9. Patri se encuentra con extraños conocidos
Patri se encuentra con extraños conocidos
Patri no les ha dicho que conoce a Adela. No se lo contó en su momento y no esperaba tener que contárselo ahora, años después y en plena movida madrileña.
Lo cierto es que no confiaba en volver a verla y mucho menos tenerla delante con tan solo dieciocho años y el pelo cardado.
Ni siquiera cuando Marie ha pronunciado su nombre a través del telefonillo.
Ha sido nada más verla entrar, al reconocer su forma de andar, el contorno de su barbilla y esos ojos, que se lo ha terminado de creer.
Mierda. No esperaba encontrarse aquí con ella.
—¿Se os ha ido la olla? —pregunta.
—No pasa nada. Yo entraré con vosotras —explica Adela—, si nos encuentran, a mí no me dirán nada.
—¿Y a nosotras?
La chica no responde.
—Necesitamos la pieza para arreglar la cápsula —argumenta Marie—. Sin ella, no podremos volver.
—¡Tenemos que volver cuanto antes…! —añade Isa.
—Y que lo digas —refunfuña Cati.
—¡… o podemos causar daños irreversibles en la línea temporal!
Patri pestañea y decide ignorar a su amiga. La quiere mucho, pero necesitan centrarse en lo importante: entrar en un laboratorio con nocturnidad, alevosía y encima con su ex adolescente. Y, lo peor de todo, va a tener que contárselo todo a Marie.
—¿La pieza que necesitamos solo se encuentra ahí dentro? —pregunta.
—Sí —responde la científica.
La periodista siente que hay algo que no cuadra.
Sabe cuándo su amiga esconde algo, aunque no sabe qué.
Marie necesita una pieza para arreglar el cohete, el salero, o lo que sea el trasto ese.
Vale, está bien, decide creérselo. Pero ¿de verdad no había otro laboratorio más cercano en el que robar una pieza?
¿Su subconsciente ha pensado la palabra «robar»?
¿Puede centrarse? ¿Tendrán dicha pieza en 1985?
¿Y si ni siquiera existe todavía? ¿Y por qué la clave tiene que estar en pedirle un favor a Adela, de entre todas las personas posibles?
¿Qué pasaría si llamara a Adela para volver a verla?
Al regresar a 2045, claro, no a esta versión con el pelo cardado y medias de colores. «¡Patri, céntrate!».
Tantas preguntas la están mareando.
—¿Y tenemos que entrar todas? —pregunta Cati. Por fin algo de sensatez.
—Yo creo que deberíamos… —dice Marie.
—Se pueden quedar fuera esperando —interrumpe Adela—. Yo abro la puerta y tú reconoces tu pieza. Salimos antes de que nos echen de menos. Fácil.
—No creo que…
—¿Y por qué no le pedís la pieza directamente al padre de Adela? Así no nos metemos en líos —pregunta Patri.
—Es mejor no involucrar a nadie más, de verdad —explica Marie—. Creedme, tengo que entrar para ver lo que necesito; será rápido. Pero tenemos que permanecer juntas.
La periodista mira a su amiga y sabe que hay algo que está ocultando.
—¿Si no entramos todas explotará el mundo? —se burla Cati.
—No, pero…
—La verdad es que yo prefiero que no nos separemos —se queja Isa.
No sabe qué sucede, pero prefiere verlo con sus propios ojos. Además, cuando una amiga te necesita hay que ayudarla.
—Pues vamos contigo —anuncia la periodista.
—Pero… —refunfuña Cati, aunque enseguida ve que ha perdido la discusión y claudica—. ¡Harta me tenéis, a todo queréis ir juntas!
—Te puedes quedar fuera esperando… —propone Adela.
—Que te crees tú eso, bonita, de mí no se libran.
Marie sonríe y asiente con la cabeza. Patri la ve contenta cuando proclama:
—De acuerdo, pues entraremos todas al laboratorio.
—¡La excursión del siglo! —se burla la periodista—. ¿Vamos ya?
