenta apartarse, pero es imposible, así que termina dando codazos a diestro y siniestro para avanzar.
Ve que muchos de los bailarines se giran con rabia, dispuestos a gritarle, pero al ver a una anciana se desinflan por completo y no se atreven a decirle nada.
Algo bueno tenía que tener el pelo blanco y los setenta y siete años.
Por fin encuentra a sus amigas, sentadas en los sofás de cuero brillante de la esquina del local. Se desploma junto a ellas sin saludarlas y respira. Está muy cansada.
—¿Estás bien? —le preguntan.
La mano de Patri aparece para ofrecerle una pastilla vigorizante, de las que juró no tomar. Pero ahora mismo la necesita. Aguantar los ochenta es mucho aguantar. Está a punto de tomarla cuando Marie se lo impide.
—Un momento, mírame. Tú ya te has tomado algo.
—¿Yo? Nunca tomo nada —les dice Isa, sin prestar atención. Después añade—: La foto ha cambiado otra vez
—¿Cómo ha cambiado? —pregunta Patri.
Isa saca la foto del bolsillo sintiendo que ha repetido este gesto demasiadas veces. La observa medio segundo y da un grito. Suelta la foto del susto y esta cae bajo el sofá.
—Genial, ahora hay que agacharse —dice su amiga.
—Estaba… —intenta decir—, había alguien más que no estaba antes…
Con aprensión, Patri se agacha para mirar bajo el asiento e introduce el brazo por el pequeño espacio.
—Hay un planeta entero viviendo aquí abajo —murmura.
Marie la observa conteniendo la risa.
—Te ayudo —intenta decir Isa.
—Nada, ya casi la tengo.
En ese momento llega Cati con Alfredo y con Mónica y se sientan en el sofá de enfrente.
—¿Qué hacéis ahí abajo? —pregunta la empresaria.
—¿Qué haces tú? —le responde Marie señalando con las cejas a los otros dos, de los que no se ha separado en todo momento.
—Tenía que vigilar unas cosas.
Alfredo la mira con fastidio y explica:
—Llevo toda la noche con la abuela en los talones. Está obsesionada con la chica del concierto. Si ni siquiera sé dónde he apuntado su número.
—¡¿Lo has perdido?! —grita Cati.
—Yo que sé, fue todo muy rápido.
—Ya te lo doy yo —dice Marie—, me lo sé de memoria…
—No te sabes nada de memoria —la interrumpe Isa, intentando controlarse—. No conoces de nada a la chica del concierto, ¿recuerdas?
—Seguro que la encuentres en Murcia, seguro que vive cerca de la calle Cartagena —interviene Patri.
—¿Y cómo lo sabes? —pregunta la granjera, con retintín.
—Tengo esa sospecha…
Isa se hunde en el sillón, mareada. Sus amigas están interviniendo demasiado. Todo este viaje es un desastre. Van a desaparecer de la foto o, peor, se van a quedar allí para siempre y no sabe si lo soportará.
—¡La tengo! —anuncia Patri mostrando la cartulina a la luz.
—¿Puedo ver esa foto? —pide Mónica mientras Alfredo extiende el brazo para cogerla.
—¡No! —grita Isa.
Se pone de pie y le arranca la foto a la periodista de las manos. Todos la contemplan sorprendidos. Ella los mira un segundo y dice lo primero que se le ocurre:
—Necesito tomar el aire. Estaré fuera. Con mi foto. De mis nietas. Las echo de menos. Adiós.
Sale escopetada del bar y apenas se da cuenta de por dónde pisa. Con las prisas, choca contra una pareja que está hablando en la entrada del local, pero no le hacen caso. Se apoya contra la fachada y respira hondo el frío aire de la noche.
—Que no, Rafa, que la guerra está muy reciente, no va a gustar.
Isa gira la cabeza y observa la pareja contra la que ha chocado. Se trata de un chico joven hablando con otro más mayor. Le suenan pero no tiene claro de qué.
