Las chicas de ayer 12. Patri quiere entender
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12. Patri quiere entender

Patri quiere entender

Patri observa a su amiga Marie mover la cabeza al ritmo de la música.

Sting canta «Listen to me girl» en el escenario, su debut en solitario en Europa, y por un momento se deja llevar.

Disfruta de la música y baila como si tuviera diecisiete años otra vez.

Sonríe de oreja a oreja. Están viviendo un momento histórico y tiene la suerte de vivirlo por segunda vez.

Casi olvida dónde están hasta que atisba una cazadora roja que recuerda bastante bien. Adela se acerca a ellas bailando y grita entre el gentío:

—¡Pero si estáis aquí!

Un escalofrío la recorre al tenerla tan cerca de nuevo.

Ha vivido mucho desde que su historia acabó.

Además, la Adela que tiene delante ni siquiera es la que conocerá.

Por si acaso, se queda callada. Marie, en cambio, le hace hueco a su lado y corea con ella la letra de la canción.

Esto provoca que Patri entorne los ojos, pues su amiga no baila ni canta casi nunca.

—¡Gracias por ayudarnos esta noche! ¡Eres un sol! —la oye decirle a la chica.

Definitivamente, su amiga no es tan amable. Y Adela tampoco es un sol precisamente.

No tiene tiempo de interrogar a ninguna de las dos porque en ese momento siente una ducha fría de cerveza.

—Ay, lo siento, ¡lo siento! —se disculpa Adela.

—¡Que te den! —responde una chica junto a ellas. Se acerca a la heredera y le escupe en la cara—. Sí, tú, que te den.

—Que te den a ti, ¡ha sido un accidente! —grita ella.

—¡Estoy empapada! Vámonos —dice otra voz muy familiar.

—Yo también —se queja Marie.

Patri apenas presta atención a su amiga e intenta identificar a las chicas que han insultado a Adela.

No le da tiempo a verle la cara, pero atisba unos rizos castaños y el bordado en el pantalón mientras se aleja.

Un escalofrío le recorre la espalda. Es su propia melena, antes de cortársela para siempre, y también es el bordado en el bolsillo que le hizo su madre antes del viaje a Madrid.

Además, reconoce a la otra chica con su pelo anillado y la tez oscura. Nota un vacío en la boca del estómago.

—Perdona, mira, ponte mi chaqueta. ¡Yo tengo calor! —oye gritar a Adela, antes de perderse entre la multitud persiguiendo a las chicas a las que les ha tirado la cerveza encima.

Se quedan solas. Patri trata de entender.

—Voy al baño a secarme un poco —comenta Marie.

—Vamos —logra decir.

Se agarra al brazo de la científica y la sigue entre la muchedumbre hacia los baños.

Cuando llegan, le sorprende ver a sus amigas dentro porque las hacía pidiendo en la barra.

Observa la escena: Cati está completamente pálida, sentada sobre el lavabo.

Isa tiene los brazos cruzados y el ceño fruncido.

Al verlas, esta última la señala con un dedo.

—¿Tú también?

—¿Yo qué? —dice Patri confundida.

—¿Estás mareada, Cati? —pregunta Isa—. ¿Sientes náuseas? ¿Desorientación?

—Bueno, yo estoy empapada porque…

—¡Lo sabía! ¡Algo está pasando! —Isa señala ahora a Marie—. ¿Crees que es normal que las dos estén así al mismo tiempo?

—Está siendo una noche complicada —responde esta, muy tranquila.

—Yo creo que me han sentado mal los calamares —masculla Cati—. Pero se me pasa enseguida, no os preocupéis.

La científica se acerca a ella, le toma el rostro entre las manos y con dos dedos le abre uno de los párpados. La empresaria trata de zafarse de ella.

—¿Te has traído vigorizantes?

—Ya no me quedan —se defiende ella.

—Podías haber repartido, eh.

Isa se lleva las manos a la boca, como si fuese víctima de una traición.

Antes de que explote, la periodista coloca el brazo de la chaqueta empapada bajo el secador de manos y se produce el silencio ensordecedor del viento.

Aprovecha para colocarse con el otro brazo las horquillas que sujetan su pelo blanco.

—De verdad, no va a pasar nada —dice Marie al cabo de un rato.

—Pero las cazadoras… —insiste Isa.

—Nos las acabamos de cruzar —la interrumpe— y la Patri de diecisiete años ahora lleva puesta una cazadora roja. No te preocupes.

Esto hace saltar las alarmas de la periodista. Sabe que la científica intenta calmarla, pero no entiende por qué miente. Continúa escuchando:

—Ahora saldremos del concierto, nos iremos con Alfredo y Mónica, y muy pronto estaremos en Ícaro, listas para largarnos de 1985.

Patri presta atención mientras ella traza el plan tratando de sonar desenfadada.

Su amiga, la persona más lista que conoce, es capaz de conseguir lo imposible, hasta de crear un aparato que posibilita viajar en el espacio-tiempo, pero es una pésima mentirosa.

La periodista lleva mucho rato con esa sospecha.

Entonces, la última frase es la que colma el vaso:

—Pensad en lo positivo, ¡podéis revivir los ochenta!

Hasta Cati sale de su trance para mirar a la científica con una expresión de preocupación extrema. En el rostro de Marie se lee el miedo a ser descubierta. Después, intenta corregirse:

—Quiero decir…

—Corta el rollo —la interrumpe Patri. La doctora abre la boca para protestar, pero la periodista se lo impide alzando la mano—. Hay muchas cosas que no entiendo. Porque no nos las estás contando.

