Las chicas de ayer 3. Cati, ¿qué hace una chica como tú en un sitio como este?
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3. Cati, ¿qué hace una chica como tú en un sitio como este?

Cati, ¿qué hace una chica como tú en un sitio como este?

Cati ha dicho que sí a la locura de Marie porque no tiene dónde quedarse a dormir esta noche. Ni mañana. Ni al día siguiente. Sus amigas aún no lo saben, pero no tiene ninguna reunión al día siguiente porque ya no trabaja para la empresa. La despidieron el miércoles.

Nunca había pensado que seguiría trabajando a los setenta y siete años, aunque hoy en día las cosas no son como lo eran antes, «el país no se puede permitir pagar las pensiones» y para ello hay cirugías y estiramientos, trasplantes de cadera, soportes de rodilla, cremas antiarrugas y pastillas vigorizantes antiedad.

Tiene todo lo que necesita para seguir viviendo cómodamente sin renunciar a nada: visitar a menudo a su sobrino Cristian en Sídney, mantener el ático de Madrid y veranear en el apartamento en La Unión, ahora que tiene playa. Ahora lo tiene todo menos un trabajo.

Podía haberse jubilado por su cuenta, como hizo Patri, o irse a vivir una vida sencilla al campo, como hizo Isa, pero Cati quiso seguir en la empresa hasta que no pudiera más.

Sin embargo, desde que Plaza Market compró su empresa mediante una OPA hostil no ha habido un solo día que no lamentara su decisión.

Especialmente el miércoles, el día que le dijeron que todos estos años no habían servido de nada y que desde ese mismo instante sus datos biométricos ya no funcionarían para entrar al edificio.

Ese es el motivo por el que ha sacado todas las botellas de Jumilla que estaban cogiendo polvo en la despensa, por el que se ha hecho cuatrocientos kilómetros para una cena, y por el que acaba de aceptar entrar en el cohete.

Sabe que lo del pasado es una broma, ha que serlo, pero supone que su amiga tiene algo más en mente.

En cualquier caso, no se le ocurre nada mejor que hacer.

—¿Cuál es el plan? —le pregunta a Marie.

Después de la euforia inicial de ver que las tres amigas aceptaban acompañarla, esta ha entrado en un bucle de explicación teórico-cuántica y Cati ha perdido el hilo (y el interés) en los primeros dos minutos.

La verdad es que no le importa tanto cómo funciona la máquina, sino qué es lo que puede hacer realmente y cuál es el plan a partir de mañana.

Quizá pueda comercializarse como experiencia inmersiva, como mínimo.

—¿De verdad cabemos las cuatro en este trasto? —pregunta Patri, aprovechando la pausa de la lección de teoría.

—Bueno —comienza Marie—, tengo que trabajar todavía un poco más en ella. Por ahora, como veis, la cápsula, en su interior, solamente incluye un sillón viejo, en el que podrían caber dos personas apretadas… ¡Eh, cuidado!

Demasiado tarde. Cati ya ha abierto la puerta de la cápsula y está inspeccionando el asiento. Reconoce la tapicería mugrienta y el estilo de los reposabrazos.

—Esto es del antiguo cine, ¿verdad?

—Es que no podía pedir presupuesto… —se justifica Marie.

—¡No lo digas! —exclama Patri—. Prefiero no estar al tanto de todas tus actividades delictivas. Con una me vale.

—¿Vamos a viajar en un cohete ilegal…? —pregunta Cati, riéndose mientras se sienta en el sillón.

—Alegal —rectifica Marie.

—¿… y te preocupa que este sillón mugriento sea robado?

Se apoya en los reposabrazos y cierra los ojos.

Aún recuerda los antiguos cines y el olor de las palomitas, aunque el Plaza Show no tiene nada que envidiarle.

Además, ya nadie tiene tiempo para sentarse a ver películas de casi tres horas y mucho menos sin disponer de la opción de visualizado al doble de velocidad.

Nota hundirse el sillón cuando Isa se sienta a su lado. La escucha decir:

—Podrías haberle cambiado la tapicería. Huele a humanidad.

—¡Bendita humanidad! —exclama Patri junto a ellas.

Cati abre los ojos y ve que están las cuatro amigas dentro de la cápsula. Patri e Isa observan todo a su alrededor con los ojos como platos mientras Marie intenta que no se le note el nerviosismo.

—Creo que es mejor que os lo explique fuera, no vaya a ser que toquéis algo sin…

Patri se gira y la interrumpe, señalando una foto que está pegada a la pantalla.

