Las chicas de ayer 5. Pavor en el hipermercado
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5. Pavor en el hipermercado

Pavor en el hipermercado

—Están buenos, ¿eh? —dice Isa mientras atrapa con el dedo el azúcar que ha caído al fondo de la bolsa.

—Pensaba que los rechazarías —la interpela Cati—, como no salen de tu huerto…

—Mi huerto está muy lejos —responde ella—, y los ochenta solo se viven una vez. O dos, al parecer.

Patri observa a Marie, que lleva un rato refunfuñada mientras cuenta las monedas que le ha devuelto el vendedor.

—Ya no me aclaro con las pesetas —murmura—. Pero creo que tenía que haber cogido más.

—¿Nos vas a matar de hambre en el pasado?

—Si os hubierais estado quietecitas en la cápsula me habría dado tiempo a…

La periodista observa su entorno. El puesto de churros está frente a una parada del autobús, junto a la que se empiezan a congregar los primeros madrugadores.

Llevan el estilo de la época: ropa de tonos llamativos que no casan entre sí, chaquetas enormes y pelos cardadísimos con gomas de colores. Desde luego, la moda era un cuadro.

Se fija en un chico con cazadora, zapatillas blancas tobilleras y unos auriculares enormes en la cabeza.

Están conectados a un largo cable (qué maravilla que los cables hayan desaparecido en 2045) que llega hasta un aparato cuadrado que tiene enganchado en el cinturón.

Tiene los ojos cerrados y mueve la cabeza al ritmo de la música.

Hace muchísimo tiempo que Patri no ve un Walkman, pero lo reconoce al instante porque ella tampoco iba a ninguna parte sin él.

Entonces se da cuenta de que también lleva un periódico doblado bajo el brazo. Es el momento de comprobar algo.

—¿Dónde vas? —escucha decir a Marie mientras cruza la calle.

Llega hasta el chico y le da un golpecito en el hombro para llamar su atención. Este abre los ojos sobresaltado y se quita los cascos.

—¿Está muy alto el volumen? —pregunta, confundido.

—No. ¿Me dejas leer eso un momento? —Patri señala el periódico.

El chico duda un momento, pero se lo deja, aliviado porque no le hagan bajar el volumen de la música.

La periodista extiende el pliego y lee el titular de la portada de ese día: «El PSOE se reserva un informe oficial para su estrategia sobre el referéndum».

En la columna, un par de líneas más abajo, se menciona que se votará sobre la permanencia en la OTAN.

Patri siente un incómodo picor en la nuca.

Busca con el dedo la esquina superior derecha y lee la fecha.

Parpadea. Vuelve a leerla. Varias veces.

La fecha no cambia: «Viernes, 13 de diciembre de 1985».

Presta atención al resto de la portada. Cada detalle nuevo que lee la hace ponerse más nerviosa.

«Precio: 50 pesetas». «Olivetti M-24: el ordenador personal con prestaciones de Fórmula 1».

«El duque de Cádiz, condenado a seis meses y un día de prisión».

«El exministro argentino Martínez de Hoz, procesado por delitos económicos».

«No hay supervivientes en Terranova». Junto a este titular hay una foto en blanco y negro del avión accidentado.

Patri la observa hasta que se le clava en la retina.

Lo recuerda.

Recuerda esa mañana. Después de pasar la noche en casa de Marie, tomó el primer autobús de la mañana.

Llegó a casa, discutió con su padre sobre el accidente de avión y le reprochó el peligro de su vocación de periodista.

Hizo la maleta para el viaje de la tarde.

Aguantó la regañina de su madre mientras le decía que nunca estaba en casa.

Cogió otro autobús con sus amigas, dirección al concierto en Madrid, el que marcó el inicio de su carrera y su primera columna de crítica musical. Fue el día que empezó todo.

—¿Me lo devuelve? —pregunta tímidamente el chico del Walkman.

—Ay, sí, perdón —responde Patri.

Vuelve a la realidad. O, si no es la vida real, se le parece mucho.

El grupo de gente apiñada en la parada del autobús ha crecido considerablemente y la observa con un interés poco disimulado.