Prefiere enterarse cuanto antes de qué problema tiene su amiga científica, porque está claro que al laboratorio no van a entrar únicamente a por una pieza. Entonces, Adela pone una expresión de pena y les dice:
—Ahora no puede ser, estará mi padre seguro… —Después, confiesa—: y he quedado con unos amigos para ir a un concierto. ¿Qué os parece entrar esta noche, cuando no haya nadie?
Por supuesto que la Adela adolescente tiene cosas más importantes que hacer que ayudar a cuatro ancianas del futuro, a Patri no le sorprende nada. Lo que sí que le asombra es la respuesta de Marie:
—Claro, esta noche es perfecto. ¿Chicas, os gusta Sting?
* * *
Adela les ofrece quedarse a comer —lo que sea que hayan preparado los cocineros del palacio—, pero Patri las convence de marcharse.
Necesita tiempo para asimilar lo que está sucediendo y para sonsacarle a Marie más información.
Antes de despedirse, quedan en volverse a encontrar en el Pentagrama, el emblemático bar de la movida madrileña.
A la periodista casi se le escapa una carcajada cuando la chica lo propone.
El Penta es el local en el que bailó las primeras veces después de aterrizar en Madrid para estudiar, el espacio de culto que aparece en la canción La chica de ayer, y también el rincón en el que decidió que quería dejar de lado el periodismo del famoseo y dedicarse a la investigación social costase lo que costara.
Pero lo más sorprendente es que es un establecimiento que misteriosamente ha sobrevivido tantos años después, abierto aún en 2045, aunque se haya convertido en una mezcla de museo y atracción turística.
Patri sonríe. Quizá sea el lugar perfecto para visitar en este viaje.
Cuando se despiden de Adela, Marie es la única que le da un abrazo a la chica, pero esta no lo rechaza. Extrañamente es el inicio de una amistad.
Las chicas bajan las escaleras y salen al exterior en silencio, esperando a que la científica les explique el siguiente paso. Isa es la primera que rompe el hielo mientras caminan calle abajo:
—¿Adela nunca te dijo que te conocía?
—¿Qué quieres decir? —pregunta Marie.
—Cuando fuisteis compañeras del laboratorio. Bueno, cuando lo seáis —rectifica—. Llegará un día en el que tendrás veinticinco años. Bueno, en el que tuviste veinticinco.
—Isa… —se queja Cati.
—Quiero decir, ¿cuando entraste a trabajar en el laboratorio, Adela no te reconoció?
La pregunta flota en el aire unos segundos, en los que nadie se atreve a romper la tensión.
Patri sabe que todas tienen muchas preguntas guardadas que necesitan que su amiga responda, pero este es un buen comienzo.
¿La heredera no reconocerá a la joven científica que vendrá en unos años a trabajar en Industrias Ícaro?
La periodista la conoce bien, sabe lo lista que es.
Es imposible que la joven no sepa quién es cuando la vea aparecer.
Pero ¿le dijo algo a Marie? «Lo que está claro es que a mí no me lo contó», piensa con amargura.
—Cuando llegué al laboratorio no me comentó nada —responde la científica.
—¿Quizá no quería influenciar tus decisiones?
—Tal vez esperó el peor momento para decírselo —se le escapa a Patri, de manera más agresiva de lo que pretendía.
—¿Y a ti qué te pasa esta noche? —le pregunta Cati.
—¿A mí?
—Estabas muy antipática con ella.
—No, qué va.
—¡Y has roto el jarrón! —añade Isa—. Que lo rompa yo, vale, pero ¿tú? Tú nunca has roto nada.
—Algo te pasa —le dice Marie, mirándola a los ojos de aquella manera que solo alguien capaz de crear una máquina del tiempo sabe hacer.
Patri suspira. Tal vez es el momento de soltarlo. Nota el sabor de la amargura en la lengua y la culpa del secreto. Sabe que no debería sentirse así porque la joven Adela no tiene la culpa —todavía— de romperle el corazón. También sabe que antes o después se lo acabaría contando a sus amigas.
