Las chicas de ayer 13. Hace mucho que no bailan así
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13. Hace mucho que no bailan así

Hace mucho que no bailan así

Cuando salen del baño, Marie todavía no les ha explicado todo lo que le gustaría.

Pero sabe que aún no es el momento. Probablemente, si lo hace no la dejarán ir esta noche al laboratorio, y necesita acudir, pase lo que pase.

Por suerte, parece que lo que les ha contado es suficiente para saciar su curiosidad por el momento.

Además, ahora mismo lo único que quiere es pasárselo bien con sus amigas una vez más.

Tras la interrupción de Adela, vuelven a la zona de baile para disfrutar de lo que queda de concierto antes de irse.

—La foto no ha cambiado. —A su lado, Isa vocifera, con la imagen del pasado en la mano—. La chaqueta de la foto era roja porque se tomó después del intercambio de cazadoras con Adela. Realmente no me explico cómo no me acordaba de ese detalle.

—No nos lo contó. —Marie se encoge de hombros.

—¡Pero la tuvimos que ver con una chaqueta nueva!

La científica suspira irritada, pero se alegra de que su amiga no la oiga ni la vea claramente en la oscuridad.

—Hace sesenta años, Isa, no nos podemos acordar de todo —le responde.

—Qué rabia me da no acordarme de las cosas…

—Y eso que tienes setenta y seis, espérate a los setenta y siete —bromea Patri—. ¡Alfredo! —llama, saludando hacia la barra.

Marie se gira para verlo apoyado en el mostrador con un cigarrillo en los labios. A su lado está Mónica, «el personaje más secundario de esta historia», piensa. Al menos existe una sola persona de la que no tiene que preocuparse en este embrollo del viaje espacio-temporal.

El joven se gira al escuchar su nombre y el rostro se le transforma en una expresión de sorpresa y culpabilidad. Se acerca dando tumbos para hablar con Cati.

—Oye, tía, digo, abuela…

—¡Un respeto, eh! —se queja Isa.

—¿Abuela? Pero sí no tiene nada de malo —se aturulla—. A mí me gustaría tener cinco hijos y que estos a su vez tengan otros cinco hijos que…

—Pues lo llevas claro, Alfredito —le responde Cati.

Este se queda cohibido, pero decide continuar.

—Sí, eh. Perdona lo de antes —dice con tono culpable—. Lo de fingir que no te conociera, me refiero… Es que estabas actuando de manera terriblemente extraña con la chica aquella tan guapa y me daba un poco de vergüenza.

—¿Qué chica? —pregunta Marie.

La científica los observa, divertida.

—¡Nadie! No pasa nada, absolutamente. Todo olvidado —dice Cati, rápidamente. A continuación la oye susurrarle a Alfredo—: Espero que tú también hayas olvidado a esa chica, ¿eh?

—Qué va —responde él—. ¡Cómo la voy a olvidar! Me he enamorado.

—Pero cómo vas a estar enamorado, ¡si la acabas de conocer! —responde su amiga, ofuscada.

—Sé que me voy a casar con ella. Lo sé porque me ha dado su número, ¡y resulta que es de Murcia también! Es el destino. ¡Así que quería darte las gracias!

—¿Por qué…? —pregunta Cati con una mueca.

—Por marearte a su lado. La he conocido gracias a ti.

Marie observa a Alfredo sonreír y a su amiga completamente colorada y nerviosa, y no puede hacer otra cosa que echarse a reír.

El chico la observa sin entender, mientras que la empresaria la fulmina con la mirada.

Ahora recuerda que fue la noche del concierto de Sting la que Cati conoció, en la barra del bar, a su gran amor.

Siente cada pieza encajar tal y como esperaba.

—¿Hacemos una foto para inmortalizar este momento? —exclama Mónica, señalando a un chaval que ofrece fotografías con una cámara Polaroid—. ¡Invito yo!

La chica le paga al fotógrafo y, antes de darle tiempo a rechazarla, Marie siente el flash deslumbrarla y el sonido de la máquina imprimir.

—Ahora tengo que estar pendiente de dos fotografías… —oye a Isa refunfuñar.

Siente ganas de repetirle que ninguna de las fotos va a determinar el transcurso de la noche porque lo único importante ahora mismo es su plan en Ícaro, pero aún no es momento de explicárselo todo.

—¡Es la última canción de Sting! —grita Alfredo —. Y después nos vamos al Penta.

Hay una cosa que Marie les ha contado a sus amigas que es completamente cierta entre las inventadas: quiere disfrutar de la noche ochentera.

Sabe dónde van a acabar esa noche, pero no sabe lo que va a suceder por el camino.

Así que es hora de divertirse con ellas.

Aunque tengan setenta y siete años y dolor de huesos, nunca hay que dejar de bailar.

* * *

Media hora después, la furgoneta de Alfredo las deja delante del bar Pentagrama.

Se sorprende al entrar y sentir que ha viajado en el tiempo otra vez, está exactamente como lo recuerda.

Lo frecuentó bastante durante su época de estudiante en Madrid, cuando acompañaba a Cati a que su novio, Alfredo, tratase de conocer a otros grupos y músicos del momento.

Él quería hacerse un nombre, su amiga necesitaba apoyo moral y a Marie le venía bien salir del laboratorio, aunque no fuera del todo su ambiente.