—¡Pero qué foto tan genial tienes aquí!

Cati estira el cuello intentando ver por detrás de ella, pero no lo consigue.

—¡Vaya pintas llevábamos! —continúa su amiga.

Se levanta con cada vez más curiosidad. Isa la empuja suavemente para ver la imagen y es entonces cuando algo falla. Cati pisa el chal de la granjera y resbala contra Marie, que cae de espaldas contra la pantalla de botones.

Apenas tiene tiempo para ver la expresión de pánico de la doctora cuando la puerta de la cápsula se cierra de un golpe. Entonces nota un vacío en el estómago y una presión que la lanza contra el otro lado.

El golpe en la cabeza es lo último que recuerda.

* * *

Despierta con dolor de cabeza, pero sin nada roto.

Hace frío. Mueve las manos y nota algunas matas secas y ásperas.

Está tumbada en un suelo de tierra. Abre los ojos y ve las estrellas, que brillan más de lo que lo han hecho en años.

Le duele el cuerpo, aunque agradece enormemente el refuerzo de cadera que se hizo hace un par de años.

—Ya vuelve en sí.

—Menos mal —reconoce la voz de Patri—, casi te la cargas.

—¿Yo? —pregunta la doctora, enfadada—. Os dije que no os metierais las cuatro en la cápsula.

—¿Y cómo pensabas viajar? ¿Por turnos?

—Quería explicaros primero el protocolo…

—No es culpa de nadie —esa es la voz de Isa, tan calmada como siempre—, pero vamos a encontrar la solución juntas, ¿de acuerdo?

—Y la paz interior también… —susurra Cati, de mal humor.

—Un poco de paz te vendría bien a ti —refunfuña la periodista.

La empresaria se incorpora y evalúa el escenario a su alrededor.

Sus amigas están de pie, con los brazos cruzados, discutiendo en la oscuridad.

Se encuentran en el huerto de alguien y puede que hayan estropeado unos cuantos cultivos.

Entre dos limoneros, está la máquina de Marie.

Siente un mareo al verla y espera que sea fácil de arreglar.

La puerta cuelga de una bisagra, desencajada, porque la base ha perdido su forma y está totalmente abollada.

Es difícil de ver bajo la luz de la luna, pero juraría que ya no reluce como antes, está como ennegrecida.

—¿Se ha quemado? —dice inocentemente, aunque tal vez la pregunta que debería hacerse es otra muy distinta.

Marie suspira y le explica:

—Parece que un fusible ha explotado. No lo entiendo, la verdad. Supongo que no estaba preparada para llevar a tanta gente todavía.

La respuesta le recuerda lo que estaban haciendo antes de perder el conocimiento. El viaje. Al pasado. ¿Están en el pasado? ¿No era una broma? Es difícil entender nada en mitad del campo en la oscuridad. ¿Y qué hacen en el campo? ¿Dónde está el laboratorio?

—Sí —le dice Patri, antes de que haga la pregunta—, es una locura. Tenía yo razón.

Sabe que a su amiga le satisface tener la razón, así que evidentemente le recuerda que no dijo nada.

—¡Claro que lo dije! Que no nos subiéramos al ascensor ni aunque…

—¡Al salero!

—Al salero, claro, porque vamos a acabar hechas mineral en polvo como tengamos que volver a utilizar esa cosa —se queja Patri.

Sus amigas son tan cabezotas como ella, y no ceden en una discusión ni aunque sea la única forma de ponerse de acuerdo después de jugar a la brisca online en La Plaza.

—Voy a necesitar herramientas —dice Marie—, y una linterna. La bombilla se ha fundido.

—¿Linterna? —pregunta Isa, girando la muñeca para ver su pulsera inteligente—. Haberlo dicho antes.

Cati está lo suficientemente cerca para ver la expresión de Isa cambiar bajo la luz de la pantalla. Algo la asusta.

—¿Qué?

—Nada. —La ve dar golpes a la superficie como una posesa, intentando que funcione.

Cati se levanta con un suspiro y le toma la muñeca.

En su pulsera aparece una cuadrícula de varios colores y tonalidades de blanco y negro.

Observa, con estupefacción, cómo la dueña le pega golpecitos cada vez más insistentes para que desaparezca.

Entonces se le ocurre mirar su propio dispositivo y descubre que aparece lo mismo.

—No me jodas que estamos sintonizando la carta de ajuste de la tele —dice Patri, mirando también la suya.

