13. Hace mucho que no bailan así #2
La jubilada traga saliva y observa a la cantante de rock más importante de 1985 sin poderse creer lo que está sucediendo.
Entonces se da cuenta de que la gente que está a su alrededor las mira con interés.
Un par de personas señalan en su dirección y después cuchichean. Siente el calor en las mejillas.
La chica le guiña el ojo y le dice:
—Pensaba que no quería compartir la letra con nadie más que Nacho y yo por ahora, pero, claro, tu versión la mejora. ¿De qué conoces a Carlos?
—¿Yo? —titubea ella—. Ehm…, de aquí y allá, supongo.
Olvido se detiene y la observa durante unos segundos, satisfecha. El barman le tiende a Isa otro vaso de color verdoso y ella le da un trago. El frescor de la menta le inunda la boca y le da la sensación de estar lavándose los dientes. La cantante está mirando de nuevo al infinito.
—No sé si debería cantar esa canción.
—¡Qué dices! —dice la granjera, atragantándose—. Será una de tus mejores canciones, seguro.
Un sentimiento de culpabilidad la inunda al darse cuenta de que tal vez está alterando el pasado, así que añade, por si acaso:
—Bueno, seguro no hay nada. ¡Y yo no soy nadie para saber el futuro, claro!
—Oye, te admiro: a tu edad…, en el Penta. —La cantante suspira y apura el vaso—. Yo también seguiré igual en el futuro, nunca cambiaré.
Isa da otro trago de la vaca verde para evitar decir lo que no debe otra vez. Entonces Olvido la abraza de golpe y le susurra:
—Gracias.
Desaparece entre la multitud de la misma forma en la que había aparecido.
Lo último que Isa ve es su melena brillar antes de salir del bar.
La puerta se cierra y la anciana se queda pensando si lo habrá soñado.
La desagradable bebida verde que le queda entre las manos es prueba suficiente de que ha sucedido.
Un escalofrío le recorre la espalda. No sabe si ha intervenido demasiado, pero tiene claro que esa canción debe cantarse. Ojalá su pulsera funcionase para comprobar el año en que fue lanzada.
* * *
Cati vigila a Alfredo mientras lo ve acercarse a hablar con una chica que lleva un jersey de leopardo. Lo sigue disimuladamente y se afinca tras ellos en una mesa alta para escucharlos hablar.
—Creo que me he enamorado.
La empresaria pone los ojos en blanco.
—¡Felicidades! —responde la chica de leopardo. Lleva la melena corta y cardada, y lo mira divertida.
—De ti, por supuesto —le replica él.
—¿Ah, sí? ¿Y a cuántas se lo dices?
—¡Esta noche ya lleva dos! —interrumpe Cati.
Ambos la miran asombrados. La chica se ríe y le dice:
—¿Te has traído a tu abuela de carabina?
—¿Eh? No, no… —intenta corregir él.
Una amiga de la chica leopardo la llama y ella se marcha con una expresión de alivio. Alfredo se acerca a la mesa de Cati y se sienta junto a ella, con actitud derrotada.
—Pero, bueno, así no se puede, ¿qué mosca te ha picado?
—¡Es que ya te has enamorado antes de Cati! —Se da cuenta de que se ha equivocado y rectifica—. De la otra Cati. Que no soy yo. Obviamente.
El chico la mira incrédulo.
—¡Y tú me has dicho que me alejara de ella!
—Pues ahora ya no puede ser. Porque yo lo que quería es que no os conocieseis, pero ya lo habéis hecho, así que eso ya no tiene remedio. Ahora apechugas con las consecuencias y te casas con ella.
—¡¿Cómo?!
—Nada de cómos ni comas. Y me la tratas mejor esta vez, ¿de acuerdo?
El chico la mira confundido, pero la actitud de Cati no deja espacio para la duda, así que asiente con la cabeza rápidamente.
—Y ahora invítame a una leche de pantera. Eso está de moda ahora, ¿no? —dice ella.
* * *
Marie y Patri se dirigen a un sofá estampado para descansar un poco. Cuando se sientan, descubren que es de cuero y que está misteriosamente pegajoso, pero están tan cansadas que no le hacen ascos a nada.
—Creo que es la hora de la pastilla —le dice la periodista a su amiga de forma cómplice mientras saca una cajita.
—¿Vigorizantes? ¿Te has traído…? —comenta Marie.
—¿Cómo voy a aguantar estos trotes si no? Anda que vaya viajecito nos has regalado.
Un par de chicos jóvenes que están sentados a su lado, se giran con la mirada ilusionada.
—¿Es alguna droga nueva? ¿Podemos probar?
—Cuándo tengáis más de setenta hablamos —les contesta Patri quitándoselos de encima—. Estas son solo para personas con dolor de huesos.
Le ofrece una a Marie y esta duda un instante, pero después la acepta. La científica agarra un vaso que no es suyo de una mesa cercana para ayudarse con la pastilla.
—¡Eh! —protesta el dueño de dicha bebida.
Patri se la traga sin beber nada. Son ya demasiados años de píldoras para cualquier achaque de la edad.
—¿Recordabas así los ochenta? —le pregunta Marie a su amiga.
—No. Y a la vez sí —le responde esta. Después, trata de explicarse mejor—: Hemos romantizado tanto esta época que parece que fue maravillosa, y no era más que una montaña de mierda con muchas ganas de volar.
—Ya… —Marie se encoge de hombros—. Pero la habéis romantizado vosotros, los periodistas. Y los escritores también. «La época dorada en la que éramos tan libres, tan auténticos». Qué trola. ¿Quién era libre entonces?
—Lo peor de todo —coincide Patri— es que los jóvenes de hoy se lo han creído. Todos suspiran por no haber vivido los ochenta. Les gustaría disfrazarse con los cascos de un Walkman, unas zapatillas blancas y un tupé cardado, y viajar al pasado.
—Pues que esperen, que hay cola —se ríe la doctora.
La periodista recuerda entonces que aún no sabe el verdadero motivo por el que se encuentran en un bareto mugriento de la movida madrileña, así que le pregunta:
—¿Por qué querías volver, Marie? La primera vez, me refiero.
Su amiga tarda un poco en responder y la espera se hace eterna, pero finalmente dice:
—Quería comprobarlo por mí misma, supongo.
—¿Que los ochenta fueron una mierda?
Marie se ríe con el chiste. Después suspira y responde honestamente:
—Que el pasado no puede cambiarse.