Las chicas de ayer 1. Patri se encuentra con las chicas
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1. Patri se encuentra con las chicas

Patri se encuentra con las chicas

—Me asomo a la ventana y eres la chica de ayer…

Desafina mientras su coche autónomo sortea el tráfico de la autopista. Observa el mermado paisaje por el que no había pasado desde hacía tantos años y se sorprende de la aridez y la ausencia de árboles limoneros.

—Demasiado tarde para comprender…

El coche toma una salida lateral hacia una vía más pequeña y se sitúa detrás de otra fila de vehículos.

El giro le permite observar el atardecer en el retrovisor: una colina se recorta contra el intenso color anaranjado, tal y como la recuerda de su juventud.

Parecer ser lo único que no ha cambiado del paisaje.

—Chica, vete a tu casa… —murmura, pero se detiene al reconocer el edificio frente a ella—. Suspender reproducción.

La canción se interrumpe. Patri se inclina hacia delante para ver mejor mientras su coche se adentra en los terrenos de la casa que será su destino esta noche.

Reconoce la fachada blanca y el tejado negro porque tiene el mismo aspecto que aún reside en sus recuerdos, pero también distingue elementos nuevos, como una antena parabólica enorme y una fila de setos que rodean casi todas las ventanas de la planta baja.

La puerta blindada también parece reciente.

—Ha llegado a su destino —dice el asistente virtual del coche, después de aparcar junto a un camino de gravilla.

—Sí —susurra Patri—, al maldito Llano de brujas.

Tras decir ese nombre en voz alta siente unas mariposas en el estómago que hacía tiempo que no sentía, pero respira hondo e intenta hacerlas desaparecer. Si ha podido entrevistar a grandes estrellas y actrices de La Plaza, ¿cómo no va a poder enfrentarse a una cena con antiguas amigas?

Despliega el espejo del techo para retocarse. Su pelo corto blanco y las lentillas moradas le devuelven la mirada. Han pasado muchos años, pero se ve bien. Y eso es lo que importa. Cierra el espejo de un golpe y baja del coche.

—Reposo.

El coche emite un pitido como respuesta y se apaga mientras Patri siente el terreno blando bajo las botas de tacón.

Piensa que quizá no ha traído el calzado adecuado para venir a la antigua huerta, pero es demasiado tarde para cambiar de idea.

Se dirige por el camino mal iluminado que lleva a la casa.

Se ajusta la chaqueta, con frío. La luz del sol se ha ido por completo y los inviernos en el desierto de Murcia ya no son tan suaves como antes.

Camina lentamente porque no tiene prisa, pero sí miedo.

Tiene ganas de verlas, aunque no sabe qué va a pasar esta noche.

¿Y si la conversación no fluye y se marchan todas antes de llegar a los postres?

¿Y si alguna de ellas tiene una sorpresa o petición que prefiere no escuchar?

Ya no es común hacer reuniones presenciales si no hay un motivo de peso para ello.

Llega junto a la puerta y se sorprende al verla porque, aunque sea nueva, está pintada del mismo color verde que recuerda.

Tantas tardes esperando frente a esa madera barnizada para escuchar juntas el álbum más reciente o analizar todos los eventos sucedidos en el instituto durante la mañana.

Sonríe al acordarse. Esta noche se siente en el pasado.

Llama al timbre y, a continuación, se enciende una pantalla en la puerta.

Una cámara le toma una foto muy poco favorecedora y debajo aparece el texto «Identificación facial…

». Definitivamente, eso la antigua puerta no lo hacía.

Tras unos segundos, escucha un pequeño clic y la cerradura se abre automáticamente.

Patri empuja la hoja suavemente con la mano, pero duda antes de dar el paso decisivo hacia el interior.

Entonces escucha una voz conocida tras ella, que la obliga a reaccionar.

—¡Vamos, Patri! ¡Que se me calienta el vino!

Se gira para encontrarse a una persona que apenas reconoce, oculta bajo la sombra que ella misma proyecta. Afortunadamente, se trata de alguien que no necesita pensárselo mucho antes de actuar. Siente la presión de sus manos en el brazo mientras la fuerza a acceder al recibidor de la casa.

—¡Estás guapísima! —le dice Catalina Fernández-Delgado mirándola de arriba abajo con una sonrisa enorme.

Patri la observa también, ahora que se encuentran bajo la luz de una gran lámpara de araña.

Hace muchos años que no la ve en persona y está muy distinta a cómo se suele mostrar con los filtros para la videollamada grupal de La Plaza.

Lleva unos voluminosos pendientes de aro y el pelo estilo bob de color rojo atado con una cinta azul, a juego con el mono de licra que le asoma por debajo del abrigo.

Cati tiene una expresión divertida en la mirada.

—¡No te han pasado los años!

—¿Tú crees? —titubea Patri.

—Es mentira, nos han pasado muchos años a todas —Cati se echa a reír—. ¿Quince o veinte?

—¿Sin vernos las cuatro? Veintiocho.

—Claro, sabía que tú llevarías la cuenta.

Un incómodo silencio llena la estancia.

