11. Cati lleva siglos sin salir de noche
Cati lleva siglos sin salir de noche
La furgoneta de Alfredo las recoge en la glorieta de Atocha. Mientras la esperan, Cati se sorprende al verla toda en obras.
—¿Qué están haciendo? —le pregunta a la historiadora del grupo.
—Si no recuerdo mal… —responde Patri, pensando—, han quitado hace nada el scalextric de Atocha y ahora están construyendo el túnel.
—Esta plaza siempre está en obras —refunfuña Isa.
Cuando ven a Mónica saludar con la mano desde la ventanilla del vehículo se aproximan a él. Cati hace el intento de volver a sentarse delante, pero la granjera le da un empujón y le quita el sitio. Con un suspiro, se da la vuelta y se sienta junto a sus amigas en la fila trasera.
La joven confiesa que ellos han estado tomando unas copas antes de venir al concierto, lo que hace que las amigas se agarren con fuerza a los asientos.
La vieja furgoneta va dando tumbos entre el tráfico madrileño de un sábado por la tarde prenavideño.
Observa por la ventanilla el Retiro moverse a su izquierda.
En la radio suena una canción conocida. Sin darse cuenta, Cati empieza a seguir el ritmo con los pies.
Ha de reconocer que otras cosas eran mucho peores en los 80, pero la música tiene un ritmo único.
Alfredo da un frenazo cuando un chico joven cruza corriendo en un semáforo en rojo.
—¡Pero ten cuidado! —grita Isa, agarrándose del asiento.
—No te esfuerces, que no escucha —refunfuña Cati.
—¿Qué? —pregunta el aludido.
—Nada, ¿está muy lejos?
—No —dice Mónica—. El Palacio está ahí mismo, en Felipe II.
—Le van a cambiar el nombre pronto a la plaza, ¿verdad? —escucha a Patri.
—¡Sí, ayer lo dijeron en la radio! El alcalde ha firmado algo.
—Será Plaza Square, ¿no? —pregunta Cati distraída. Entonces siente un fuerte pisotón en el pie derecho. Se gira para quejarse, pero ve el rostro de la antigua traductora contraído en forma de severa advertencia, así que opta por el silencio.
—No, plaza Salvador Dalí —comenta Alfredo—. Harán varias esculturas gigantes. Seguro que son preciosas.
—Seguro… —Esta vez es Marie la que responde riéndose.
Al llegar a la plaza, lo que más sorprende a Cati es que la furgoneta pueda circular por ella y aparcar prácticamente en la puerta.
Cuando se bajan del vehículo, las cuatro amigas miran el espectacular edificio al que se dirigen.
Está pintado de otros colores y el letrero tiene un aspecto mucho más vintage, pero en esencia es el mismo lugar que sobrevive en 2045.
El lugar de convenciones más importante de la ciudad de Madrid.
—El maldito platillo volante… —susurra Isa junto a ella.
Cati sonríe. Si en algún momento necesita que la abduzcan es precisamente este porque no sabe en qué momento ha tomado tan malas decisiones como para acabar reviviendo aquella noche.
Marie señala la taquilla para comprar las entradas y cuando dirige la atención a los carteles se da un pequeño sobresalto. Un letrero escrito a mano dice: «Sting en concierto. 2.000 pesetas. Quedan entradas». La última sección del cartel es casi la que más le duele.
No sabe cuánto es eso en PlazaCoins, pero tiene la sensación de que van a gastarse todo el dinero que les queda.
Espera que a Alfredo no se le ocurra pedirles dinero para la gasolina del viaje de vuelta.
Después, recuerda la lujosa casa de Adela y decide que allí es donde van a dormir esta noche.
Supone que después de allanar juntas un laboratorio, qué mínimo que darles cobijo después.
Menos mal que aún le quedan algunas pastillas en el bolsillo del pantalón, sabe que las va a necesitar.
El viento se le mete por debajo del abrigo prestado. Ahora que ha caído la noche siente el frío empapándole los huesos. La temperatura es mucho más baja en el Madrid del 1985 de lo que recordaba. «Entonces hasta nevaba», piensa.
—¿Os gustan Los Cardíacos? —La voz de Mónica la saca de su ensimismamiento.
—¿Los que sonaban en el coche?
—No, eso era el casete de Los Fanáticos, un grupo de Cartagena. Los Cardíacos son de León ¡y son los teloneros esta noche! Aunque a Alfredo no le gustan.
—Yo solo digo que hay grupos mejores.
—Les tiene envidia porque han salido en Aplauso y en La bola de cristal, mientras que nosotros no conseguimos ni llegar a finalistas en el Murcia Joven.
—Esos concursos siempre están amañados.
—¿Quién ganó? —pregunta Patri, interesada.
