Las chicas de ayer 10. Mujer-loba en Madrid
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10. Mujer-loba en Madrid

Mujer-loba en Madrid

Isa odia la ciudad y a sus ciudadanos. La humanidad no es capaz de hacer nada bien y ella solamente quiere estar tranquila. Por eso se marchó a una casa rural de la campiña asturiana y, desde que se fue, no ha vuelto a pisar el asfalto si ha podido evitarlo y mucho menos ha acudido a la capital.

Y ahora, tumbada sobre el césped mientras esperan que Marie traiga los bocadillos de calamares que ha prometido, y observando el entorno silvestre pero controlado que era el Retiro hace tantos años, se reafirma.

Piensa que sobre ese prado sobran pantalones vaqueros lavados con lejía y mantas de pícnic.

¿Y aquellas botellas de Coca-Cola tiradas por el suelo?

¡Si la papelera está a menos de dos metros!

Contrae los puños y respira hondo. «No sirve de nada enfadarse», se dice a sí misma, como cada mañana después de ver las noticias. En ocasiones tiene que desactivar la conexión a La Plaza para conseguir calmarse.

Los dedos le crujen y su artritis se queja.

Da un par de golpecitos a la pulsera para ver sus constantes vitales, pero lo único que consigue es una imagen granulosa de una chica cantando enmarcada en un dibujo animado de un sol.

«Un árbol a media tarde, y a su sombra, una ilusión».

Reconoce el programa televisivo infantil que veían sus hermanos pequeños.

«El horizonte se abre y abrimos el corazón».

La imagen se difumina para dar paso a otra, en la que hay un grupo de personas bailando en un escenario de dibujos animados.

Intenta cambiar la configuración de la pulsera para dejar de sintonizar la cadena.

«Amigos, a media tarde, nos embarga la emoción».

Isa se pone nerviosa y vuelve a golpear la pantalla, pero solo hace que el volumen aumente.

Ahora aparecen tres chicas distintas, apoyadas en los hombros de las otras, pero enmarcadas en el mismo dibujo del sol radiante.

«Porque a media tarde, amigos…». De un golpe seco, se quita la pulsera y la lanza al suelo con rabia. «¡A media tarde hay función!».

Con un grito, la pisa. Se hace el silencio, por fin.

Se da cuenta de que sus amigas la miran con preocupación.

—¿Estás bien?

—Sí —miente.

—¡Ya no recordaba el programa ese! —dice Patri—. Qué cutre era…

Isa siente el calor en las mejillas y las pulsaciones presionarle el cuello.

Tienen que volver cuanto antes y acabar con esta locura.

Ya no está hecha para estar tumbada en el parque.

Le duele la ciática y los juanetes de llevar los zapatos puestos desde ayer.

¡Ni siquiera tiene el pastillero! Viajar en el tiempo en las películas es muy divertido, pero en la vida real no tiene ninguna gracia.

Respira. Cada vez le cuesta más. Trata de calmarse.

Observa a sus amigas, que ríen sobre algo que no escucha señalando hacia el estanque.

¿Es que no están preocupadas? Pero, claro, de todas, es la que menos implantes de mejora lleva bajo la piel y la que más sufre esta aventura.

Además, cree ser la única que entiende cómo funcionan las paradojas temporales. Necesitan tomárselo más en serio.

Desde que han llegado han estado en contacto con cuatro personas: Marta, la prima de Cati, Alfredo, Mónica y Adela.

Eso son cuatro personas que pueden sufrir afectaciones en su línea temporal porque conocerlas tiene que influir en su futuro.

Aunque solo dos de ellas saben la verdad, quizá haya esperanza.

En ese momento, su amiga científica vuelve a aparecer con una bolsa cargada de enormes bocadillos envueltos en papel Albal y se le ocurre algo. Y luego dicen que las películas no ayudan.

—¿Me dejas la foto? —le pregunta a Marie, casi con urgencia.

—¿Qué foto?

—Nuestra foto. En el concierto. —Entonces añade con irritación—: La de 1985.

Es una suerte tenerla; si no, no sabría qué hacer. ¿Por qué no la están mirando a todas horas?

—Isa, no te obsesiones con la foto —le responde Marie, con una sonrisa—. No vamos a desaparecer de ella. Esto no es una película.

«No, esto es peor. En las películas puedes rebobinar», piensa, pero no lo dice.

Hay veces en las que su ansiedad sale a flote y toma las riendas de su lengua, pero no puede permitirse eso ahora mismo.

Necesita concentrarse y comprobar que no están afectando a la línea temporal más de lo necesario.

