7. Los chicos que tocan en un conjunto beat
Los chicos que tocan en un conjunto beat
Si había algo que a Cati se le daba bien era organizar los eventos y las salidas de fin de semana con la empresa. Había gente que era literalmente incapaz de poner un pie fuera de La Plaza sin estresarse, pero ella lo tenía todo controlado.
El primer paso era buscar un buen alojamiento que estuviera en la lista LOREM YPSUM (Lugares Ocultos para Retiros Empresariales Mágicos y Profusos Sucesos Únicos Mundiales), y que contara, por supuesto, con alta velocidad de conexión y pantallas de última tecnología.
El segundo, encontrar una amplia sala de reuniones para las conferencias: debía contar con sillones reclinables y al menos un par de metros de distancia entre asistentes, para que pudieran ver al presentador con sus gafas inteligentes sin sentir el calor de sus compañeros.
Y lo último, pero no menos importante, comprar vino, mucho vino.
Muchas botellas aseguraban un grupo de gente más feliz y amigable, dispuesto a sonreír ante cualquier anuncio desagradable de presupuesto anual.
Además, y solo para ocasiones especiales, a última hora de la tarde se podía sacar algún antiguo Rioja desaparecido o un Jumilla de las viñas extintas del sur para calmar los ánimos o animar la fiesta.
Pero, claro, era fácil organizar los eventos con ayuda de su asistente virtual en la muñeca.
«Alfred, encuentra diez hoteles de cinco estrellas para un retiro de empresa y ordénalos por afinidad con mi cuenta».
«Alfred, envía diez cajas de Ribera a las oficinas de la Gran Vía».
«Alfred, crea tarjetas de felicitación navideña con mi avatar y envíaselas a la lista de mejores amigos».
«Alfred, dime la previsión del clima, la humedad del ambiente, la hora del atardecer y el minuto exacto en el que sale el nuevo álbum de C. J. Lux para proyectarlo en pantalla».
Alfred, en cambio, estaba en horas bajas desde que habían aterrizado en 1985.
Ni siquiera le sirve ver la hora en un mundo en el que no tiene reuniones a las que llegar tarde.
Con dos golpecitos en la muñeca, Cati trata de cambiar la pantalla del modo reloj.
La cara sudorosa de Eva Nasarre aparece en la pequeña pantalla y le dan ganas de tirarlo por la ventana.
Aquel viaje está destinado al fracaso: sin asistente virtual, sin lista de alojamientos en Madrid, sin viñedos extinguidos, sin mapa de carreteras virtual y sin ni siquiera saber conducir un coche manual.
«No, este viaje a Madrid no va a ser fácil de preparar», piensa mientras observa a sus amigas discutir.
—De verdad, puedo conducirlo —decía Marie—. He estado observando el circuito del motor durante algunos días antes de…
—¿Observando? Dime que no ha dicho: «Observando» —bufa Patri—. ¡¿Desde cuándo se aprende a conducir observando?!
La prima de Cati las mira de hito en hito, divertida. Después del desmayo inicial, parece llevar con naturalidad que haya cuatro señoras de otro tiempo en su cocina.
—Me está dando bastante miedo meterme en una caja de metal sin inteligencia artificial… —comenta Isa.
—¡Pero si las que son inteligentes también te dan miedo! —la acusa la empresaria.
—Es que no se puede fiar una de las máquinas. Además, creo que el seguro no nos cubre accidentes en otro tiempo.
—Olvídate del seguro, primero tenemos que salir vivas —interviene Patri.
—Chicas, yo creo que puedo conducir…
Cati se da cuenta de que están entrando en un bucle eterno y, como en las reuniones con los accionistas con los que está acostumbrada a tratar, se percata de que le toca liderar la conversación. No tiene a Alfred, pero sabe poner orden en una sala.
—¡Chicas!
Las tres ancianas y la prima la miran con atención.
—No tenemos que hacerlo todo nosotras, podemos delegar —comenta. Después, añade, al ver las caras de confusión a su alrededor—: Contratamos un… ¿chófer?
Se le hace extraño usar la antigua palabra que ya solo aparece en antiguas películas de gánsteres o amoríos en la campiña inglesa.
—¿Y de dónde sacamos un… chófer? —responde Isa.
—¡Las Páginas Amarillas! —tercia Patri, con la expresión en el rostro de a quien se le enciende una bombilla.
—Vale, progresamos. ¿Me las traes? —le pregunta Cati a su prima.
Marta la mira sonriendo. Se lo está pasando muy bien.
Comienza a recordar algunas tardes en las que su prima le decía: «Eres una mandona y lo serás siempre».
Supone que es cierto, siempre lo ha sido.
Su pariente, en cambio, siempre ha sido muy discreta, pues nunca le contó este desayuno esperpéntico.
Una oleada de gratitud hacia ella la invade.
Agradece no saber nada de lo que sucedió o está a punto de suceder.
Es mejor que el futuro permanezca tras el velo de lo incógnito.
En ese momento, Marta alza las manos para pedir silencio y se dirige a ellas:
—Lo siento, lo del coche ha sido mala idea. Además, me parece que no me lo vais a devolver.
En la sala se escucha algún murmullo de asentimiento.
