Las chicas de ayer 7. Los chicos que tocan en un conjunto beat #2
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7. Los chicos que tocan en un conjunto beat #2

—¡Qué nombres tan originales! Me encantan —comenta Mónica—. ¡Bueno, vámonos a Madrid!

—Disculpad que no abramos los asientos del maletero, pero tenemos que llevar la batería.

La voz de Alfredo le suena familiar, aunque no termina de ser como la que recuerda en sus tiempos de adulto. Sus facciones son iguales, pero al mismo tiempo distintas. Es impresionante lo que el paso del tiempo puede hacer en nuestros rostros y en nuestras vidas. Supone que la cresta influye.

El conductor pisa el acelerador y se adentran en la carretera mientras la chica les ofrece de su paquete de tabaco.

Ellas rechazan y tratan de agarrarse a lo que pueden.

Mónica saca un casete de la guantera y lo introduce en la ranura correspondiente.

Empieza a sonar Rubí: «Él era mi novio, y yo le quería, y también quería a su batería, ajá».

Cati siente una sensación de mareo en el estómago y no es precisamente por la conducción temeraria a la que se están enfrentando en esta carretera de los ochenta.

Pasan los minutos, y no puede creer que ninguna de sus amigas lo haya reconocido. Es cierto que solo le ven la coronilla, y que es difícil reconocerlo con esas pintas. Por fin, Mónica rompe el hielo:

—¿Y por qué vais a Madrid? Marta solo me ha dicho que teníais mucha prisa por llegar hoy.

—¡Somos viejas amigas! —se adelanta Patri, antes de que ninguna de las demás pueda meter la pata. Durante la espera a la furgoneta, han acordado una historia que contarán cada vez que les pregunten—. Y hemos decidido ir al concierto de Sting, ¡por el cumple de Cati! Digo, de Catriona.

—¡Qué divertido! —responde la chica—. ¿Cuántos años cumples? Si no es indiscreción.

—Muchos —siente su propia voz ronca al responder—, indiscretamente demasiados. ¿Qué importa la edad que se tenga? ¡Lo importante es ver a Sting! ¡Me encanta Sting! ¡Lo escucho desde pequeña!

Acaba su alegato con demasiada efusividad y una risa histriónica. No le está saliendo bien.

—¿Desde pequeña? —pregunta Mónica, confundida—. Pero si no hace tanto que ha sacado su disco…

—Desde pequeña no puede ser, Cat-Catriona —salta Patri desde el asiento de atrás—. Porque eso significaría escucharlo en 1920, ¿verdad? ¿Verdad que eso no puede ser?

Cati se gira y se encuentra con la intensa mirada de su amiga. Enrojece y se pregunta por qué la han dejado a ella ser la cumpleañera. «¿Qué nanobot sabe qué se escuchaba en los años veinte?». Bastante tiene con no vomitar dentro de esta furgoneta del infierno. Intenta rectificar como puede.

—Es verdad, me estoy confundiendo. ¡Es que me siento muy joven por dentro!

Comienza a reírse descontroladamente, como hace en las reuniones de empresa cuando alguno de sus trabajadores pregunta por un aumento de sueldo. Funciona. Siempre funciona. Mónica se ríe también.

—No he escuchado nunca música tan antigua, tendré que ponerme al día.

El temporal pasa tan rápidamente como ha llegado y la conversación gira hacia la bajada del precio de la gasolina. Parece ser algo muy relevante estos días.

Cati se recuesta como puede sobre el asiento y decide no pensar en la poca seguridad de la carretera por la que conducen.

En su lugar, observa el paisaje. Es increíble verlo tan verde y lleno de árboles frutales.

Decide no comentarlo en voz alta para que Isa no se le eche al cuello.

Decide quedarse callada y escuchar la música de su juventud.

Al cabo de dos horas, llega el momento de detenerse en una gasolinera a repostar y estirar las piernas. El conductor anuncia una parada de quince minutos y baja de la furgoneta.

—Espera, Alfredo, voy contigo, que quiero comprar tabaco —le dice Mónica.

Por fin se quedan solas en el interior del vehículo.

En el momento en que se cierran las puertas, Cati nota la presión de la mano de una de sus amigas en el hombro.

Entonces se gira, y se enfrenta a lo que ha estado evitando desde que ha reconocido la furgoneta.

Ellas la miran con asombro. Marie parece que incluso le pide perdón con la mirada.

No tiene el cuerpo para esta conversación, con lo bien que se lo estaba pasando.

Ojalá hundirse en el asiento y desaparecer.

Oyen a Mónica abrir el surtidor de gasolina mientras tararea la canción que estaba sonando hace un momento.

Es Patri la que rompe el silencio dentro de la furgoneta.

—¿Alfredo? ¿Tu Alfredo?

Marie tarda unos segundos en contestar.

—No sabía que era amigo de tu prima. Hubiera buscado otra solución.

