4. Marie recupera las cazadoras de cuero
Marie recupera las cazadoras de cuero
—Ah, ¿pero que iba en serio?
Esto es lo primero que pregunta Patri. Por si el viaje en la cápsula temporal o el hecho de encontrarse a sus yos del pasado no hubieran sido prueba suficiente.
—Yo pensaba que era una broma… —continúa.
—¡Una forma de hablar! —añade Isa.
—Yo una experiencia sensorial, por lo del antiguo sillón de cine… —comenta Cati.
Marie las mira asombrada y se maravilla de lo que la mente humana es capaz de negar, aunque lo tenga delante de sus narices.
Se pide paciencia a sí misma y se recuerda todas las veces que ella misma no ha creído que el experimento funcionaría.
Hasta que hizo el primer viaje. Lo entiende. Es difícil de asimilar.
Sabe lo que tiene que hacer, donde quiere ir pero va a ser más complicado de lo que pensaba.
Quería viajar con sus amigas, aunque no estaba preparada todavía.
Esperaba hacer una pequeña prueba primero de no más de unos minutos, ver cómo les afectaba a todas el cambio, proponerles hacer una pausa, prepararse algo mejor, darles ropa adecuada…
Organizarlo mejor. ¡Ni siquiera ha cogido el dinero ni sus pastillas!
Suspira e intenta calmarse. Quizá está bien.
Quizá no puedes prepararte para algo así.
Decide contarles lo que necesitan saber por el momento:
—No podemos volver —dice a bocajarro. La verdad es que las indirectas y el tacto nunca han sido su fuerte. Observa las reacciones de pánico de sus amigas y se apresura a añadir—: Todavía. Hay que arreglar la máquina primero.
Traga saliva. Si ellas supieran.
—Estupendo, ya tenemos plan —dice Cati, resolutiva—. Arreglamos esto y nos volvemos rapidito a Llano de Brujas, que tengo reunión a primera hora.
No quiere repetir que ya están en Llano de Brujas, ni que están en 1985 porque de todas formas van a comprobarlo ellas mismas. Tampoco le sorprende la siguiente reacción de Isa:
—Esas adolescentes que han pasado antes se llamaban como nosotras.
Nadie le responde porque es incómodo asumir la realidad.
—Sí, una de ellas se llama Marie, como yo, y en un futuro será científica y os traerá a vosotras hasta aquí.
Nota que Isa se ajusta de nuevo el chal de la misma forma que lleva haciéndolo toda la noche. Patri la mira como si fuera una broma muy pesada.
—¿Y qué más?
Ignora la irritación en la voz de su amiga y aprovecha para contarles el siguiente paso:
—Ahora tenemos que ir a buscar un fusible para arreglar el que se ha quemado.
Pero es un fusible que no venden en las ferreterías de esta época, así que nos toca irnos a ver a un amigo mío.
—Marie se quita las gafas y las frota contra la camiseta, aunque sabe que eso apenas las limpiará—.
En el plan original teníamos que ir a verlo de todas formas, por eso quería que me acompañarais.
Lo único que ha cambiado es lo del fusible.
—Vale, buscamos a ese tío. Le pedimos eso, volvemos, arreglamos el trasto y mañana a la reunión. ¿Está en La Plaza tu colega? —pregunta Cati.
Marie ve a su amiga sacar de nuevo la pulsera de muñeca y darse cuenta de que sigue atascada en la pantalla de la carta de ajuste. Es casi cómico observar su expresión.
—Os ayudo a poner el modo sin conexión. Pero, antes, si nos acercamos lo suficiente a mi casa podríamos sintonizar lo que están echando —le explica—. Ya veréis. Es divertido.
La doctora recoge unas cuantas herramientas que no deberían quedarse al descubierto en el campo de 1985 y las mete a la caja del interior de la cápsula.
Agachada en el suelo, descubre la foto que ha provocado la precipitación de los acontecimientos: en la imagen aparecen las cuatro amigas, mucho más jóvenes, en un concierto.
Miran sonrientes a cámara, rodeadas de gente con cazadoras de cuero, ropa de colores y enormes cardados en el pelo.
Es una foto bonita, de eso no hay duda, y por eso la ha guardado todos estos años.
Decide guardarse la imagen en el bolsillo, junto a la otra foto que lleva en el mismo sitio y que espera que la ayude en unas horas.
Cierra la caja de herramientas y se pone de pie de un salto.
De verdad que le gustaría haber podido coger otro bote de pastillas vigorizantes.
La última vez le hicieron un gran servicio.
Sus amigas la observan expectantes. Puede ver en sus caras que están en fase de negación. Lo entiende. A ella también le costó la primera vez. Así que decide tomárselo con humor y sonríe plenamente cuando pregunta:
—¿Quién quiere ir a sintonizar las noticias?
Supone que eso ayudará a que se sitúen. Y necesita que se centren lo antes posible, pues les queda un largo viaje por delante. El lugar al que tienen que ir a por el fusible no está precisamente cerca.
* * *
Llevan un rato agazapadas bajo el alféizar de la ventana de su vieja habitación y ya ha comenzado a escuchar a Isa quejarse del dolor de rodillas.