Estas la observan, esperando una explicación, aunque con la paciencia de alguien que te apoya, no importa cuánto hayas metido la pata. Como han hecho tantas veces durante tantos años.
Patri intenta ordenar sus ideas. Se le da muy bien escribir sobre la vida de otros, pero hablar de la suya propia es una experiencia completamente distinta. Una auténtica tortura. Parpadea y se lanza a ello:
—Nos conocimos…, nos conoceremos, supongo, en 2029.
No tiene ni idea de qué tiempo verbal es el apropiado, pero tampoco importa. Marie deja de andar y frena en medio de la calle.
—¿La entrevistaste para algún artículo? —pregunta.
—No exactamente…
—¡Patri, qué pilla! —exclama Isa—. ¿Cómo no nos lo habías contado?
—¿Te enrollaste con la fortuna más grande de España? —silba Cati.
—No seas superficial —la regaña la traductora—. ¿Te enamoraste?
—¿Te liaste con la directora de Ícaro que me expulsó del laboratorio y casi me arruina la carrera? —pregunta Marie a bocajarro.
Se hace un silencio en el grupo. Cati e Isa se miran los zapatos de manera incómoda.
Patri siente el calor subirle a las mejillas.
Es consciente de que se lo tenía que haber contado antes, pero no quería una reacción como esta.
También sabe que la amistad entre ellas en el pasado no acabó bien, aunque ninguna de las dos quiso nunca explicarle los detalles.
No pueden culparla de lo que no le han contado.
—Pero… —se atreve Isa, al ver que ninguna de las dos dice nada— ¿Adela no era tu amiga? ¿No hemos venido a ver a una amiga para que te deje una pieza?
—¡Sí, claro que lo es! ¡Lo será! —responde Marie, más enfadada de lo que Patri esperaba—. ¡Y luego me expulsará, robándome la investigación de mi vida y dejará de serlo! Pero ahora mismo necesito su ayuda, así que he preferido explicarle solo la primera parte, como comprenderéis.
Marie echa a andar de nuevo, muy rápidamente, y tienen que esforzarse por seguirla. Caminan en silencio durante unos minutos. Después, Patri siente las manos de Isa apretarle el brazo. La mira y la ve hacer guiños con las cejas, para que le diga algo. La periodista suspira y asiente.
—Siento no habértelo contado, Marie —comienza—. No sabía… todo esto.
La científica se cruza de brazos y no responde inmediatamente. Cuando lo hace, la contempla con una expresión culpable en el rostro.
—Está bien. Yo tampoco os lo he contado todo.
Patri nota el suave empujón de Isa, que la anima a acercarse a su amiga. Sigue el impulso y se abalanza sobre Marie, quien recibe el abrazo con sorpresa, pero tampoco lo rechaza. Escuchan un aplauso de fondo.
—Mira que eres peliculera —refunfuña Cati.
Cuando se separan, ambas están más calmadas. Así que la empresaria se atreve a preguntar.
—¿Fue por eso por lo que te volviste a Llano de Brujas, Marie?
La doctora no dice nada, pero asiente con la cabeza.
—Si te sirve —comenta Patri, encogiéndose de hombros—, de todas mis ex, os juro que era a la que menos me apetecía ver hoy.
Por un momento siente que igual ha metido la pata, quizá era demasiado pronto para hacer bromas sobre ello, pero, por suerte, su amiga la mira y se echa a reír.
—Oye, ¡que lo mío ha sido aún peor! —se queja Cati, riéndose también—. ¡Cuatro horas en su furgoneta!
—¡Menos mal que yo no tengo a nadie en Madrid! —se burla Isa.
Las cuatro amigas se echan a reír y siguen haciendo bromas poco aptas para una novela mientras caminan cuesta abajo.
Un par de calles más abajo, el parque del Retiro de 1985, todavía un frondoso refugio, les da la bienvenida.
Se detienen un momento, asombradas. Pero enseguida se miran con reconocimiento.
Les quedan muchas horas hasta volver al laboratorio, aunque tienen muy claro adónde ir a continuación.