2. Isa, salta con nosotras #2
En el caso de su vieja amiga Marie, eran todas esas tuercas, cables, botones y fórmulas matemáticas que había apuntadas en la pizarra del fondo del laboratorio, y por las que Isa sentía cero interés a no ser que estuvieran colocadas en una trama de una novela como consecuencia directa de los conflictos entre personajes.
A pesar de ello, entendía la ilusión de su amiga si había conseguido reparar aquella máquina vieja después de sesenta años.
—¿Pero qué hace? —pregunta Patri, impaciente.
—Es y será, mis queridas amigas, y si es que me dais el gusto de acompañarme, nuestro medio de transporte… —dice Marie, incapaz de contener una sonrisa— al pasado.
Cati vuelve a tirar al suelo los trozos de la copa que tenía en la mano. Esta vez ni siquiera se inmutan. Isa alterna la mirada desde el aparato a su amiga y de su amiga al aparato. Tiene demasiadas ganas de creérselo.
—A ver si me aclaro —dice Patri—. Hace sesenta años encontraste una máquina…
—Encontramos —la corrige Marie.
—Hum, vale. Encontramos una máquina destartalada en el huerto de detrás de tu casa de la que no me acuerdo, ¿y la guardaste durante sesenta años?
—Sí.
—Y no es una pieza de anticuario —musita Cati.
—No. Ni un ascensor, ni un cohete.
—Ni un salero —puntualiza Patri.
—No, tampoco es un salero. —Marie se ríe con ganas—. Es…
—Una máquina del tiempo —la interrumpe Isa.
Tenía que ser ella la que lo dijera. No lleva más de sesenta años aguantando comentarios de «lees cosas raras», «prueba con algo más realista» o «a mí solo me interesa lo que puede pasar de verdad» para callarse ahora.
Es su momento. Es la única de las tres amigas que entiende lo que Marie está a punto de explicarles.
Ha visto esa máquina antes y solo hay una explicación posible.
Así que lanza su teoría—: Este salero…, digo, trasto, se ha construido ahora, en 2045, pero llegó al huerto de Marie en 1985. Así que es una máquina del tiempo.
Se hace un silencio incómodo. Isa se da cuenta de que sus amigas miran expectantes a la doctora Yeo, esperando una solución más razonable. No la creen. Nota la tensión en su mandíbula. Está bien, es lógico, se dice a sí misma mientras trata de relajarse. Es difícil de asimilar, siempre lo es.
Entonces, Marie se encoge de hombros y dice:
—Eso es exactamente lo que sucedió. Y hasta hace muy poco no tenía ni idea de cómo había llegado la máquina al pasado, pero creo que voy a mandarla yo. Esta noche —termina la científica.
Las otras dos amigas no dicen nada durante unos segundos hasta que Cati se echa a reír.
—Vamos a ver, ¿qué te has tomado?
—¿De verdad… —pregunta Patri con timidez— estás diciendo que se puede viajar al pasado?
—Exacto.
—Patri, tú también no, por favor —protesta la empresaria. Entonces se gira y aplaude—. Isa, Marie, ¡felicidades! La científica loca y la friki que lee historias de viajes en el tiempo. Muy divertida la broma. Me encanta.
Isa prefiere no decir nada. Lleva años viendo películas de ciencia ficción y sabe quién va a ser el personaje escéptico que no se cree que se puede viajar en el tiempo hasta que no ve las pruebas con sus propios ojos. Ni siquiera Patri se atreve a tomárselo a broma.
—No puede ser, ¿no? —pregunta de nuevo Cati, rindiéndose—. ¡Ah! Creo que ya recuerdo, sí. Cuando nos encontramos el cacharro este, aquella noche, en el huerto de tu madre.
—¿Qué recuerdas exactamente? —la interroga Marie.
—El trasto. Sí, brilla igual que entonces, ¡lo has pulido bien! Listo para aparecer en 1985, ¿eh?
—Cati…
—Pero una cosa, creo que no vimos a nadie, ¿no? Aquella noche. No estabas, ¿no? Marie, si te hubiera visto con setenta y siete años saliendo de un cohete de metal me acordaría.
Isa piensa que los cohetes tienen aletas y motores que esta máquina no tiene, y que se parece mucho más a un salero gigante, pero evita decirlo en voz alta.
—Creo… —duda Marie—, quizá la llevé hasta allí y luego la abandoné.
—¿Pero entonces cómo es que estás aquí? —pregunta la periodista—. ¿Si la máquina la llevas allí?
—¿Ahora sí te interesa la historia para una novela? —le dice Cati, con un poco más de amargura de la esperada.
Isa se muerde la lengua recordando una de las últimas historias de Patri que salieron publicadas, en las que aparecía un personaje con demasiadas coincidencias con su amiga: una murciana de origen humilde que había acabado siendo una déspota empresaria corporativa en un mundo cruel y despiadado.
