Las chicas de ayer 8. Marie nunca estuvo enamorada de la moda juvenil
41%

8. Marie nunca estuvo enamorada de la moda juvenil

Marie nunca estuvo enamorada de la moda juvenil

Todavía no le han preguntado por qué querría ir al pasado en primer lugar.

Están acostumbradas a sus múltiples proyectos, a las tremendas ganas que tiene siempre de comerse el mundo y a no verla aparecer por La Plaza en muchos días.

Probablemente asumen, como siempre, que necesitaba hacer ese viaje por alguna razón científica, pero eso no es del todo cierto.

—¡La puerta de Alcalá! —exclama Isa, sobrecogida al verla todavía intacta.

—¡Mírala, mírala! —canturrea Patri con el brillo en la mirada.

—¿Qué canción es esa? —pregunta Alfredo desde el asiento del conductor.

—Pues es una canción muy vieja, de los… —comienza la granjera sin pensar.

Patri, que es la que mejor lleva los datos históricos, la interrumpe:

—Nada, nada, una cancioncilla que me cantaba mi tía —interrumpe, mirando a Isa con las cejas levantadas— que probablemente no haya sido ni producida todavía…

—Oye, pues a mí no me importaría escucharla —comenta Mónica.

Marie escucha a su amiga deshacerse de ellos con excusas y piensa en la noche que les espera. Pero no solo a ellas, en su versión de setenta y siete años, sino también a las chicas de diecisiete que un día fueron y que hoy estarán llegando a Madrid en autobús.

Da un poco de vértigo saber que hoy es la noche que Cati conocerá a Alfredo, aunque técnicamente lo acaba de conocer en el coche, pero él no lo sabe; que al volver de este viaje Patri decidirá estudiar Periodismo, que ella misma se encontrará un armatoste viejo en su huerto que la llevará a estudiar Ingeniería; o que, al fin y al cabo, es el primer y último viaje que harán juntas.

Observa a Alfredo conducir por las anchas avenidas de Madrid con el codo fuera de la ventanilla y se pregunta cómo habrían sido las cosas si no hubieran hecho aquel primer viaje.

Entonces hoy no estarían aquí. El destino es el camino que hace que las piezas encajen, lo tiene claro desde hace mucho tiempo.

—¿Dónde os alojáis? —pregunta Mónica, masticando chicle—. Si no conocéis ningún sitio os podemos llevar a la pensión a la que solemos ir.

—Vamos a casa de una amiga, en calle Serrano —responde Marie.

Alfredo silba al oírlo.

—Pues vamos para allá.

* * *

Alfredo y Mónica dejan a las cuatro amigas frente al edificio más alto de la calle y prometen recogerlas más tarde para ir al concierto.

Marie no tiene un motivo concreto para acudir al concierto, pero quiere hacerlo.

Cati también está de acuerdo y ha contestado con mucha efusividad, así que probablemente esté tramando algo.

Isa simplemente se ha encogido de hombros y Patri ha comentado que ella no quiere perderse nada porque está documentándose.

Cuando la furgoneta se aleja, Marie se queda mirando el viejo portón que conoce tan bien, aunque en estos tiempos luce bastante nuevo.

Observa la fachada. En la tercera planta, reconoce el balcón con la barandilla forjada.

Mira la hora en su pulsera inteligente, que ahora no sirve más que de reloj o de sintonizador de televisión. Son las 16:05. Debe estar en casa.

Bien, es el momento de explicarles un par de cosas más a sus amigas.

—Veamos —anuncia, buscando las palabras adecuadas—. Aquí vive una compañera científica con la que tengo mucha confianza. Estoy segura de que nos dejará la pieza que nos falta, además de otra cosa que necesito.

—Perfecto, pues vamos, ¿no? —responde Cati—. Recuperamos tus tornillos de científica loca, bailamos un poco en el concierto y nos volvemos a casa.

—Esperad, seguro que hay un «pero» —añade Patri.

—Sí —corrobora Marie—. Hay un pequeño problema.

—¿Cuál?

—Ay —murmura Isa—. Que no os conocéis todavía…

—Nos conoceremos cuando acabe la carrera y venga a Madrid a trabajar, en 1993…

—Venga ya —se queja Cati—. ¿Hemos venido hasta aquí para pedir tuercas a puerta fría?

—Dime que no es una adolescente —se suma Patri.

—Sí… —añade entre quejas de sus amigas—, pero estoy segura de que sabrá ayudarnos.

Dedica una mirada vergonzosa hacia ellas, que reaccionan enviándole apoyo silencioso mientras llama al timbre de la vivienda. Aún recuerda el piso correcto que marcar en el telefonillo para que le atiendan en la residencia personal de la familia propietaria del Laboratorio Ícaro.

—Residencia de los Del Pino, dígame —contesta después de unos pitidos una voz monótona a través del telefonillo.