Observan su pelo blanco brillante, recogido con un par de horquillas, sus lentillas violeta, sus botas de tacón hechas de caucho reciclado, y parecen sorprenderse de la energía que desprende una mujer de setenta y cinco años que toma pastillas energéticas.

Supone que no han visto muchas así, pero ellos tampoco es que vistan muy normal con esas hombreras.

Carraspea para hacer que dejen de mirarla, pero no obtiene resultado.

Sus amigas se acercan y se sitúan con ella en la cola del autobús.

—Vamos al centro de Murcia —anuncia Cati—, a casa de mi prima.

—A ver si nos deja algunas pesetas —Isa pone los ojos en blanco—, porque Marie pensaba que con seiscientas pesetas íbamos a llegar lejos…

—¡Shhh —la interrumpe la aludida en un susurro irritado—, no digas mi nombre aquí! Y que sepas que habría cogido más si hubiera tenido tiempo.

Patri se acerca a la científica y le tira de la manga para llamar su atención. Después, le susurra, enfadada:

—¿1985, en serio?

—Sí, al 13 de diciembre de 1985.

—¿Nos has traído a un maldito viernes trece?

Marie deja un momento las monedas y sonríe.

—El mejor viernes del año.

El grupo de pasajeros esperando ha dejado de mirarlas para dirigir su atención hacia el fondo de la calle.

Patri se asoma por encima de sus cabezas y logra ver el autobús acercarse.

Apenas se da cuenta, pero, sorprendida, abre la boca casi por completo al ver la Bala de Plata: el enorme trasto de hojalata que constituía el transporte público de su juventud.

El vehículo hace un ruido excesivo y suelta una humareda negra cuando frena delante de los pasajeros, que le han hecho una señal con el brazo.

La puerta se abre delante de ellas. Marie sube la primera, para pagar el billete, y sus amigas la siguen.

Nada más entrar, Patri percibe el viejo y conocido olor a tapicería de cuero.

De entre todas las cosas que ha visto esta mañana, esta debe ser la que más le impacta.

Ya sabe que los olores se instalan en el cerebro para abrir la puerta a otras épocas y, desde luego, este autobús ha acabado de transportarla.

—¡No hay cinturón de seguridad! —se queja Isa cuando se sientan hacia la mitad del vehículo.

—No te va a pasar nada, igual que no nos pasaba nada de jóvenes —la riñe Cati.

—¿Están fumando en la última fila? —pregunta la periodista recordando—. La fila de fumadores…

—¿Podéis bajar la voz? —susurra Marie, enfadada.

—Además —añade la empresaria, sin hacerle caso—, enseguida veremos que estamos en una simulación. Muy conseguida, he de decir. Aunque no me gusta que nuestras pulseras no tengan conexión.

Patri observa a Marie sonreír al escucharlo.

Ella le devuelve la sonrisa porque entiende el esfuerzo de hacer que la gente te crea, o crea en tu historia.

La doctora ha prometido explicarles todo lo que está pasando en cuanto pisen la casa del amigo que posee la pieza para arreglar la cápsula, aunque Patri piensa que tendrá que soltarlo mucho antes.

Suspira y observa por la ventanilla la Murcia de los años ochenta.

No se parece nada a la ciudad actual. Se queda en silencio y se da cuenta de que el chico del Walkman, que está sentado en el asiento de delante del suyo, sí que tiene la música demasiado alta.

Puede escuchar la letra de la canción mientras el autobús se pone en marcha: «Ven deprisa, ven corriendo, yo te espero en Complementos».

No es mala elección para un día como hoy.

No puede creer que sea viernes 13 de diciembre de 1985.

El día del concierto de Sting.

* * *

Están en Murcia, junto a la puerta del ultramarinos del paseo Marqués de Corvera.

Cati ha entrado a gastar las pocas pesetas que les quedan porque «No se puede llegar a casa de nadie con las manos vacías, y menos con la intención de pedir dinero.

Se necesita algo para llenar el estómago y nublar los sentidos».

Marie la ha seguido al interior del establecimiento con un suspiro.