—Ah, sí, también me chocó la primera vez —responde Marie desde dentro de la cápsula—, tenéis que apagar el sintonizador de las pulseras.

Como no encuentra la señal del tecnosatélite inteligente, coge la emisión más cercana, en este caso, la del televisor de mi salón, con lo que se está emitiendo en 1985.

Si apagáis el sintonizador podréis usarla en modo sin conexión…

—Espera, espera, rebobina —pide Isa—. ¿Cómo que la primera vez?

—¿Cómo que tu salón? —pregunta Patri.

—¿Cómo que 1985? —añade Cati.

Marie saca la cabeza de la cápsula. Parece contenta. Entonces el interior de la máquina se ilumina.

—He encontrado la linterna de emergencia. ¡Va a pilas antiguas! Me costó conseguirlas, pero durarán más que las pulseras.

Su amiga sonríe plenamente como si hubiera descubierto el mundo.

Cati no puede evitar contagiarse, aunque se esfuerza en centrarse.

¿De verdad están sintonizando la tele del maldito 1985?

Tiene que ser una broma. En ningún momento ha pensado que fuera en serio.

El viaje, el cohete, la foto… Todo está muy bien, pero en algún momento tendrá que decirles la verdad porque esta experiencia sensorial está resultando demasiado realista.

Antes de que su amiga pueda responder, oyen voces en la distancia. Alguien se ríe con ganas al otro lado del huerto. Les llegan las palabras atenuadas con el viento de la noche:

—«Qué clase de aventura has venido a buscar» —canta una voz.

—¡Calla, calla! ¡Vas a hacer que llueva!

Las voces suenan cada vez más cerca.

—¡Corred, corred, corred! —exclama Marie en un susurro urgente.

Un escalofrío recorre la espalda de Cati y, aunque no sabe de qué tienen que correr, confía plenamente en la doctora.

Si en la experiencia inmersiva hay un peligro, no es el momento de cuestionarlo, así que la sigue.

Su amiga apaga la linterna y se apresura hacia la oscuridad detrás de la cápsula.

Recorren un par de metros y las cuatro se agazapan detrás de un arbusto de hoja seca.

Oye a Isa quejarse de las rodillas al agacharse y a Patri decir que no ve ni torta. Marie susurra:

—Shhh, no deben vernos ni oírnos.

Todas notan la urgencia en su voz y ninguna se atreve a responder. La voz de la persona que canta se oye cada vez más cerca.

—«Qué hace una chica como tú…».

—¡Ya vale, Patri! Que mi madre nos va a oír.

—Qué nos va a oír, Marie, pero si oigo sus ronquidos desde aquí…

—Yo, mientras siga roncando y no avise a la mía… —dice una cuarta voz.

Cati siente una presión en el pecho. Le falta la respiración.

Nota el peso de las rodillas contra la tierra y las hojas del arbusto clavársele en los brazos.

Abre la boca inconscientemente, pero por suerte tiene a Isa junto a ella.

Su amiga le da la mano. Nota los dedos de Isa entrelazarse con los suyos y le transmite paz.

Lo que está viviendo es surrealista. Pero al menos no está sola.

—¿Qué es eso?

Las dueñas de las voces se han detenido cerca de la cápsula y la observan.

—¿Tu madre ha comprado algún tractor nuevo, Marie?

—Pues no sé, la verdad. Igual sí y no me he enterado —responde esta.

—¿Cómo sabes que es un tractor? —pregunta la tercera.

—Pues qué va a ser, lista, ¿un DeLorean para arar la huerta?

Un ruido sobresalta a Cati. A continuación, ve a Patri pedir perdón en silencio por la rama rota bajo sus pies y a Marie fulminarla con la mirada.

—¿Qué ha sido eso? —dice una de las chicas al otro lado de la cápsula.

—No sé, pero vamos para dentro, no vaya a ser un zorro. ¡O un oso!

—Pero si aquí solo hay conejos, ¡serás miedica!

—No es miedica, es responsable porque…

Oyen al grupo alejarse y Cati puede ver cómo sus amigas vuelven a respirar. No sabe ni quiénes eran (o más bien, lo sabe, pero no quiere aceptarlo todavía), pero se siente mejor ahora que no están.

Entre quejas y maldiciones, se ponen todas de pie y se cruzan de brazos, observando a Marie. Esta enciende la linterna de nuevo y las mira con expresión culpable. Lo único que les dice, sonriendo, es:

—Bienvenidas a 1985.