6. Plan para volver al futuro (y pasárselo bien)
Plan para volver al futuro (y pasárselo bien)
Isa siempre había tenido mucha imaginación.
Antes de retirarse en su granja asturiana, había trabajado durante décadas como traductora literaria y estaba acostumbrada a todo tipo de inverosímiles historias que parecían convencer al público con el carisma de los personajes.
Sus novelas favoritas, en cambio, habían sido siempre las especulativas, a pesar de que a sus amigas parecían no interesarles este tipo de historias.
«Ya estás con tus libros raros», le decía Patri cuando eran jóvenes, a pesar de que ella dedicaba su tiempo a las biografías de personas que habían existido hacía medio siglo.
«Esos viajes no tienen base científica», opinaba Marie cuando le comentaba una teoría.
«A mí avisadme cuando saquen la peli», respondía Cati mientras ojeaba una revista de moda.
A pesar de todo, Isa disfrutaba muchísimo de la lectura de paradojas temporales y saltos espaciales. Se imaginaba con frecuencia qué sucedería si este o aquel personaje pudieran volver atrás en el tiempo y enfrentarse a su ego más joven. Pero una cosa era fantasear y otra vivirlo.
No había acabado de creérselo hasta que no había visto el cartel de Regreso al futuro.
El DeLorean en llamas la había asaltado como un recuerdo traumático.
El cine Coliseum del Paseo de Corvera, al que tanto le gustaba ir, ya no existía.
Ni ese ni ningún otro. Hacía mucho tiempo que las películas se distribuían directamente a las pantallas privadas de los usuarios de La Plaza.
El precio, 179 pesetas, le parecía absurdamente barato. ¿Cuánto era eso en PlazaCoins? ¿Dos céntimos? Casi no recordaba la época en la que podías echar la tarde en unas butacas malolientes con tus amigas por muy poco dinero.
Pero aquello no había sido lo más impactante, no.
Lo que la había hecho estremecerse de arriba abajo había sido la cara de Marty McFly y su expresión de asombro.
El protagonista, estupefacto, justo en el momento en que se da cuenta de que su propia existencia está en peligro.
Del mismo modo en que la existencia de Isa, Patri, Marie y Cati debe estarlo.
Porque viajar al pasado es un asunto serio. Están en peligro.
Cuatro amigas septuagenarias que han viajado a los años ochenta por un estúpido accidente al no hacer caso a su amiga, la científica que ha logrado romper la barrera del tiempo y el espacio.
Tienen a la amiga más lista del planeta, pero también una máquina del tiempo rota, unas pocas pesetas y ningún plan.
Esta acumulación de circunstancias ya sería, en cualquier historia de ciencia ficción, suficiente para preocuparse.
—¿Podríamos desaparecer? —pregunta Isa, por tercera vez, a Marie, mientras caminan por la calle hacia la siguiente parada del viaje.
—No, ya te lo he dicho, Isa, tranquila.
—Estoy muy tranquila —responde ella, irritada—, tranquilísima. Solo un poquito desubicada.
—Desubicadas estamos todas, cariño —sonríe Cati con una mueca que para nada es tranquilizadora.
—Necesitamos inventarnos una historia que encaje para cuando nos pregunten la gente —dice Patri.
—¿Qué nos van a preguntar?
—Si decimos demasiado atraeremos todavía más la atención. Es mejor que no sepan quiénes somos.
—Estoy de acuerdo —interviene Isa—, no podemos alterar la línea temporal.
—¡¿La línea temporal?! ¿Ahora estamos en Matrix? —exclama Cati, deteniéndose en mitad de la calzada y provocando que un coche apriete el claxon.
—¡Matrix no tiene nada que ver! ¡Y es del 99! —grita Isa irritada por la ignorancia de su amiga.
—Lo que tenemos que hacer es arreglar la máquina de Marie —interviene Patri—. Necesitamos un plan de acción lo antes posible.
—Yo ya tengo un plan —dice la doctora con la voz calmada—, solo necesitamos unos duros para llegar hasta la casa de mi antigua compañera de laboratorio.
—¿Dónde vive tu compañera?
—Vayamos allí primero —se detiene Cati—. No sé si lo de mi prima va a funcionar…
—No —responde Marie.
Isa se da cuenta de que está muy seria porque hay algo que aún no les ha contado.
Comienza a repasar soluciones del catálogo de ciencia ficción que vive en su mente desde su juventud, pero eso solo la pone más nerviosa: apariciones de doppelgängers, paradojas irresolubles y saltos al multiverso son algunas de las palabras que flotan en su imaginación mientras observa a su amiga morderse el labio.
Nota cómo el corazón se le acelera de nuevo.
—Es que está en Madrid —confiesa la científica.
—¡¿En Madrid?! —gritan las tres amigas.
Es mucho peor de lo que Isa se temía. Y Cati parece estar de acuerdo:
—¿Y cómo vamos a llegar hasta Madrid sin dinero?