Patri siente las miradas de los viandantes que pasan.

Caminan con prisa, de camino al trabajo, pero eso no les impide sorprenderse al observarlas.

Por suerte, ninguno se atreve a dirigirse a ellas.

Sabe que su aspecto y estilo del año 2045 es extraño para la época, y también sabe que no tardarán en hacerles algunas preguntas.

Y no pueden responder que vienen del futuro.

Le da un par de golpecitos a su pulsera por costumbre. La pantalla emite una tenue luz blanca para mostrar la hora. Es extraño estar en un lugar en el que no llega la conexión del satélite. ¿Qué sentido tiene llevar un simple reloj atado a la muñeca? Qué rápido se acostumbra una a la tecnología.

Escucha a Isa contener un grito y se gira a observarla.

Está apoyada contra la pared del edificio mientras señala un cartel con cara de asombro.

Patri se acerca a inspeccionarlo: es un cartel de una película.

Siente una oleada de nostalgia. Recuerda ese chaleco rojo, esas zapatillas blancas, ese coche y el eslogan que ocupa la parte superior: «Nunca llegaba a tiempo a clase.

No llegaba a tiempo a cenar. Hasta que un día desapareció de su tiempo».

Están echando Regreso al futuro en el cine Coliseum por sólo 179 pesetas.

Mira la cara de su amiga y sabe que era lo que le faltaba para convencerse.

Casi la oye razonar: «Existen los cines todavía.

Hemos viajado al pasado. Es real». Antes de que le dé un ataque de pánico decide pasarle un brazo por los hombros y abrazarla.

Si lo piensa, ella misma siente una sensación de mareo en el estómago.

—Vamos a arreglar la máquina antes de que nosotras desaparezcamos, ¿qué te parece, Isa? —le dice.

Analiza la cara de su amiga y se da cuenta de que ha metido la pata.

—¡¿Podemos desaparecer?! —responde su amiga casi gritando.

—No, no, era una broma, seguro que no… —Patri se detiene porque no tiene ni idea de qué puede pasar con ellas.

—¡Ay, madre mía!

—Shhh —la interrumpe—, más bajo.

—Hemos viajado desde…

—¡Valencia! —Patri se esfuerza en disimular porque la gente que pasa por la calle está empezando a mirarlas más que antes.

—¡¿Qué implicaciones tiene que estemos aquí?!

—De momento, ninguna, Isa, y vamos a intentar que siga así.

Están llamando mucho la atención. No sabe qué puede suceder si las descubren, pero su instinto le dice que es mejor que no lo hagan.

Por otro lado, su amiga ha conseguido acelerarle el pulso y ponerle en la mente una pregunta que no había considerado.

¿Qué implicaciones tiene esto? ¿Pueden estar alterando algo?

Una bombilla se le enciende en la mente. ¿Pueden aprovechar para cambiar algo?

Suspira de alivio cuando Marie y Cati salen de la tienda. La segunda parece que ha visto un fantasma.

—No vendían Plaza Nuke en la tienda, pero había…

—Mielitos —dice Marie, levantando una caja con una amplia sonrisa.

En la superficie del cartón, está impresa la foto de una niña con un vestido rosa y un lazo en el pelo.

Mira con felicidad a la cámara mientras sostiene entre los dedos lo que está a punto de comer.

Un gran enorme en letras amarillas y rojas reza: «Mielitos.

Trigo hinchado. Tostado, endulzado con miel.

Delicioso alimento natural. ¡Para todas las edades! ».

Patri piensa que es seguramente la peor elección para llevar como ofrenda a casa de alguien, pero se le ocurre que tiene muchas ganas de probarlos de nuevo.

Entonces se echa a reír. Si van a pasar unos días en 1985, será mejor disfrutarlo.

Hace muchos años que no existen los Mielitos, como tantas otras cosas que han desaparecido en 2045.

Van a necesitar bastantes días para probarlas todas.

Cada vez reciben más miradas indiscretas de la gente que pasea. Sacude la cabeza e intenta centrarse.

Necesitan un cambio de ropa. Lo antes posible.