—Tú hazme caso, Fernando, de la manera en la que yo lo tengo pensado, te digo que hasta ganas un Oscar. Imagínatelo: «El ganador es… Fernando Trueba, con la obra Aquella época ».
—Necesito un título más… —responde el otro.
— Belle époque —se le escapa a Isa.
Inmediatamente se lleva la mano a la boca. «Mierda».
—¿Qué ha dicho, señora? —le pregunta el hombre, girándose hacia ella.
«Mierda. Mierda». Vuelve a meterse corriendo al local dando otro empujón al portero, que murmura algún que otro insulto. Isa se agarra a la pared de papel pintado estampado y cierra los ojos. Suspira. «Deja. De. Intervenir», se dice a sí misma.
* * *
Se acerca a sus amigas, que siguen en el sofá y la observan cuando llega.
—¿Podemos irnos ya? —pregunta, desesperada.
—Huele mal aquí dentro, ¿verdad? —le dice Cati, asintiendo.
—No, me refiero de aquí, ¡de los malditos años ochenta! De estar atascadas en el pasado. ¡Me estoy ahogando!
Se da cuenta entonces de que lo ha dicho un pelín alto. Y, además, justo en un momento en que la música disminuye. La mitad del local la está mirando. Pedro, el camarero, le guiña un ojo desde la barra del bar y juraría que le dice: «Ánimo».
Isa cierra los ojos. Casi había olvidado por qué salió del bar en primer lugar. Saca de nuevo la foto del bolsillo y se la pasa a sus amigas en silencio. Estas la miran, sin decir nada. Está esperando la reacción. Que no llega.
—¿Qué pasa? —pregunta Patri, precisamente.
—¿Cómo que «qué pasa»? ¡La foto ha cambiado!
—Con esta luz no veo nada, hija… —dice Cati—. Me he dejado las gafas.
—¿Estamos en un parque? —insiste la periodista.
—¡Exacto!
—La foto no ha cambiado —interviene Marie.
—Algo estamos cambiando —explica Isa—. Estamos alterando el pasado de manera impredecible y el hecho de que estemos en un parque en lugar de en el concierto podría significar que…
—Igual nos hemos salido a tomar el aire —dice Cati.
—No estamos en el parque —dice Marie, muy seria.
Isa la mira. No puede ser. En todas las películas, el personaje de la científica es la que más se toma todo en serio.
Recuerda a Doc en Regreso al futuro insistir una y otra vez en que no es bueno alterar la línea espacio-temporal.
¿Por qué no puede tener una amiga científica normal?
¿Por qué esta doctora no tiene la cara desencajada con todo lo que está pasando?
¿Por qué están en un bar mugriento reviviendo la maldita movida madrileña?
Respira hondo y trata de calmarse. Tiene que haber una razón para todo esto. Y la tiene que descubrir.
Cuando observa de nuevo a Marie, esta le devuelve la mirada como si no hubiera roto un plato. Entonces se levanta, agarra la foto y la frota contra la camiseta.
—Tenías una mancha de vaca verde —dice—. Y además, a juzgar por tus pupilas, creo que te han metido algo en la bebida.
—¿En serio? —se ríe Cati—. ¿A la única que no toma pastillas?
—¿Tenéis pastillas? —pregunta Alfredo.
—Tú, a callar —le dice ella.
Marie mira el reloj de pared y dice:
—Vamos, Adela debe estar ya esperándonos fuera.
A continuación, le devuelve la foto. La mira a los ojos y le dedica una sonrisa. Isa se muerde el labio para no hacer más preguntas. Mira la imagen, que ahora que está limpia, parece tomada en un concierto. Es cierto que se siente eufórica.
—Isa, la foto no va a cambiar, pero nosotras sí. —Marie la toma del brazo mientras se encaminan a la puerta—. Y necesito tu ayuda esta noche.
La traductora jubilada asiente con la cabeza. Ayudará a su amiga, pero siente que algo grande va a suceder allí. Vale, bueno, está empezando a notar el efecto. ¿En serio la ha drogado la niñata esa? Al menos ya no sentirá dolor en las rodillas.