—¿Está Adela? —titubea Marie—. Somos unas… amigas.

—Pasen.

Las cuatro ancianas se sorprenden con la facilidad para acceder al interior.

Un conserje vestido de negro y blanco las espera en el descansillo del recibidor y las dirige hasta el ascensor.

Suben los cinco en silencio hasta que las puertas se abren a un lujoso pasillo de suelo de mármol y cuadros pintados al óleo.

—Por aquí.

El empleado las conduce a un salón de bienvenida con muebles de tapicería blanca y jarrones de flores frescas.

—En unos minutos las atenderá la señorita Adela —dice antes de dejarlas solas en la estancia.

—Vaya con tu amiga, ¿no?

Marie nota los nervios apoderársele de las manos, que comienzan a temblar. Hace tiempo que no es capaz de aguantar el pulso como lo hacía antes. Por si acaso, decide sentarse en una de las butacas.

—Todos estos muebles vintage se venden por una pasta en La Plaza —comenta Cati, señalando una mesita lacada en negro.

—¿Te encuentras bien? —oye que pregunta Isa.

—Sí —responde Marie, sin darse cuenta de que no iba dirigido a ella.

Después ve a Patri abanicándose con la mano. Está completamente roja y acalorada, como si le fuera a dar un desmayo de un momento a otro. La ve apoyarse en una estantería, demasiado cerca de uno de los jarrones de porcelana.

Antes de descubrir qué le pasa a su amiga, el ruido de la puerta las sobresalta al abrirse de par en par. Una chica aparece en el centro de la estancia.

—¡Hola! Ya dije que… —Se detiene al ver que sus visitantes no son quienes ella esperaba. Entonces añade—: ¿Hola?

Adela va vestida con una camiseta y falda negras, una cazadora de cuero roja y mallas burdeos. Lleva el pelo muy cardado, con una mecha rubia en el flequillo y mantiene la expresión desafiante de quien sabe que no encaja en el entorno y espera una reprimenda.

Marie abre la boca para presentarse, pero se queda completamente en blanco. No sabe qué decir. Entonces la sobresalta el terrible estruendo de un jarrón de porcelana impactando contra el suelo.

Todas se giran hacia el origen del ruido y ahí está Patri, con los ojos apretados en una fina línea y una mueca de dolor. Se produce un silencio incómodo mientras Adela mira alrededor identificando todos los pedazos del jarrón.

—¿Se encuentran bien? —dice el empleado, que acude corriendo al salón.

—¡Perfectamente! —exclama Adela, y añade—: Déjanos solas.

La chica le hace gestos con la mano para que se vaya y este obedece a regañadientes. Después, cierra la puerta del salón y comienza a reírse a carcajadas.

Marie sigue intentando entender el extraño comportamiento de Patri, pero esta no levanta los ojos del suelo ni ofrece ningún tipo de explicación. «¿Qué está ocurriendo?».

—¿La conoces? —oye que le pregunta Isa en un susurro.

La periodista asiente con la cabeza de forma casi imperceptible.

No es algo que a la científica le sorprenda porque sabe que Adela llegará a ser de las personas más influyentes del futuro.

Es normal que alguien como su amiga, una de las mejores periodistas que conoce, sepa quién es quién, tanto en 2045 como en 1985.

Sin embargo, siente un picor extraño en el pecho.

Ahí está sucediendo algo más con lo que no había contado.

—Bueno, explicadme —pregunta la heredera del jarrón roto—. Queridas «amigas», ¿quiénes sois de verdad? Además de torpes. ¿Vendedoras de zapatos? ¿Secuestradoras? ¿Miembros de un club de lectura para yayas?

Marie carraspea. Sabe que este momento tenía que llegar, pero ahora que se encuentra delante de su vieja amiga, no encuentra la mejor manera de explicarlo.

No quiere causar confusión, ni mareos, ni otro desmayo como el de Marta.

Lo cierto es que tendría que haber hecho muchos más viajes de prueba antes de embarcarse en aquella aventura, pero ya era demasiado tarde para arrepentirse.

Están aquí, en la residencia de los Del Pino, delante de su futura jefa y amiga, abriendo la puerta a un camino que no podrá cerrarse nunca más.

Además, sabe que Adela prefiere que la gente hable de manera directa y sin rodeos. Así que habla:

—Venimos del futuro —dice la científica, siendo plenamente consciente de lo ridículo que tiene que sonarle a una adolescente que en este momento ni siquiera se plantea todavía estudiar ciencias.

Aun así, continúa—: Concretamente, hemos viajado desde 2045.

Soy la doctora Yeo y trabajaré contigo dentro de unos años en el laboratorio de tu padre.

Y, en este momento del tiempo, necesito tu ayuda.

Cree que aquello ha sido suficiente por ahora, así que se detiene a esperar su reacción.