—Tampoco os puedo prestar tanto dinero como para un chófer y no os recomiendo el autobús de línea, es una pesadilla. Pero tengo una idea mejor —se detiene un momento y sonríe—. Esta noche hay un concierto de Sting en Madrid.
Deja la noticia flotando en el aire, esperando un impacto que llega con algo de retraso.
—¿Sting, Sting? —pregunta Cati.
—¿Está vivo este señor?
—¡Isa! —grita Patri—. Sigue vivo en 2045. Con su trasplante de ojo, ¿recuerdas?
—La verdad es que no, hija.
—¿Pero este concierto…? —comienza Cati a recordar.
—Pero si brindamos por él anoche —les reprocha Patri—, estáis peor de lo que pensaba.
Le suenan el nombre, el lugar y la fecha. Entonces, todas las piezas se colocan en su lugar y se ajustan unas con otras. Recuerda el brindis. Recuerda el concierto. Estuvieron allí. A los diecisiete años. Abre la boca completamente asombrada. Marie le responde con una sonrisa de oreja a oreja.
—Fue aquel concierto.
Marta continúa:
—Tengo unos amigos que van para allá en furgoneta. Voy a ver si les queda sitio, ¿vale?
Les pide paciencia con las manos mientras se adentra en la cocina. La ven descolgar un teléfono amarillo con grandes botones negros que hay colgado en la pared. La oyen murmurar algo por el auricular.
Las mejillas de Cati se encienden. En ese concierto pasaron demasiadas cosas para su versión adolescente. No esperaba el aluvión de recuerdos que ha despertado ese nombre en su mente.
Al cabo de unos minutos, Marta vuelve sonriendo.
—Os recogen en una hora. ¿Os presto algo de ropa? Creo que os hace falta.
* * *
Las cuatro amigas esperan pacientemente con los nuevos atuendos que les ha dejado la prima de Cati.
La energía del grupo es la misma que la de una fiesta de disfraces: se miran y se sonríen emocionadas con la ropa de otra época.
Marta les ha prestado un par de cazadoras viejas que podía permitirse perder, una blusa hortera por persona con rombos y hombreras, un par de pantalones vaqueros, dos faldas y medias de colores.
Cati se ha negado a ponérselas, pero ahora se está arrepintiendo porque los tejanos del 85 no son ni la mitad de cómodos que los del 45.
«¿En serio llevaban eso todo el día puesto?
». Agradece tener el pelo corto, porque a Isa le ha tocado un coletero rosa fluorescente, que la hace reír cada vez que mueve la cabeza.
Hacía mucho tiempo que no se divertía tanto.
Desde su divorcio y la mudanza de su sobrino a Sídney, no se había centrado en otra cosa que no fuesen los informes de ventas de la empresa.
¿Y para qué? Para que la despidan después de tantos años.
Mira a sus amigas un momento y piensa en lo feliz que la hace estar con ellas ahora mismo.
Un claxon llama la atención del grupo mientras una furgoneta aparca delante de ellas.
El vehículo ha visto tiempos mejores. Su antigua capa de pintura cuenta una historia de música hippie y festivales en la montaña, pero sus nuevas rayas amarillas y negras indican que en esta época va a conciertos más movidos.
Cati observa la decoración de la puerta y las pegatinas del parabrisas e inmediatamente el corazón le da un vuelco.
Reconoce esos dibujos del comecocos, ese Mortadelo que cuelga del retrovisor y ese muñeco de Conan el Bárbaro que descansa en el salpicadero.
Ha visto esta furgoneta antes. Muchas veces.
Se abre la puerta del copiloto y una chica con cazadora de cuero, el pelo cardado y un cigarrillo en la boca se asoma para llamarlas.
—¡Subid!
Cati la conoce. Pasó mucho tiempo escuchándola cantar en largas noches de ensayo. Los recuerdos se le agolpan en la mente como si quisieran salirle desbordados por los lagrimales.
Sus amigas se adentran en el vehículo por la puerta trasera, y cuando se quiere dar cuenta no hay espacio para ella.
—Tú aquí delante, con nosotros —le ofrece la chica—. Podemos apretarnos un poco.
—¡Pero poneos el cinturón! —escucha a Isa refunfuñar.
Cati no responde porque tiene suficiente ahora mismo con acordarse de respirar mientras nota el pulso en las venas del cuello a punto de explotar.
Tragando saliva, se arma de valor para entrar al hueco que le hacen en el asiento delantero.
Se aprieta contra la chica y mira hacia el asiento del conductor: agarrando el volante, les da la bienvenida un chico joven con una cresta teñida de verde y un pendiente en una oreja.
A la empresaria se le cae el alma a los pies.
Hace muchos años que no lo ve y técnicamente es la primera vez que lo ve.
—Bueno, ¡yo me llamo Mónica! —comenta la copiloto—. Y él es Alfredo. ¿Vosotras cómo os llamáis?
—Yo Isa…, ¡ay! —Se interrumpe su amiga después de que Patri le dé un codazo en las costillas—. ¡Isadora! Me llamo Isadora. Y esta mujer tan simpática a mi lado se llama Patirana.
—Yo Margot —dice Marie.
Cati se da cuenta de que todos los ocupantes del vehículo la están observando, esperando a que se presente, así que intenta salir del paso.
—¡Catriona!