—Todos y la Chica.
Cati no puede contener la risa. Realmente no esperaba sorprenderse con los nombres que se ponían en la época, pero lo cierto es que ese tiene delito.
La periodista, sin embargo, asiente con la cabeza efusivamente.
Ella suspira, recordando lo malo que era el grupo de su exmarido. Le dan náuseas solo de acordarse.
En ese momento, escucha la voz de Marie:
—¡Cati!
—Dime —dice mientras se gira hacia ella.
Sin embargo, encuentra a su amiga distraída, todavía observando el edificio.
—¡Cati! —vuelve a oír.
Se da cuenta de que no es Marie la que la habla, a pesar de que su voz es casi idéntica. La persona que la llama está bastante cerca.
—¡Aquí estoy, aquí estoy! —responde otra voz demasiado familiar.
Casi se atraganta. Las cuatro chicas de ayer se giran sorprendidas al mismo tiempo. Y entonces las ven. A dos o tres metros de distancia, abrazándose para pasar el frío y con cuatro cazadoras de cuero, se encuentran con ellas mismas.
—¿Son…? —pregunta Patri.
—¡No miréis, no miréis! —dice Marie, dándose la vuelta rápidamente.
—¿Son vuestras nietas…? —pregunta Mónica.
Cati cierra los ojos y aprieta los párpados con fuerza. No puede ser. No puede creer que el pelo que llevaba y del que tan orgullosa estaba se vea tan feo desde atrás. Entonces escucha la voz de Isa (la que ha venido con ella desde 2045):
—Mierda, mierda, mierda… ¡Os lo dije, las cazadoras son negras!
* * *
Alguien con una gabardina negra, corbata diminuta y gafas de sol canta en el escenario: «No dejes que te espanten, no hagas caso más, márchate cuanto antes del muermo familiar», y Cati piensa que ojalá poder m archarse fuera así de fácil en estos momentos.
Pero antes de irse ha decidido hacer algo que no ha compartido con las demás.
Ver a sus jóvenes yos ha supuesto un shock para todas, pero la verdad es que, superada la sorpresa inicial, piensa que puede serle muy útil.
Marie ha comentado que es mejor que se alejen de ellas lo máximo posible y todas están de acuerdo, pero por alguna razón las cuatro amigas siguen allí plantadas a diez metros de distancia. Es hipnotizante verlas bailar mientras suena la música y abrazarse entre canción y canción.
Cati también está vigilando a Alfredo con el rabillo del ojo.
Lleva un rato bastante cerca del grupo, con su estúpida cresta y sus botas de cordones.
En qué mala hora tuvo que conocerlo. Décadas después, todavía le reclama su guitarra.
Refunfuñando, la empresaria busca en sus bolsillos, encuentra el pastillero y se lleva una píldora disimuladamente a los labios.
Va a necesitar una dosis fuerte para aguantar esta noche.
En ese momento, Isa le tira de la manga para llamar su atención:
—Oye, Cati —intenta susurrar, pero en realidad es un grito por encima de la música.
—¿Qué? —vocifera ella.
—¡No deberíamos estar aquí!
—No me digas —responde la empresaria para sí misma y vuelve a mirar a Alfredo.
—¡En serio! —insiste su amiga—. Escúchame, las cazadoras…
No puede creer que esté tan obsesionada con el asunto de las cazadoras.
Las que llevan puestas las chicas son negras, aunque en la foto que tienen de ese momento una de ellas es roja.
Será un reflejo de la luz. O quizá la foto es de otro momento.
O tal vez Patri decide cambiarse la chaqueta en algún momento.
¿Qué más da? Marie asegura que no van a desaparecer, así que Cati se lo cree.
Hay cosas mucho más importantes en juego.
Si consigue que su yo adolescente no conozca a Alfredo esa noche, podrían evitarse una década de llantos y discusiones, y aquello bien vale un cambio de chaqueta.
—La foto ha cambiado y… —intenta exponer la granjera.
—No sabemos si ha cambiado todavía —le dice Cati y añade rápidamente—: Un segundo.
Ha detectado un movimiento por el rabillo del ojo derecho. Al girarse ve que Alfredo se aleja. Lo sigue con la mirada y se alivia al ver que ha ido él solo a pedir a la barra. Vuelve su atención hacia su amiga, más calmada.
—Escucha, Isa.
Esta se ha dado cuenta de su vigilancia de Alfredo. Tendrá que ser más discreta a partir de ahora.
—Marie nos ha traído hasta aquí y ella no está preocupada —continúa—. Es una científica de la leche y seguro que sabe lo que hace, ¿verdad? No te preocupes tanto.
