2. Isa, salta con nosotras
Isa, salta con nosotras
Hace tiempo que a Isa le duelen las rodillas.
También la ciática. Y las articulaciones de los dedos.
La vida en la granja no es tan fácil ni tan maravillosa como parece, pero no lo reconocería ni ante un juzgado cibernético.
Además de que, a su edad, le dolería todo el cuerpo estuviera donde estuviese.
Pero, mientras el cuerpo aguante, prefiere las molestias a atiborrarse de fármacos que vete a saber de dónde salen.
Una no ha leído tantos libros para luego fiarse de cualquier cosa que te prometan en un anuncio.
Por suerte, la vida en el campo no es como lo era antiguamente y la mayoría de las tareas están automatizadas con máquinas subvencionadas que le ayudó a montar su hija Amanda.
Ella ha heredado su amor por las plantas, pero, al igual que Elena, su otra hija, también tuvo que marcharse a trabajar a Singapur.
Hace quince años que Enrique falleció y a Isa solo le quedan sus tomateras.
Aunque es cierto que hoy día es más fácil seguir en contacto porque puedes acceder a La Plaza desde cualquier lugar, escoger tu avatar y socializar sin moverte del sillón.
Eso hace cada noche, después de recoger los cada vez más escasos frutos del huerto.
Está llegando el desierto murciano a Asturias antes de lo que ella esperaba y le preocupa tener que mudarse de nuevo.
A su edad, no piensa irse a ningún lado.
La escalera cruje bajo su peso y parece responder al crujido de sus propias rodillas.
Cuando llega al sótano descubre una estancia blanca y muy brillante.
Los focos del techo iluminan cada rincón del espacio, que contiene varias mesas metálicas dispuestas en círculo.
Sobre cada superficie a su derecha, hay miles de herramientas que no sabría nombrar.
A su izquierda, una montaña de papeles con la letra diminuta de Marie.
Ojea los documentos que están encima de la pila pero no entiende ninguna de las fórmulas escritas en ellos.
Entre los papeles, ve una nota pequeñita que dice: «Creíste mal, Marie».
No le sorprende que la doctora se deje notas a sí misma.
Sus amigas observan el espacio a su alrededor con la misma curiosidad.
El ambiente que se respira en este momento es casi un ritual.
Contiene el aliento al darse cuenta de algo importante: están visitando por primera vez el laboratorio de la doctora Yeo, la eminencia en la que se convirtió su amiga de la infancia, la joven Marie.
Y, afortunadamente, no se parece al cobertizo en el que Doc escondía sus inventos.
Isa se ajusta el chal cuando un escalofrío le recorre la espalda.
Probablemente sea la habitación más fría de la casa y tiene la intuición de que lo que quiere contarles Marie no le va a gustar.
Entre las muchas razones por las que una científica decide retirarse al campo para montar un impoluto laboratorio propio, no se le ocurre ninguna que le apetezca escuchar.
Si vuelve a sugerirle hacer otro ensayo genético con sus gallinas, la verdad es que la…
Cierra los ojos durante un par de segundos, relaja los puños apretados y respira hondo. Tiene que sacudirse las malas vibraciones. Sonríe. Seguro que su amiga tiene algo bueno que contarles.
Abre los ojos. Marie está situada en un extremo del sótano, junto a una enorme pieza tapada con una sábana blanca. Está explicando algo. Isa trata de concentrarse para entenderlo.
—En realidad, no puedo… —Se sorprende al escucharla—. Es que no quiero aburriros con un exceso de detalles técnicos.
—Nos está llamando tontas —dice Patri.
—No he dicho… —se queja ella.
—¡Lo estás diciendo! Aunque es cierto que después del pudin ese no sé si estoy para entender…
—Lo que sea esto… ¿es legal? —pregunta Isa. No quiere que la metan en líos.
—No es ilegal —comenta la doctora.
—¡Mi frase favorita! —se ríe Cati.
Isa se muerde la lengua para no soltarle alguna bordería a su amiga empresaria, a la que «ilegal» le suena a diversión.
—Todavía no es legal ni ilegal —continúa Marie—. Es decir, aún no está regulado. Porque es una tecnología nueva… más o menos. Pero no os preocupéis por eso.
—¿Voy a acabar escribiendo sobre esto? —apunta Patri.
—Mejor no —responde.
—Lo va a hacer igual.
Su amiga llevaba el periodismo en la sangre desde que eran adolescentes, y aún lo consideraba una carrera de prestigio que tenía algo que decir sobre la humanidad, a pesar de que apenas le salían encargos que no fuesen investigaciones de marketing para empresas que querían vender más a los usuarios de La Plaza.
Y lo que no entrase en una revista digital acabaría más tarde en una novela de las suyas.
Su amiga escribía muy bien, pero, por desgracia para Isa, nunca era una novela de ciencia ficción, su género favorito, sino un montón de historias pretenciosas sobre el paso de la adolescencia a la vida adulta en la más aburrida realidad.
