1. Patri se encuentra con las chicas #3
Están sentadas en el sofá del salón de Marie, el vino añejo ya ha hecho efecto y son casi las once.
Por suerte, los coches de ahora no necesitan alguien al volante y podrán disfrutar de varias horas de sueño mientras este circula.
Su anfitriona aún no les ha contado lo que quería y se está haciendo de rogar.
O tal vez sea por alargar la primera cena en persona que han tenido desde hace muchos años, ya que sabe que hasta que no lo suelte no se marcharán.
Sin embargo, parece que por fin ha llegado el momento cuando Patri observa a su amiga levantarse y carraspear. Sus amigas se ríen porque la situación tiene algo de surrealista y porque esperan que no se trate de un tema serio.
Patri lo ha estado pensando desde que le llegó la invitación a la cena.
¿Podría ser algún problema personal? Desde que la conoce nunca ha tenido más vida que sus experimentos y su laboratorio.
¿Necesita fondos para algún proyecto? En ese caso, ha elegido mal público.
Hace años que Patri malvive de lo que hoy queda del periodismo en redes e Isa tampoco debe estar boyante en su granja.
Si es una cuestión de dinero habría sido mejor que lo hablase con Cati directamente.
¿Ha cometido algún delito? Tal vez necesita decirles algo fuera de la red virtual, ya que es de las pocas razones por las que hoy en día se reúne la gente en persona.
Espera que no sea eso ya que, por muy efectivas que sean las pastillas antiedad, no hay ninguna que la ayudase a soportar la cárcel a los setenta y siete.
Patri mira a su amiga. La conoce de toda la vida, pero no tiene ni idea de lo que va a decirles.
Transcurren un par de minutos incómodos, en los que observa a Marie boquear y prepararse.
Contiene la respiración. Mira fugazmente a sus amigas y comprueba que están igual de tensas que ella misma.
Esperan el golpe. Por fin, la anfitriona abre la boca para preguntar:
—¿Os acordáis de aquel viaje a Madrid?
No responden inmediatamente. Patri asiente con la cabeza, confusa. ¿Otra vez con la nostalgia? Pensaba que habían superado esa fase hacía varias copas. Cati pone los ojos en blanco, impaciente.
—Dínoslo ya, anda, que no puedo más —protesta Isa, agitando sus pulseras entre risas.
—Os lo estoy diciendo —insiste Marie—. Es importante. ¿Os acordáis del viaje a Madrid? El del 1985.
—Sí… —musita Patri.
—¿Perdiste algo allí y quieres recuperarlo? —bromea Cati.
—Algo así —responde la doctora.
Todas se ríen excepto Isa, lo que provoca todavía una carcajada más grande en Patri.
—Veréis, en el 85… —comienza Marie, de forma insegura.
Lo cierto es que es la primera vez que la ve tan nerviosa.
La científica siempre ha estado cómoda en el mundo porque nada de lo que había a su alrededor le interesaba del todo.
Era capaz de estar tranquila en cualquier lugar, ya que en su mente seguía en su laboratorio.
Pero, ahora que la observa temblar, comienza a inquietarse.
«Por favor, que no sea algo grave», se descubre pensando.
Marie se detiene antes de explicar nada. Se ha dado cuenta de la expresión de sus amigas, que han dejado de reírse para estar preocupadas, y trata de relajarse.
—Necesito que me ayudéis con algo —dice por fin—. Quiero hacer un viaje juntas.
Se produce un silencio, en el que esperan que diga algo más, pero no lo hace. Es Cati la que habla primero.
—¿Estás borracha, Marie?
—A ver si estaba malo el vino —piensa Patri.
—¡Cómo va a estar malo un Jumilla del 99!
—Pues por ser del 99 precisamente… —apunta la granjera.
—Espera, espera, Marie. —La periodista intenta reconducir la conversación—: ¿Nos haces venir hasta aquí para preguntarnos si queremos ir de viaje?
—A mí es que no me quedan kilómetros este año —dice Isa rápidamente—. Los últimos los he gastado para esta cena.
—¡Pero si nunca sales de tu granja!
—Para este viaje no nos harán falta kilómetros de la cartilla de movilidad… —susurra Marie. Después, añade—: Escuchad, ¿os enseño algo en el laboratorio? Así será más fácil de explicar.
Antes de que ninguna de ellas pueda responderle, Marie sale del salón y desaparece por la puerta que da a la escalera del sótano. Cati hace gestos con el dedo sobre la sien, pero se levanta, apura la copa y se dispone a seguirla.
—¿Son muchos escalones? Es que tengo un dolor de ciática… —suspira Isa, ajustándose el chal para bajar.
—Tan sana no será la vida en el campo —refunfuña la empresaria agarrándose a la barandilla de la escalera—. Oye, si quisieras, te podría poner en contacto con un buen médico que…
—Que no me voy a estirar la cara, mira que eres pesada…
Patri las oye discutir escalera abajo y se queda sola en el salón.
Ahora mismo podría largarse. Salir, entrar en su coche y desaparecer antes de que se dieran cuenta y pudiesen impedírselo.
Mantenerse al margen de lo que sea que está a punto de suceder.
¿Un viaje ahora? Con lo a gusto que está ella en su piso de Madrid.
Ya está mayor para aventuras. Tiene sueño, le duelen los pies por culpa de los horribles tacones que se ha puesto hoy para impresionar a sus viejas amigas y, para colmo, sabe que mañana tendrá resaca. Y nostalgia también. Mucha.
Entonces suspira, se encoge de hombros y comienza a bajar la escalera para reunirse con ellas. A saber qué es lo que Marie les tiene preparado esta noche.
Es difícil que te sorprendan a estas alturas de la vida.