La expresión de Isa sugiere que no está nada de acuerdo con esa afirmación, aunque hace una mueca y no replica.
La conoce lo suficiente para saber que se ha molestado.
Por ahora no dirá nada, pero más tarde explotará y le cantará las cuarenta.
Bueno, que sea después de lo que tiene que hacer.
Aprovechando el silencio, saca la cajita del bolsillo y vuelve a meterse otra pastilla en la boca ante la mirada cargada de reproche de su amiga. La ignora. Lo necesita.
Devuelve su mirada hacia el grupo de adolescentes y entonces el corazón le da un vuelco.
La versión de Cati que cumplió dieciocho años hace un par de días ya no está bailando con ellas.
La busca en la muchedumbre. «¿Habrá ido al baño?
», se pregunta mientras analiza las melenas a su alrededor.
Entonces la encuentra, junto a la barra.
«Mierda». Allí está, a menos de un metro de Alfredo.
Cati deja sola a Isa y, sin pensar en lo que está haciendo, sale escopetada hacia los dos jóvenes.
—¡Un huequito por favor! —grita al llegar junto a ellos.
Mientras se aprieta en el pequeño hueco que hay entre ellos, se le ocurre que no debería hablar con su voz. Se esfuerza en hacer una más grave a continuación:
—¡Qué calor! ¡Qué concierto más bueno! ¡Sting lo está haciendo genial! ¿Verdad?
Ambos la miran confundidos.
—Sting no ha salido todavía —dice la Cati adolescente.
Entonces la del futuro siente un extraño escalofrío recorrerle la espalda.
Afortunadamente apenas hay luz en esa zona del concierto, y sus rostros quedan en la penumbra.
El pulso se le acelera y experimenta un tembleque en las manos.
Quizá se ha pasado con la dosis de pastillas vigorizantes.
Una oleada de recuerdos la invade de improviso.
Fue allí, en la barra, el momento exacto en que conoció a su marido: cuando una anciana se mareó delante de ellos y la ayudaron entre los dos a no caerse.
La bondad de aquel chico desconocido la enamoró, así que no dudó en absoluto en darle su teléfono.
Y también era de Murcia, qué casualidad.
Cati empieza a marearse.
—Sí, Sting, estupendo…, estupendo —se esfuerza en decir mientras las gotas de sudor se le deslizan por las sienes. La voz le sale entrecortada—. ¿Habéis pensado alguna vez en visitar la… Dehesa de Huelva?
Cati intenta pensar en cualquier cosa para cambiar de tema, aburrir a dos adolescentes y que se marchen de la barra. Si consigue asustarlos, ella volverá con sus amigas y no intercambiarán los teléfonos. Solo necesita aguantar unos minutos más…
—El parque natural… —Está sudando mucho.
—¿Estás bien? —pregunta Alfredo.
—¿Es familia tuya? —pregunta la joven, sorprendida—. ¡No tiene edad para estar en un concierto!
—Eh, sí que tengo… —Comienza a sentirse muy débil.
—¿Yo? ¿A esta señora? Claro que no —miente él.
—No me conoce… porque… la exportación de carne de Kobe…
Siente el sofoco adueñarse de ella. No puede pensar bien en lo que está tratando de decir. La vocalización le cuesta…
—La economía…
—¿Necesita ir al baño, señora? —pregunta la chica, preocupada—. ¿La acompaño?
—No…, digo, ¡s-sí! —logra decir ella, con un gran esfuerzo.
Qué magnífica idea…, que la acompañe al baño y así se aleja de Alfredo. Podrían pasarse la noche allí dentro. Tal vez la puede encerrar… Si no hiciera tanto calor…
El lugar en el que se encuentra comienza a dar vueltas…
—Ya la acompaño yo al baño —dice una voz conocida.
Cati aparta la mirada de los jóvenes para descubrir a Isa con los brazos en jarras y el ceño fruncido.
—Vamos al baño, anda.
—No, no, prefiero… ir con… Cati.
—¿Nos conocemos? —pregunta la joven Cati, sorprendida al oír su nombre.
—¡No! —grita Isa tratando de arreglarlo—. ¡Ha dicho Carol! Se refiere a nuestra hermana Carol, ¿sabes? Somos… monjas.
La empresaria sonríe. Tiene gracia. Si no fuera porque está a punto de caerse al suelo. Con esfuerzo, se aferra al brazo de su amiga cuando la rodea por la cintura.
La adolescente observa su atuendo de arriba abajo como si no creyera una palabra e intercambia miradas cómplices con Alfredo.
«Mierda… No…». Su visión se desvanece y el suelo se acerca muy deprisa.
Lo último que ve son los zapatos de Isa antes de desmayarse.
Qué mentira más ridícula, esos zapatos no pueden ser de monja.