O alguna otra premisa igual de aburrida.
—¿Otra vez, Cati? —pregunta la periodista, poniendo los ojos en blanco—. ¡No eras tú! Cualquier parecido con la realidad…
—No os peleéis otra vez, por favor. —Isa respira hondo y trata de poner orden.
Entonces se da la vuelta y mira a Marie.
La científica se muestra calmada, con una expresión divertida en la mirada.
Está disfrutando el momento, a pesar de que sean unas cascarrabias.
Su amiga les ha enseñado su máquina y también les ha dicho que quiere hacer un viaje juntas.
A la granjera le da miedo preguntar, pero sabe que cuanto antes lo haga, antes podrá sentarse a descansar, que la ciática la está matando.
—¿Qué es lo que necesitas de nosotras?
Marie sonríe antes de contestar. Las otras dos amigas se vuelven también hacia ella, expectantes. Al cabo de unos segundos, por fin lo expresa en voz alta:
—Que me acompañéis.
Desde el momento en que Isa recibió la invitación a la cena en su casa, supo que esta quería pedirles algún favor.
Había tratado de pensar en todas las posibilidades y en las mil excusas que la sacasen del aprieto con tal de continuar tranquila en su granja asturiana, pero ahora que la tiene delante está sin palabras.
En ninguna de sus fantasías habría pensado que su amiga fuera capaz de hacer lo imposible y construir una máquina del tiempo.
Isa pensaba que estas cosas solo ocurrían en las novelas de ciencia ficción.
Pero ¿acaso no había defendido una y otra vez que el género no realista hablaba precisamente de la realidad?
¿Del futuro? ¿De las posibilidades reales de la humanidad?
Lo que ocurría en las novelas era especulación, pero también era pensar en otros mundos posibles.
Pues bien, ha llegado esa posibilidad y la tiene delante. Lo que nunca había imaginado sería que Marie, la persona más talentosa e inteligente que conocía, necesitara compañía.
—¿Que te acompañemos dónde? ¿A la cárcel? —pregunta Patri.
—A 1985 —responde la doctora, con calma.
Isa sabe que su amiga es capaz de haber conseguido lo imposible.
Pero ¿y ahora? No está segura de querer embarcarse en esa locura.
No tiene edad para estos trotes. Ni siquiera quiere tomarse las pastillas antiedad que toman sus amigas.
¿Cómo va a aparecer en los ochenta con las pintas que lleva?
Y lo más importante: ¿cómo se le dice que no a una petición semejante?
Entonces, Cati da un paso adelante y los cristales de la copa crujen bajo sus botas.
—Vale, venga, vamos.
Las demás la observan con incredulidad, incluida Marie, que probablemente no esperaba que nadie aceptase tan pronto y menos la escéptica empresaria.
—¿Qué? He estado en viajes peores —comenta ella—. Pero vamos rápido, que mañana tengo reunión en la oficina a primera hora.
Isa sonríe. Sabe que su amiga no cree que la máquina funcione y quiere acabar cuanto antes con la broma.
—¿Ahora quieres darte un paseo rápido? —pregunta Patri.
—No me opongo a ver qué tal es el cohete por dentro.
—¡No es un cohete! —protesta la granjera.
—Tampoco es un salero —sentencia Marie, con expresión divertida.
Entonces Isa ve a Patri dudar, pero la periodista también va hacia la máquina y dice, encogiéndose de hombros:
—Si voy a ser cómplice en algo alegal, prefiero tener información de primera mano.
Solo queda ella. Está confundida. Sabe que sus amigas han accedido a probar la máquina porque no tienen ninguna fe en que lo que les ha contado Marie sea cierto.
Cati cree que es una broma y Patri quiere investigar qué está pasando.
Pero ninguna espera viajar a 1985, puede verlo en sus caras.
Sin embargo, la granjera sí que se lo cree.
Observa a la doctora, que le devuelve la mirada con una sonrisa.
Sabe de lo que su amiga es capaz. Y sabe que está a punto de dar el salto más importante.
Pero ¿de verdad piensan fiarse del salero ese? ¿Y nadie pregunta por los riesgos? ¿Han perdido todas el juicio? Definitivamente, estaría caducado el Jumilla.
Las rodillas le crujen y le cuesta andar. Ya no tiene edad para bailar y mucho menos para volver a las hombreras y los cardados en el pelo.
Entonces, Marie le tiende la mano.
Mientras duda, escucha la música atenuada que llega por la escalera desde el salón. No puede creerlo. Apenas distingue la letra, pero se sabe de memoria este estribillo. Suspira. Ya se preocupará de lo demás mañana. Hoy tiene que ayudar a una amiga.
Agarra la mano de Marie mientras resuena en su cabeza ese estribillo: «Yo digo: “Salta, salta conmigo”, digo…».