6. Plan para volver al futuro (y pasárselo bien) #2
Entre las cuatro la levantan de brazos y piernas y la colocan sobre un hortera sofá de cuero blanco.
Isa cierra la puerta de la casa mientras observa el resto de llamativos muebles ochenteros.
En la pared, sobre un pequeño aparador con el borde amarillento, reposa un cenicero a rebosar y un televisor encendido.
En pantalla, Eva Nasarre da saltos e instrucciones desde el programa matutino Puesta a punto .
En una barra en movimiento en la parte inferior se anuncia que la telenovela mexicana Los ricos también lloran está a punto de comenzar.
Los calentadores fucsia que lleva la entrenadora hipnotizan a Isa hasta que Marie apaga la televisión.
Patri se adentra en la cocina y al cabo de unos minutos sale con un puñado de sal en las manos.
—¿Qué haces con eso? —pregunta Cati.
—Para la nariz…, ¡para que se despierte! —responde enfadada.
—No funciona con sal de mesa, ¿verdad, Marie? —pregunta Isa.
Marie no está prestando atención. En su lugar, se dedica a cerrar las cortinas del salón y se gira con expresión divertida.
—¿Probamos los Mielitos?
Cati suspira y anuncia, de camino a la cocina:
—Traigo leche y cuatro boles.
Mientras la prima duerme en el sofá, las cuatro amigas se sirven el segundo desayuno y se colocan en torno a la mesa de café. Isa mira el trigo inflado con aprensión, pero decide dejarse llevar. Con una sonrisa nerviosa, agarra el cartón de leche y los cereales comienzan a flotar.
La primera cucharada que prueba le sabe a gloria. La segunda, a juventud, nostalgia y rebeldía. La tercera sabe a azúcar y mala calidad. La cuarta le recuerda que deben volver a su tiempo antes de tener que comer esto cada día.
Cuando casi han acabado, ven que Marta se despereza sobre el sofá.
Entonces, abre los ojos y un destello de pánico le pasa por las pupilas.
Después, observa a cada una de ellas con curiosidad, para finalmente detenerse en el rostro de su prima.
El reconocimiento la inunda por completo y su expresión se relaja.
Entonces se sienta en el sofá y pregunta:
—¿Quedan Mielitos para otro bol?
—¡Claro, Marta, toma! —exclama Cati, contenta de que su regalo sea bien recibido. A continuación le pasa el bol vacío que había traído.
—Gracias, Cati.
La prima comienza a comer en silencio y, poco a poco, recupera el color en las mejillas.
Las mira de hito en hito mientras mastica hasta que empieza a sonreír entre cucharada y cucharada.
Isa la observa asentir con la cabeza mientras trata de disimular la risa que se le escapa por la comisura de los labios.
Al cabo de un rato, Cati coloca la cuchara sobre la mesa y le pregunta:
—¡¿Qué?! ¿No me imaginabas así? ¡Que sepas que tú no estás mucho mejor a los setenta y siete años!
—No es eso —se apresura a decir Marta, avergonzada.
—¿Y entonces?
Su prima casi se atraganta y se echa a reír a carcajadas.
Isa se pregunta si será algún efecto secundario del desajuste temporal.
¿Quizá ha entrado en shock? Se preocupa de estar alterando la línea demasiado.
¿Pueden de verdad confiar en que la prima no las va a delatar?
¿Estarán determinando el destino de Marta para siempre?
No deben contarle nada del futuro, eso seguro.
Si alguna de sus amigas lo intenta, piensa darle un pisotón inmediato para que se calle, por mucho dolor de juanetes que tenga.
Cuando por fin la prima se calma, explica:
—Es que la semana pasada fuimos a ver juntas la peli esa del viaje en el tiempo, ¿te acuerdas, Cati?
—No me acuerdo, no…
—Bueno, claro, para ti hace más una semana, supongo.
—Años, de hecho. Más de sesenta y… —comienza Patri, haciendo cálculos.
—¡Da igual! —la interrumpe Cati—. ¿Qué pasó en la peli esa?
—Bueno, pues te pareció muy mala —continúa Marta.
—Venga, ya, ¿cómo que mala? —se queja Isa.
—Me dijiste que la veías poco realista. Me argumentaste… (¡durante casi una hora, te pusiste muy pesada!) que no era creíble ¡porque los viajes en el tiempo no existen!
Marta se echa a reír a carcajada limpia y las amigas se contagian.
—Dijiste que la película estaba llena de agujeros de guion…
Isa se irrita porque no soporta que se metan con una obra de arte como Regreso al futuro , así que intenta cambiar de tema:
—¡Disculpad que interrumpa! Marta, tenemos un poco de prisa. ¿Nos prestas dinero?
—Necesitamos solo un poco… —se apresura a decir Cati, avergonzada.
—Tenemos que ir a Madrid —explica Marie— porque allí es donde podemos conseguir la pieza que me falta para arreglar…
—El salero —termina Isa la frase.
—Sí, eso, y puede que algo de dinero para volver también —añade Patri mirando a las demás con preocupación—, ¿no?
Marta se termina el bol de Mielitos todavía riéndose, pero no responde. Después, se levanta y recoge todos los platos. Mientras lo hace, se encoge de hombros, pensativa.
—Me halaga que hayas pensado en mí en un momento como este. Pero tengo una pregunta.
—Dime —dice Cati, con cautela.
—¿Es dinero que no me vas a devolver, verdad?
—Sí, claro que…
—No, no te lo va a devolver —explica Marie—. Además, no puedes decirle a nadie que hemos estado aquí, ni siquiera a tu prima Cati, la joven.
—¡Eh!
—La de los ochenta —rectifica la doctora—. Si lo haces, las cosas pueden complicarse mucho.
—Como en la película… —susurra.
Isa está pensando lo mismo. Entonces recuerda la foto de las cuatro amigas de jóvenes que encontraron en la cápsula y siente la urgencia de comprobar que siguen en ella.
Sus egos de diecisiete años no pueden desaparecer porque en ese año ya habían nacido, pero están interviniendo demasiado.
Inmediatamente piensa en sus hijas y siente un escalofrío por la espalda.
Mejor no pensarlo. Patri tiene razón, es mejor no llamar la atención.
—Os daré dinero —anuncia Marta—. Me acaban de pagar la extra de navidad. Pero no puedo llevaros hasta allí. Mañana tengo turno en la escuela de música…
—No te preocupes —dice Cati—. Con ayudarnos a comprar el billete de bus ya haces mucho.
—¿Por qué no vais en coche? La gasolina ha bajado. —Su prima saca unas llaves de un cajón de la cocina y las lanza sobre la mesa—. ¿Sabéis conducir? No es un DeLorean, pero os llevará a Madrid.
Hay muchas actividades que aportan calma y paz de espíritu cuando las haces a mano, como la cerámica, el ganchillo o las pastillas de jabón, a pesar de que exista la tecnología para ello.
Sin embargo, conducir no es una de esas cosas.
Desde que existen los coches autónomos, no ha vuelto a agarrar un volante.
Y algo le dice que esas llaves no son de un vehículo inteligente.