Adela las mira de arriba abajo unos segundos que se hacen eternos.

La observa reparar en cada elemento fuera de lugar e incluso reparar en sus pulseras inteligentes.

Su rostro se contrae levemente, pero enseguida se esfuerza por controlarlo.

A continuación, la chica camina lentamente hasta otro de los jarrones que todavía queda intacto, lo toma con delicadeza entre las manos y lo estrella con rabia contra el suelo.

Marie cierra los ojos. No esperaba esa reacción.

Oyen que alguien llama a la puerta y escuchan al empleado, que vuelve a preguntar si se encuentran bien. La chica grita:

—¡Perfectamente! ¡Ya te lo he dicho, déjanos solas!

Entonces Adela camina hasta el sillón contiguo a Isa y se hunde entre los cojines. Las cuatro amigas la miran sorprendidas. Al cabo de unos segundos, la chica suspira y les explica:

—Perdonad. Es que lo último que quiero es acabar trabajando en Ícaro, joder.

Entonces se echa a reír a carcajadas. Las ancianas se relajan un poco y se ríen también. Marie se acerca a ella y se sienta en un sofá enfrente.

—Lo entiendo —dice, tratando de retomar la conversación—. Si te sirve de algo, serás una científica maravillosa.

Marie intenta ofrecer una sonrisa amable, aunque sabe que no es su fuerte. Ella sirve para acelerar partículas, no para calmar las emociones de los demás.

—¡Y una gran empresaria! —exclama Cati—. Aunque, claro, no es difícil que te vaya bien si heredas todo esto.

—¿Cómo? —pregunta la chica.

—No he dicho nada.

—Gracias, supongo. —Adela suspira y trata de sonreír—. ¿Todas sois compañeras mías en el futuro?

—No, solo yo —responde Marie—. Ellas son mis amigas. Es que… no quería venir sola.

La joven sonríe tímidamente.

—Te entiendo.

Entonces se inclina en el sillón, coloca los codos en las rodillas y los puños bajo la barbilla, y las observa intensamente.

—¿Cómo sé que todo esto no es una broma pesada? —pregunta al cabo de un rato—. ¿O una estafa? Preguntaría por un secuestro, pero no creo que pudierais sacarme de aquí. Aunque seáis cuatro, sois cuatro yayas y yo me he puesto bastante fuerte con el aerobic.

Se ríe de manera contagiosa y las amigas se unen. La risa de Patri se oye por encima de todas las demás, como si estuviera perdiendo los papeles.

—Te he traído algo para que me creas —dice Marie, llevándose la mano al bolsillo de la chaqueta.

Saca las dos fotografías que lleva en el bolsillo.

La primera es la de las cuatro amigas de diecisiete años en el concierto de Sting que estaba dentro de la cápsula.

Siente algo de satisfacción al verla intacta, no porque crea que vaya a cambiar, sino porque a Isa la ayudará a calmarse.

La ciencia ficción solo ocurre en las películas.

Aquí, en cambio, solo queda la ciencia. Y eso es lo que tantas veces intentará explicarle a Adela en el futuro.

Vuelve a guardarla en el bolsillo y se queda en la mano la segunda foto.

Tiene suerte de haberla llevado encima cuando la cápsula se activó, pero algo le dice que no habría podido ocurrir de otra manera.

Es difícil saber cuánto de lo que sucede a su alrededor es crucial o accesorio en la línea temporal, hasta que no pasa.

Es el momento de la comprobación y espera ganarse la confianza de Adela con esta foto.

La observa un segundo antes de pasársela.

Está desenfocada y medio quemada, pero aún pueden apreciarse bien los personajes que aparecen en ella.

En la imagen, un grupo de científicos con bata blanca y gafas transparentes al cuello sonríe en el interior del Laboratorio Ícaro.

A la izquierda está situada Marie, con sus rizos definidos, cuando todavía no eran canosos.

A su lado, la Adela de dentro de quince años sujeta una probeta en la mano como si fuese una bebida de celebración. Ambas sonríen a cámara.

La chica toma la foto casi con reverencia. Marie observa su expresión de asombro al mirarla.

—Qué horror. ¿Por qué llevo el pelo tan pegado a la frente?

La científica sonríe, pero no responde. Ella nunca ha seguido las modas, pero su compañera de laboratorio cada año llevaba un peinado diferente, de acuerdo a lo que se consideraba más elegante cada temporada.

Aun a día de hoy, cuando aparece su rostro en la televisión de su salón, puede apreciar los nuevos pendientes o peinados a la última.

Contempla a su antigua amiga casi sin respirar mientras esta trata de procesar lo que le han contado. Sin embargo, sabe que no lo entenderá del todo hasta dentro de unos años.

Al cabo de unos minutos, Adela alza la cabeza y les dice:

—Vale, yayas del futuro, ¿qué necesitáis de mí?