La pose de Marie se descompone y los hombros le caen hacia delante. Pero Patri no cede. La observa con los brazos cruzados hasta que oye una explicación.

—No es la primera vez que vengo —dice, apenas en un susurro.

—¿Adónde? —pregunta Isa, para asegurarse.

—Querrás decir «acuándo» —la corrige Cati, que sigue pálida pero muy atenta.

—Sí, cuándo —corrobora la científica—. El año que viene: junio de 1986. No estaba segura de si la máquina iba a funcionar… con las limitaciones de mi laboratorio casero. Era una prueba.

Suspira, recordando.

—Funcionó. Aparecí allí, en la huerta, en el mismo sitio que nosotras.

Al principio tampoco me lo creía. Hasta que vi mi casa…

y a mí misma. —Se retira el pelo de la cara, el gesto que siempre hace para colocar sus ideas en orden—.

Volví otras dos veces. Me estuve observando durante un par de días.

Me seguí por la calle, yendo al instituto.

Os vi a vosotras. Era muy extraño teneros allí delante y al mismo tiempo estar tan lejos. Cuando…

—Espera, ¡espera! —grita Isa—. ¿Eras tú?

—¿La anciana…? —dice Patri, recordando.

—La anciana aquella tan extraña, ¿no os acordáis? Agazapada en los matorrales.

—¿La que pensábamos que era una indigente? —recuerda Cati—. Con esa ropa tan rara…

Las cuatro amigas se echan a reír juntas, evocando aquello, pensando en los viejos tiempos en el instituto. Es divertido rememorar los recuerdos que se tienen. Volverlos a contar, analizarlos de nuevo, con la sabiduría de hoy. Y ellas tienen de sobra.

Patri mira a su amiga y se la imagina espiándose a sí misma.

—Algo pasó, ¿verdad? —pregunta.

Se quedan calladas y la expresión de Marie lo corrobora. La periodista tiene un don para aguar la fiesta.

—Sí… Cometí un error. Quería entender cómo funcionaba todo…, ¿sabéis?

—Continúa.

—También traje a Adela.

—¡¿Que qué?!

—¿A la chica que hemos conocido hoy? —pregunta Isa.

—No, la Adela del futuro, la que tiene nuestra edad —contesta Patri por su amiga. Marie asiente con la cabeza, pero la periodista continúa—: La Adela al servicio del mayor imperio científico del país que traicionaría a quien fuera sin dudarlo si con ello fuese a conseguir una sola PlazaCoin.

—¿O sea, tu ex? —carraspea Cati.

—Sí, bueno, pero eso ahora no es relevante —se sonroja.

—No, no, ¡yo solo confirmo! —dice alzando las manos en son de paz.

A Patri le arde la garganta. Es lo que sucede al levantar viejas heridas.

—Vale, a ver si me aclaro —interrumpe Isa—. ¿Esa chica se va a convertir en una supervillana en el futuro?

—Bueno, seguro que siempre ha sido así —argumenta Cati—. ¿Una supervillana nace o se hace?

—Con esa herencia, se nace —responde la científica.

—¡Centrémonos! —recapitula Patri para escapar de la conversación—. Le enseñas a Adela una máquina capaz de viajar en el tiempo. Y ella te traiciona, ¿es eso?

Marie asiente. La periodista comienza a interrogarla:

—¿Te roba la idea?

—No.

—¿Lo patenta antes?

—Peor.

—¿Cómo funcionan las puñaladas científicas, a ver? —contesta, poniendo los ojos en blanco.

—Adela… —explica por fin Marie— se obsesiona con la máquina. Decide que es la culpable de todas las terribles decisiones de su vida. Llega a la conclusión de que debe destruirla. Y se viene al Laboratorio Ícaro, por su cuenta, en 1985… para hacerlo explotar.

Se quedan en silencio unos segundos. Patri trata de confirmar si lo ha oído todo bien. Aunque lo intenta, no se le ocurre ninguna pregunta más inteligente que:

—¿Cómo?

—Vendrá y lo destruirá todo. Años de estudios y avances científicos. Mi carrera, su carrera. Le da igual, acabará con todo de un plumazo.

—¿Por qué…? —pregunta Cati, confundida.

—Lo importante no es por qué —les recuerda Isa—, sino cuándo.

Marie asiente. Entreabre la boca para responder, pero en ese momento la puerta se abre de un golpe. Las cuatro amigas se quedan calladas al ver quién aparece en el baño: entra la joven Adela. Se para un momento y las observa.

—¿Estáis bien? ¡Ni que hubierais visto un fantasma! —dice—. Solo necesito usar el baño un momento y os dejo con vuestro complot para destruir el mundo.

Se ríe. Pero nadie le sigue la broma. Patri se fija en que ya no lleva puesta la chaqueta roja con la que la vio hace media hora, sino la cazadora negra de la periodista adolescente.

Lo sabe porque reconoce la pluma estilográfica Pelikan que asoma del bolsillo del pecho.

Es la misma que sustrajo del despacho de su padre para el viaje, que perdió en el concierto, y por la que se llevó tremenda reprimenda.

Siente la tentación de pedírsela para devolvérsela a su versión más joven, pero entonces recuerda que aquella rabia acumulada la ayudó a terminar su primer artículo esas vacaciones.

Todas las piezas parecen encajar.