Está segura de que ya han hecho demasiado ruido.

—Déjame ver la foto —repite, impaciente.

Marie pone los ojos en blanco aunque a continuación asiente.

Primero, les pasa dos bocadillos a Cati y Patri, que se apresuran a abrirlo con ansia.

Después, se lleva la mano al bolsillo y la saca.

Mira la imagen un momento con una sonrisa nostálgica, pero, de repente, su expresión cambia y se torna en una de horror. El corazón de Isa da un vuelco.

—¡¿Qué, qué?! —grita, provocando algunas miradas de paseantes del parque.

Impaciente, Isa se levanta y le arranca la foto a su amiga de las manos. La observa unos segundos y no ve nada distinto. Vuelve a contemplar alternativamente a Marie y a la imagen, buscando entender. Entonces la oye reírse.

—¡Pero serás…! —comienza, aunque se detiene justo antes de soltar un taco.

Cierra los ojos mientras escucha las carcajadas de sus amigas.

Respira. «No pasa nada», se dice. «Es una broma.

Lo importante es que la foto no ha cambiado.

No hemos desaparecido». Abre los ojos de nuevo y se le contagia algo de la risa de sus amigas.

Se siente tonta, pero reconoce que es una situación divertida.

—Anda que…

Va a devolvérsela a Marie, pero entonces se detiene. No han desaparecido, aunque hay algo que no cuadra. ¿Qué lleva puesto la Patri veinteañera de la foto?

—Chicas —dice, en un susurro—, ¿de qué color eran las cazadoras que llevábamos?

Cati deja de reírse, enjugándose las lágrimas de los ojos y responde:

—Negras, ¿no?

—¿Seguro? —pregunta.

—Decíamos que parecíamos los cuatro cuervos de Allan Poe.

Sospechaba que algo pasaría, pero ahora que lo tiene delante no se lo acaba de creer. ¿Es cierto, entonces? ¿Están alterando el pasado? Patri se levanta y mira la foto sobre su hombro. La oye susurrar:

—Mi cazadora es roja…

—¿Cómo que roja? —pregunta la empresaria.

Las cuatro amigas se acercan para observar la instantánea.

Las cuatro jóvenes les sonríen en la imagen desde el concierto de Sting.

Cati lleva en la mano una copa de vino, y Marie, un vaso de cerveza.

Isa está en el centro, abrazándolas. A su lado, Patri tiene las manos en los bolsillos de una cazadora de color rojo que destaca entre la multitud vestida de tonos oscuros.

—La foto ya era así —dice la doctora.

—¿Qué? —pregunta Isa—. ¡Claro que no!

—¿Cómo va a cambiar el color de la chaqueta de la foto?

—¿De qué color era la chaqueta que llevaste al concierto, Patri? —le pregunta la granjera con impaciencia.

—No me acuerdo…

—¡Piensa!

—¡Hace sesenta años!

—La foto ya era así esta mañana —dice Marie, tratando de calmar a sus amigas.

—Yo recuerdo que en el instituto decíamos que éramos cuatro cuervos… —susurra Cati.

—¡Porque eran cuatro cazadoras negras! —Isa eleva el tono.

Está enfadada con su amiga científica por invitarlas a cenar, con la empresaria por ser tan torpe de apretar el botón de la máquina por error, y con Patri por no recordar lo que debería, por muchos años que hayan pasado.

Pero, sobre todo, está preocupada, muy preocupada.

Cuando las fotos empiezan a cambiar, los protagonistas de las historias tienen que correr. Y ellas no están para correr.

Marie emite un sonoro suspiro. Después, llama la atención del grupo:

—Escuchadme —comienza—. Las fotos no cambian una vez tomadas, ¿vale? Eso solo sucede en las películas. Lo que sí está científicamente probado es que las personas a veces nos sugestionamos e imaginamos cosas.

Isa da un paso atrás al escucharla, pero su amiga prosigue.

—Sobre todo, en momentos de estrés, como este. Está siendo un viaje difícil y siento mucho haberos traído… Yo… —Su voz se quiebra—. Yo no quería…

Isa respira hondo. Marie no es una persona que llore.

De hecho, intenta recordar algún momento en el que la haya visto llorar, pero no lo consigue.

Verla al borde del abismo le duele. No quiere hacerla sentir mal, aunque sabe que algo está pasando y no se lo está imaginando.

Sin embargo, decide tragarse el orgullo para animar a su amiga. Por ahora.