—¡Y en los años ochenta! ¿Cuánto se tardaba entonces? —interviene Patri.
—¡Tendremos que ir por una autopista llena de coches antiguos! —dice Isa asustada.
—¡Con conductores humanos! —se horroriza Cati.
—¿Vamos a morir? —bromea la periodista.
—¡¿O, peor, vamos a desaparecer?!
Isa se da cuenta de que esto último lo ha dicho demasiado alto, porque una pareja de señores se le queda mirando con cara de malas pulgas. Piensa que la periodista tiene razón y que deberían llamar menos la atención.
Marie, en cambio, ha aguantado el aluvión de preguntas con una sonrisa. Después de unos segundos, solamente responde de manera enigmática:
—Os echaba tanto de menos.
Ninguna de las tres responde de inmediato porque la tensión es la emoción más intensa en este momento, así que Isa decide hacer un esfuerzo.
Estén donde estén necesitan actuar con calma.
Cierra los ojos y respira hondo y los vuelve a abrir.
Vale, está lista. Saca la misma voz suave que utiliza cuando les habla a sus vacas por la mañana y dice:
—Todo irá bien.
Sabe que esta frase es un cliché peliculero tan conocido y ridículo que no puede hacer otra cosa que surtir efecto.
Sus amigas la miran, esperanzadas, como si acabase de llegar para salvarlas de un destino horrible e inmediatamente se relajan.
Inexplicablemente funciona. Marie le da las gracias con la mirada.
Isa no sabe cuál es el plan y ni siquiera sabe quién es la persona que las tiene que ayudar, pero en ese momento decide que tiene un objetivo. Irá a Madrid o a donde haga falta con Marie, Patri y Cati, pero tiene que asegurarse de lo más importante: no desaparecer de su línea temporal.
* * *
Media hora después, llegan a casa de la prima de Cati, la única persona en la que han decidido que pueden confiar para esta aventura.
Es su familiar más cercana, con tan solo un año de diferencia, alguien capaz de entender por lo que pueden estar pasando sin juzgarlas.
Hace mucho tiempo que Isa no sabe nada de ella, pero recuerda muchas noches de juventud en compañía del grupo.
Y, lo más importante, recuerda que era la única de ellas que, por ir un curso adelantada, había acabado ya el instituto y había conseguido un trabajo en una tienda de medias y pantis.
Definitivamente era la persona indicada para entenderlas y ofrecerles la solución que necesitaban.
Sin embargo, cuando están frente a la puerta de su piso, Isa observa a Cati detenerse unos segundos antes de llamar al timbre. Se pellizca las mejillas una y otra vez, como si quisiera despertarse de una pesadilla, y finalmente se gira hacia sus amigas:
—¿Y si no me reconoce?
—Qué va, estás igual —la reconforta Isa.
—Todas estamos igual de estupendas —responde Patri.
—Bueno, todas no lo sé —murmura Cati.
—Tú sí —insiste Isa, irritada.
—Marta va a flipar en colorines —susurra la empresaria—, ¿y si no nos cree?
—Nos creerá —responde Marie.
Hay algo en la voz de Marie que le da a Cati la fuerza que necesita para llamar por fin al timbre.
Esperan unos interminables minutos, hasta que oyen pasos aproximarse a la puerta.
Cuando la hoja se abre, la luz de la ventana del salón ilumina el descansillo de la escalera.
Frente a ellas, una cara redonda y sonriente les sonríe.
—¡Hola!
La prima de Cati lleva puestas unas mallas de color azul brillante, y sobre ellas, un mono de rayas verde y blanco. También una cinta gruesa a juego en el pelo, recogiéndole el sudor de la frente.
—Disculpen, estaba haciendo ejercicio con el aerobic del televisor… ¿En qué puedo ayudarles?
Isa sabe que no hay una forma sencilla de explicar el problema en el que están envueltas y se da cuenta en ese momento de que no han planeado la forma en la que van a contárselo.
Se pregunta si se inventará una excusa para pasar al salón y explicárselo con más calma, pero entonces su amiga la sorprende enormemente con un discurso atropellado:
—Hola, Marta, soy yo, Cati, tu prima. Bueno, no la Cati de diecisiete años, sino la Cati del futuro.
Ahora tengo setenta y siete años y tengo un problema.
Estoy…, estamos atrapadas en 1985. Es decir, en tu tiempo.
Mira, no me quiero enrollar, solo necesito un pequeño favor: ¿me dejas unas pesetas para ir a Madrid?
No tengo ni idea de lo que costaba un viaje hasta allí entonces.
Es decir, ¡ahora! Hemos venido a verte porque sé que eres la única que tiene pasta ahorrada y que además no me va a delatar, pero…
Cati no puede continuar porque en ese momento la prima Marta se desmaya y cae redonda al suelo.
—Podrías haber sido más sutil… —murmura Patri.
—¿Ah, sí? La próxima te toca a ti, ¡a ver qué tal se te da, listilla!
—Vamos, ayudadme a llevarla al sofá —propone Marie.