En 2045, mientras la mayoría de las personas lleva ya implantes de articulaciones mejoradas o toma pastillas reconstitutivas, su amiga rechaza cualquier elemento tecnológico que no sea absolutamente necesario.
Es decir, pasarse el día en La Plaza está bien y leer novelas sobre avances tecnológicos también, pero terminar de una vez con el dolor crónico de rodillas no entra en sus planes.
El sonido de la televisión llega amortiguado desde el interior de la casa. Hace frío y las ventanas están cerradas. Marie configura su pulsera para que reciba la señal con más claridad y las demás hacen lo mismo. Comienza a sonar una voz femenina a través de sus pulseras:
—… un avión de C8 que transportaba 250 militares norteamericanos desde Alemania Federal…
—¿Alemania Federal?
—… a los Estados Unidos se ha estrellado esta mañana en Terranova cuando despegaba después de haber repostado. Al parecer no hay supervivientes.
—Joder, Marie —se queja Isa—, te estás pasando…
— Mira que es difícil abrir el telediario con una buena noticia —continúa una voz masculina a través de sus pulseras—.
Ayer lo hacíamos con la bajada de la gasolina, pero hoy nos ha llegado a la redacción la noticia que Concha nos relataba ahora.
Vamos ya con la gasolina. En los próximos minutos, pulsaremos la opinión de la calle, conversaremos en directo con el ministro de Industria, Joan Majó…
—¿Pero ese ministro no era…? —interrumpe Patri.
—… pero, antes, vamos a comparar precios. A partir de hoy, España será el país europeo en tener la gasolina más barata junto con Alemania Federal y Luxemburgo, a ochenta y siete pesetas el litro…
—¡Venga ya, Marie! Podías haber puesto un precio más realista.
—¿Ochenta y siete pesetas? ¿Cuánto es eso en PlazaCoins? —pregunta Cati, haciendo las cuentas.
—No lo he puesto yo —se ríe Marie.
—… pues yo creo —dice un viandante al que están entrevistando en el informativo— que esto solo lo hacen porque se acercan las elecciones. Estoy seguro de que más adelante volverá a subir…
—Sí que te lo has currado, Marie. Parece un telediario de la época de verdad —dice Patri.
—Estamos aquí —dice Isa, con el rostro pálido.
A continuación, mira a la doctora. Parece que es la primera que por fin comprende lo que ha pasado. Comienza a hacer gestos con las manos, lo que provoca que se le caiga el chal al suelo.
—Las chicas que se llaman como nosotras, las noticias en pesetas… El salero funciona.
Marie asiente. También a ella le costó, a pesar de llevar trabajando en el experimento durante prácticamente toda su vida.
Patri es la siguiente. Sabe que conoce la historia: el accidente de avión, el precio de la gasolina, todo encaja.
Solo le faltaba confirmación externa: tres fuentes, concretamente.
La observa darse cuenta de todo, apagar la pulsera y sonreír.
Sí, están en 1985. Y por primera vez ella es la noticia.
La protagonista de la aventura digna de escribir.
Conociéndola, puede que hasta esté visualizando ya el título del proyecto en su cabeza.
Y, entonces, la última de sus amigas en creerla, la más refunfuñona e independiente de todas, la única que siempre ha hecho lo que ha querido y cuando ha querido, Cati, procesa lo que significan las palabras que salen de su pulsera.
La doctora la observa taparla con la palma de la mano para silenciarla y, como si de pronto pudieran oírla las personas de esta época, susurra:
—¿Aviso en la oficina de que no llego a tiempo a la reunión?
Marie no se esperaba esta salida y las demás tampoco.
No puede evitarlo y la ocurrencia le arranca una carcajada, que contagia rápidamente a sus amigas.
Acaban todas riendo mientras Cati sonríe, poniéndose colorada.
Hacen demasiado ruido, olvidándose de que están a escasos metros de sus egos más jóvenes.
Escuchan pasos, que se acercan a la ventana, y el crujir de la madera al girar sobre sus goznes.
Tienen el tiempo justo de apagar las pulseras, agacharse y tumbarse junto al muro, al abrigo de la oscuridad.
Llegan las voces ya conocidas del interior:
—Te he dicho que no hay nada, Cati.
—Me había parecido…
—Ya te he dicho que será algún conejo, como mucho. Ya sabes, vivo en el campo, algo que tú no podrías hacer en la vida…
—Cómo te pasas, Marie —dice una tercera—, seguro que tú acabas medio loca arreglando cachivaches en un cobertizo en el monte.
—Pues entonces seré una mecánica loca con estilo, Isa. Mira qué bien me queda esta cazadora de cuero…
—¡Cazadora de genia, seguro!
La ventana se cierra y se amortiguan las voces.
Apagan la televisión y las oyen alejarse hacia el interior de la vivienda.
Si Marie recuerda bien su casa antes de la reforma, estarán entrando en la cocina.
Probablemente van a atacar el frigorífico de su madre.
Lo que quiere decir que tienen tiempo para salir de la finca sin que las vean.
Necesitan organizarse y trazar un plan antes de que llegue el alba.
—¿A quién le apetecen churros?