Bueno, ahora que estaban en un laboratorio quizá la convenciese de que la narrativa también podía ser elevada y tratar temas profundos partiendo de una máquina cubierta con una sábana blanca. Con cuatro yayas a punto de irse de vacaciones. Qué podía haber más serio que eso.
El ruido de una copa de cristal impactando contra el suelo del laboratorio la sobresalta.
—¡Ay, lo siento! —dice Cati.
—¡Te has traído el vino al laboratorio…! —comienza la doctora, pero se frena al instante—. ¿Sabes qué? No importa, déjalo, que del suelo no pasa.
—¿Estás bien, Marie? —pregunta Patri—. ¿Tú, diciendo que no importa que te manchen el laboratorio…?
—No, no, claro que importa, lo recojo ahora mismo. —Cati se agacha y comienza a recoger los pedazos con cuidado.
Isa se agacha a ayudarla mientras sus amigas siguen discutiendo sobre la copa.
Está convencida de que bajo aquella sábana hay algo que le va a traer muchos dolores de cabeza.
Quizá la explicación técnica sobre lo que hace el aparato de Marie le suene a klingon, pero entiende perfectamente el lenguaje de las malas prácticas en los laboratorios y sabe que no quiere involucrarse.
—¡De verdad, chicas, dejad los cristales! —exclama Marie, con impaciencia—. Quiero enseñaros algo.
—Ya verás cómo se me clave uno en la suela —oye refunfuñar a Patri, pero no le hacen caso.
Ha llegado el momento. Isa observa a su amiga colocar una mano sobre la tela para desvelar la pieza oculta e instintivamente da un paso atrás.
Debe ser algo en lo que lleva trabajando mucho tiempo en su laboratorio.
Un descubrimiento científico importante que cambiará el futuro de la humanidad o el estilo de vida de muchas personas.
Un aparato tecnológico por el que merezca la pena haber viajado hasta Murcia.
Isa siente un ligero temblor en las manos con la anticipación de lo que está a punto de suceder. Entonces, Marie retira la sábana, como un mago que revela el truco final.
Se produce un silencio en la estancia.
Ante las tres amigas hay un enorme trasto metálico.
Tiene varias bisagras, cables de colores y muchos cantos redondeados.
Seguramente se trata de tecnología puntera con un diseño ergonómico de última generación, pero lo que Isa tiene delante es, en esencia, un salero gigantesco.
Deben de caber toneladas de sal del Himalaya ahí dentro.
O hasta dos o tres personas. Isa va a necesitar la explicación para principiantes.
—¿Es un ascensor? —pregunta Cati, con la voz que utiliza cuando está confundida, pero no quiere reconocerlo.
Sí, tal vez tenía más sentido pensar en un ascensor antes que en un salero, aunque una no elige las referencias que le vienen a la cabeza.
—¿Un cohete? —dijo Patri.
Otra buena descripción para el armatoste. De hecho, esta le duele no haberla pensado.
—No, no, no es un ascensor ni un cohete… —Marie sonríe.
—¿Es un salero? —interrumpe Isa.
Sus tres amigas la miran perplejas.
—Ay, yo qué sé, con esa forma he pensado en aliñar la comida…
—Tampoco es un salero —dice Marie, carraspeando—. A ver, ¿cómo os lo explico?
Isa observa a su amiga con las manos en la cadera.
Tiene aquella expresión en el rostro que ha visto tantas veces en ella cuando está en su mundo de las ideas y le cuesta aterrizar en el de los demás.
Por alguna razón, eso le recuerda a su amiga de adolescente la primera vez que les enseñó el sótano de la casa de su madre para contarles que iba a montar un pequeño taller.
En ese momento, se acuerda de aquella noche. Hace tantos años.
Mira fijamente el salero de su amiga. No sabe cómo, pero lo tiene clarísimo. A continuación, susurra:
—Ya hemos visto el salero.
—¿Qué? ¿Te acuerdas? —La voz de Marie parece ilusionada.
—¿Cómo que lo has visto? ¿Está en el Plaza Market? —pregunta Cati.
—No, no, lo he visto en…
—En persona —termina Marie por ella—. Sí, tienes razón. Hace sesenta años.
—¿Es una pieza de coleccionismo? —pregunta la empresaria con interés.
—Pero si se ve nuevo.
—Lo he puesto en marcha recientemente y le he cambiado alguna pieza.
—¿Hace sesenta años que tienes este trasto? —pregunta la granjera, cautelosa.
Isa comienza a entender algunas cosas. No sabe qué hace la máquina que tiene delante, pero recuerda haberla visto en el huerto de Marie.
Alguien la dejó abandonada una noche y su amiga decidió quedársela para investigarla.
Fue aquel trasto el que hizo que se interesara por la ciencia y la tecnología.
Recuerda que intentó despertarles el mismo interés, pero a Isa no le interesaba otra cosa que los idiomas.
Muchas veces había pensado que se había equivocado al escoger sus estudios de Traducción e Interpretación, algo que en su momento prometía muchas salidas, pero que había resultado ser una forma amarga de tener poco dinero a final de mes.
Aunque lo cierto es que ya a su edad entendía que había que dedicarse a lo que a una le apasionaba.