—¡Mi prima es amiga de todo el mundo! —exclama Cati—. Por eso fuimos a su casa.

—Y también es amiga de Alfredo —dice Patri.

—Esperad que me ubique —interrumpe Isa—, ¿de verdad este es tu Alfredo…?

—¡¡Sí!! —gritan las otras dos.

—No os preocupéis por mí. —Cati suspira e intenta calmar a sus amigas—. Ha sido un poco inquietante verlo, no os voy a engañar, pero ahora ya está. ¡No pasa nada! Acabo de ver al chaval con el que estuve de adolescente. No big deal , ¿vale?

—El chaval con el que luego te casaste —responde Isa.

—Una boda preciosa en La Manga.

—Más de una década de matrimonio.

—Y del que te divorc… —añade Patri.

—¡Chicas! —las interrumpe Cati, irritada—.

Gracias por recordarme las cuitas de mi estupendísima existencia, pero ¡ya está!

Está bien, superado. Nos quedan dos horas de viaje a Madrid, llegaremos, conseguiremos la estúpida pieza para el salero espaciotemporal de Marie y volveremos a la época en la que no tengo que volver a hablar con Alfredo, ni ver su estúpida cresta ni escuchar su maldita música cutre en el garaje. ¡¿Vale?! ¡Está todo estupendo!

Sus amigas se quedan calladas porque saben cuándo no merece la pena discutir.

No soporta ver su expresión de angustia porque de verdad que necesita que esta situación no sea un problema.

Están en 1985, con un conflicto mucho mayor que el de encontrarse con tu ex.

Y necesita, por encima de todas las cosas, borrar la tormenta de recuerdos con la que está siendo bombardeada desde que han aterrizado en el pasado.

—Hace muchísimos años de esto —susurra, intentando recuperar la calma en el interior del coche.

—En realidad —puntualiza Isa—, no hace tanto porque aún no ha pasado.

—¡Cierto! —grita Patri, con una expresión de satisfacción que preferiría no ver ahora mismo—. Cati y Alfredo se conocieron en el concierto de Sting. En Madrid. Esta noche. En el futuro. Es decir, que aún no ha sucedido. Por lo que puede evitarse.

—¡¿Pero qué dices?! —la granjera la observa con los ojos desencajados.

—¡Podemos impedir que os conozcáis esta noche!

—¿Te has vuelto loca? —pregunta Cati.

Isa se lleva las manos a la cabeza:

—¿Es que no habéis visto ninguna película que valga la pena?

—Oye, solo era una idea… —comienza Patri.

—¡Que vamos a desaparecer de la foto! —grita la amante de la ciencia ficción.

Se hace un pequeño silencio, hasta que la periodista pregunta:

—¿Qué foto?

La única foto que Cati recuerda ahora mismo es la que ha precipitado la situación en la cápsula.

La culpable de que estén ahora mismo en una carretera nacional a la altura de Albacete repostando gasolina a ochenta y siete pesetas.

Dicen que no es bueno asomarse demasiado al pasado y la verdad es que en este momento no puede estar más de acuerdo.

Marie saca dicha foto del bolsillo de su chaqueta e Isa la agarra al vuelo.

Después de comprobar que todo está a su gusto, se la pasa a Patri y esta a su vez a Cati.

No pudo verla bien cuando se estaban precipitando a otra década, pero ahora la observa con atención.

Tienen diecisiete años y están guapísimas.

Qué bien les sentaban esas cazadoras de cuero negro.

Aunque la más llamativa era la de Patri, de color rojo brillante.

—Me refiero —dice Isa, haciendo el esfuerzo por explicarse— a que no debemos cambiar el pasado porque tendrá repercusiones en el futuro. Por ejemplo, podríamos cambiar algo y no sacarnos esa foto en el concierto. Entonces desapareceremos de ella…, como en Regreso al futuro .

Su amiga ha dicho esto último en voz baja, como si mencionar la ciencia ficción estuviese prohibido. Cati apenas recuerda la película y, según su prima Marta, le pareció un sinsentido, así que no se lo toma muy en serio.

—Ya nos haremos alguna otra foto —dice Patri.

Entonces Marie suspira y habla para apoyar a Isa:

—Tiene razón. No podemos alterar el pasado.

—¿Nos podríamos desintegrar? —se burla la empresaria.

—No. —Marie se encoge de hombros—. Pero Alfredo conocerá a Cati esta noche. Es un hecho.

La científica usa el tono que suele utilizar para dar por zanjada una discusión y lo cierto es que Cati lo agradece. No quiere pensar en la noche en la que conoció al chico que le cambió la vida, con lo bueno y lo malo que acompaña a cualquiera de las decisiones importantes de la vida.

En ese momento se abre la puerta de la furgoneta y Mónica asoma la cabeza.

—¿Queréis Chicles Cheiw? Son de fresa ácida.