—¿He sido demasiado efusiva? —responde Cati, agitando la botella de vino que lleva en la mano—. ¡Perdona! Estoy un poco nerviosa con esta invitación repentina de Marie. ¡Reunión presencial!

Dice esto último alzando las cejas como si quisiera alcanzar el cielo y a Patri la hace reír. Ya casi no se acordaba de las meteduras de pata de su amiga.

—Te confieso que yo también estoy nerviosa —responde Patri.

—¡Con la de cenas raras a las que habrás asistido tú! La verdad es que yo le he intentado sonsacar algo a Marie antes de llegar —dice en un susurro—, pero no ha soltado prenda, la muy estrella. ¿Tú sabes algo?

Patri niega con la cabeza. No sabe por qué ha tenido que hacerse seiscientos kilómetros de carretera para venir, pudiendo reunirse por videollamada como siempre en La Plaza, pero sabe que podría haberse inventado una excusa y no lo ha hecho. Le ha podido la curiosidad.

—¿Nos querrá enseñar algo? —dice, calculando mentalmente qué opciones son factibles para esta noche.

En ese momento oyen una voz grabada, que proviene del interior de la casa.

—Pasad al salón, a vuestra izquierda.

Las dos amigas obedecen y se adentran en la dirección indicada hasta llegar a la sala principal de la casa.

Aunque algunos muebles son distintos, Patri reconoce el lugar en el que estuvieron tantas veces: la chimenea de ladrillo rojo encendida como cada invierno, el enorme ventanal con vistas a la huerta, ahora tapado por los setos, y una mesa de madera tallada que ha sobrevivido más tiempo que ellas mismas, preparada esta noche con cuatro manteles individuales de ganchillo, platos de porcelana antigua y cubiertos plateados.

En la pared opuesta descansa un sofá moderno con chaise longue donde antes estaban las viejas butacas estampadas de la madre de Marie.

Sobre la repisa del hogar, una pequeña pantalla da vida al rostro virtual y sonriente de la dueña.

—Enseguida subo, amigas, ¡estoy terminando una cosa en el sótano!

—¿Será codillo? —dice Cati cuando la pantalla se congela—. A Marie le encantaba hacer codillo, ¿verdad?

—Sí, eso creo —dice Patri a pesar de que no tiene ni idea.

—Estupendo, la botella que he traído marida muy bien.

Hace muchísimo tiempo que Patri no prueba el vino, pero prefiere no decirlo.

En su lugar, camina hasta la mesa y se apoya sobre el respaldo de una silla.

Piensa que, si tienen que esperar a que la doctora Yeo termine algún experimento en el laboratorio que tiene montado en el sótano, esta noche no cenan.

Observa a Cati cambiar el peso de una pierna a la otra mientras busca con la mirada alguna distracción.

—¡Voy a poner el vino en la nevera! —dice por fin, antes de desaparecer por el arco que lleva a la antigua cocina.

Patri se queda sola en la estancia, lo que le da la oportunidad de respirar hondo y aliviar la tensión unos segundos.

Observa el rostro congelado de Marie en la pantalla.

Está sonriendo. Siempre fue la persona más tranquila del grupo, cómoda en cualquier situación.

Está segura de que cuando aparezca y comiencen a cenar todo será más fácil.

—¿Pongo algo de música? —pregunta en voz alta, sin estar segura de que Cati pueda oírla desde la cocina.

Acerca su pulsera a la pantalla para transferir la canción que estaba escuchando en el coche. La chica de ayer inunda el salón y Patri se siente mejor.

—Mi cabeza da vueltas persiguiéndote… —susurra mientras sube el volumen.

La música impide que advierta el ruido de la puerta al dejar pasar a la tercera invitada de esta noche y no oye su voz hasta que no la tiene junto a ella en el salón.

—Guau, ¡temazo! ¿Comienza la nostalgia?

Patri se da la vuelta para encontrarse con su vieja amiga Isabel Espejo.

Lleva una falda larga verde de volantes que no tiene nada de invernal, el pelo largo completamente blanco y una ristra de pulseras de madera en ambos brazos.

A ella también le han pasado los años. Si no recuerda mal, la semana pasada fue su septuagésimo séptimo cumpleaños.

O, al menos, fue entonces cuando subió a La Plaza aquellas fotos soplando velas.

—Estás estupenda —titubea.

—Anda, dame un abrazo, ¡no seas tan sosa!

Antes de que pueda rechazarlo, siente un apretón, que la deja sin respiración.

—¡Me vas a romper! —protesta Patri—. Qué fuerte estás.

—La vida en la granja, la vida mejor —se ríe Isa, separándose para mirarla—. ¿Qué te has hecho en la cara? ¿Tú también estás con las pastillas esas antiedad?

—Si esto te parece mucho, espera a ver a Cati —susurra. Después, añade, para cambiar de tema—: ¿Cómo está Salva? ¿Y tus hijas?

—Él rezonga por todo, pero está como quiere. Amanda y Elena tendrías que verlas, son clavadas a mí.

—¿Igual de rebeldes?

—Igual de cabezotas. ¡Qué raro se me hace verte en persona!

—Y que lo digas.