Sin embargo, había una cosa que sí que le gustaba: adentrarse en la pista de baile, moverse al ritmo de la música, y olvidarlo todo durante unas horas.

Aquel era el poder que tenía la música de los años ochenta.

«Dejarse llevar por el ritmo y no pensar demasiado en las letras», piensa con ironía.

Por los altavoces, la voz de Alaska cantando: «Tengo los huesos desencajados, el fémur tengo muy dislocado, tengo el cuerpo muy mal» les da la bienvenida.

—Y que lo digas —susurra para sí.

Alfredo y Mónica se han sorprendido cuando, después de ofrecerles llevarlas al hotel, las cuatro yayas les han pedido ir al bar tras el concierto, pero Isa, insistente, ha hecho que no pregunten mucho.

—¡Cuánta gente hay aquí dentro! —grita el chico al entrar.

—Y todos conocen a alguien —escucha que le comenta Mónica—. Aquí vas a poder hacer contactos cuando te mudes.

—¡Qué chica tan guapa hay ahí! —oye decir al joven, más fuerte, mirando a lo lejos.

—Oye, ¿pero tú no te habías enamorado ya esta noche? —contesta Cati, con pánico en la voz.

—Pero… —trata de decir él.

La científica suspira y trata de ignorar la conversación. A la Marie de diecisiete años le quedan muchas discusiones que escuchar, pero la de setenta y siete hace mucho tiempo que se las sabe todas.

Le da un par de golpecitos a su pulsera inteligente por costumbre. Esta le muestra una imagen borrosa de la carta de ajuste.

—¿Qué es ese chisme? —pregunta Mónica.

—¡Nada! —interrumpe Isa—. ¿Vamos a pedir algo?

Su amiga se lleva a la chica del brazo. Como su dispositivo no le sirve, Marie busca el reloj de pared para saber la hora. «0:04». Ojalá poder decir que es la hora de dormir para cumplir el estereotipo de abuela, pero hace demasiados meses que no duerme bien.

—¿Bailamos? —pregunta a sus amigas.

Isa contesta señalando unos taburetes cercanos y Cati se cruza de brazos y se queda vigilando a Alfredo. Bueno, no pasa nada. No todas tienen el mismo ritmo.

Marie se adentra en la pista de baile con Patri y juntas bailan hasta que se descoyuntan.

Figurada y literalmente, tienen que parar un par de veces para que la periodista vuelva a encajarse el tobillo donde debe y a que la doctora se apoye en la pared por falta de aire.

Pero eso no les impide seguir. Setenta y siete años solo significa cinco tornillos en la cadera, un par de implantes y una lista de pastillas matutinas bastante larga.

Probablemente, si estuvieran en 2045, sus pulseras inteligentes estarían pitando como locas alertando de ritmos cardíacos inusuales pero en 1985 están fuera de cobertura. Bailan como si no hubiera un mañana.

Y hay momentos que solo se viven una vez. O dos.

* * *

Isa las observa bailar desde un incómodo taburete.

Le duele todo el cuerpo de tanto estar de pie, dormir en el césped y comer mal.

Está muy cansada del viaje y también de ser la única que no lleva ningún implante ni toma vigorizantes.

No confía en la medicina antienvejecimiento y es la única que ha aceptado el hecho de que ya es mayor. Y ser mayor también está bien.

«Ojalá se dieran cuenta de una vez» refunfuña porque refunfuñar sí que es algo que hacen las cuatro, sin excepción.

En ese momento, una chica con una melena larguísima, en rastas sujetas en una coleta alta, se coloca a su lado para pedir en la barra. Cuando el camarero se acerca, la oye decirle:

—Una vaca verde, por favor.

Un recuerdo se activa en la mente de la antigua traductora mientras se gira con la curiosidad despierta.

Observa al barman preparar la bebida mientras se pregunta qué otros nombres eran habituales, pero han dejado de usarse.

La botella de peppermint del revés y el olor a menta fresca inundando el ambiente la deja fascinada por un momento.

—Huele muy fuerte… —susurra.

—A quién le importa —replica la chica que espera su bebida.

Isa le presta atención y reconoce por primera vez esa melena, esos labios pintados de negro, la sombra de ojos violeta y el vestido azul eléctrico. Abre la boca como si hubiera visto un fantasma y lo único que atina a decir es:

—A quién le importa lo que yo haga.

—¡Exacto! —le responde la chica—. ¿A quién le importa lo que yo haga? ¿O diga?

—Yo soy así. Nunca cambiaré —murmura Isa, confundida.

—Quizás la culpa es mía por no seguir la norma.

—Pero ya es demasiado tarde para cambiar. —La versión de la anciana de setenta y siete años sabe que debería huir ahora mismo de ese lugar, pero no puede contenerse, está fuera de sí.

—¡Ostras, gracias! Creo que encaja mejor así en el estribillo, mañana se lo digo a Carlos.

A la jubilada se le cae el alma a los pies, y pregunta con miedo:

—¿Berlanga? —pregunta.

—¿Lo conoces, no? —La chica le tiende la mano—. Oye, ¡me gusta tu rollo de ropa vintage! ¿Cómo te llamas?

—Eh…, Isa —responde ella mientras le ofrece una mano temblorosa.

—Yo Olvido, encantada. ¡Camarero, ponle otra vaca verde a Isa de mi parte!