Vuelve a dar un paso adelante y concede:

—Tienes razón, lo siento. Estoy un poco nerviosa con esto de estar en los ochenta.

—¡Es una locura! —corrobora Cati.

—Igual lo que necesitamos es descansar un poco —propone Marie.

—Oye, a mí una siesta en este césped me vendría muy bien —dice Patri.

—Aún tenemos un par de horas antes del concierto.

—Vale, dejadme que me acabe el bocadillo —dice Cati—. Ya no fríen calamares como los de antes.

Las amigas vuelven a acomodarse como pueden. Isa saca un bocadillo de la bolsa tímidamente y comienza a abrirlo. Mientras lo hace, continúa mirando la foto que ha dejado apoyada junto a sus zapatos.

—Puedes quedártela —dice Marie—. Si te hace sentir mejor. Pero no te obsesiones.

Isa asiente con la cabeza y da el primer bocado. Es cierto que no saben igual que los de ahora. Está demasiado bueno. Por un momento, se olvida de dónde están y se centra en los manjares de 1985. Cuando acaba, se estira sobre la hierba.

Estira las piernas y nota las rodillas crujir.

Sabe que esta siesta le va a pasar factura, más que a sus amigas con sus nanoimplantes y tratamientos antiedad.

Sin embargo, no quiere dejar de ser ella por nada del mundo, aunque eso signifique que le duelan las articulaciones.

Se guarda la foto en el bolsillo y mira al cielo.

Incluso las estrellas han cambiado.

* * *

Cuando Isa despierta, ya asoma la luna en el cielo. Lo primero en que se fija es que está llena, y eso solo puede ser un mal augurio esta noche. Seguro que viajes en el tiempo y luna llena chocan por algún motivo.

Lo segundo en lo que centra la atención es en que le duele horrores la espalda.

Así que se levanta quejándose. Después, mira a su alrededor.

Cati y Patri siguen dormidas. Roncan y eso la hace sonreír.

Recuerda discutir con ellas todas aquellas noches que se quedaban a dormir en casa de Marie sobre quién roncaba y quién no. Con la edad, todo el mundo ronca.

La doctora se ha levantado y está apoyada en una barandilla a la orilla de un estanque. Isa decide acercarse a ella. Esta le sonríe al verla aparecer a su lado.

—¿Te encuentras mejor?

Una chispa de rabia recorre a la granjera por dentro y se contiene para no soltar una bordería.

Sabe que su amiga solo intenta ayudar y también es consciente de que ella misma suele enfadarse muy rápido.

Ha mejorado desde que se conoce a sí misma, desde luego, pero Marie tiene una capacidad para hacerla enfadar de una forma que solo tienen aquellas personas más cercanas.

Las que te quieren y te conocen demasiado.

Isa se agarra a la barandilla del estanque, se traga el orgullo y comenta:

—Sí, pero tengo la espalda hecha un ocho.

—Lo siento. Quería haberme traído alguna pastilla de casa, de 2045 —comenta la científica—. Para tener alguna que funcione. Las de 1985 no servían de nada.

—¿Cómo que no? ¡Calmante vitaminado!

—¡Mi-cro-ni-za-do!

—¡Para que no se detenga!

Se ríen, recordando los anuncios de la época.

—La verdad es que con eso hoy no tendría ni para empezar —comenta Isa.

—No tuvimos tiempo de coger nada —bromea Marie—. Oye, siento haberos metido en este lío.

—Fue un accidente —dice ella, encogiéndose de hombros.

—Sí y no, la verdad —se sincera—. Fuimos demasiado rápido para prepararlo bien, pero… os habría traído de todas formas.

—¿Y cómo sabes que yo habría dicho que sí?

—No sé cómo te habría convencido, pero sé que estarías aquí.

La granjera asiente con la cabeza, acostumbrada a la seguridad de su amiga.

—¿Y por qué estoy aquí?

—Quería compañía… —trata de explicar Marie, pero Isa la interrumpe.

—No, quiero decir, ¿por qué querrías volver?

La pregunta parece caer sobre la doctora como un jarro de agua fría. Observa cómo el rostro contiene una mueca durante unos segundos, pero enseguida vuelve a recomponer una sonrisa.

—Nostalgia, supongo —le responde.

Y es en ese momento en el que se convence de que su amiga miente.

Instintivamente se lleva la mano al bolsillo.

Se siente más segura al palpar la fotografía entre los dedos.

No sabe lo que va a pasar porque es imposible saber el futuro (aunque vengas de él), pero ella siempre ha sido de las que piensan que observando el pasado podemos tratar de anticiparlo.