Las chicas de ayer 0. Obertura Hace falta valor
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Las chicas de ayer

Las chicas de ayer

Por Ines Galiano

© inepub.com

0. Obertura Hace falta valor

Obertura: Hace falta valor

«Quiero vivir del aire, quiero salir de…

», piensa mientras todo da vueltas a su alrededor.

¿Cómo era la canción? No lo recuerda bien.

Ya no es tan fácil recordar las cosas como antes, se dice.

Marie aprieta los labios y se agarra a los brazos del sillón, calculando de nuevo todas las fórmulas que ha repasado cientos de veces. Tiene que funcionar.

Las turbulencias agitan la cabina y sus dedos presionan con más fuerza el terciopelo de la tapicería. El elegante color rojo del asiento desentona con la mesa de botones y cables que cubren el resto del espacio, pero ha llegado a cogerle cariño.

—Cuarenta segundos —dice una voz artificial por el altavoz del reloj de su muñeca.

—Gracias, Marty —responde.

—Treinta y cin…

—Modo silencio, Marty.

Marie cierra los ojos. Intenta concentrarse en la canción que se le ha instalado en la cabeza.

¿Qué grupo era? Lo que sea para no pensar en todo lo que puede salir mal en los próximos segundos.

¿Era Radio Futura? Solo espera que no se incendie la máquina.

Era Radio Futura, seguro. Al menos ha dejado el extintor preparado junto al sillón. ¡Sí! Escuela de calor.

Entonces sucede. Un fogonazo de luz le traspasa los párpados y siente la compresión del vacío sobre el cuerpo. Se queda sin respiración y se nota caer. Muy lejos. Muy profundo. Hasta que llega la calma. Suelta el aire de los pulmones. Inspira.

Abre los ojos, nerviosa. Lo primero que ve es la foto de sus amigas con las cazadoras de cuero y sesenta años menos que hay pegada en la pared. Dirige la mirada hacia la pantalla que hay junto a ella y parpadea hasta que consigue enfocar los dígitos verdes: «26/06/1986».

—Viaje completado con éxito —anuncia Marty.

Una parte de ella aún piensa que cuando abra la puerta se encontrará en el laboratorio del sótano de su casa. No puede ser verdad. No de esta manera.

—Pon una cuenta atrás de diez minutos, Marty.

Se desabrocha el cinturón improvisado que tuvo que coserle al sillón de cine y se levanta con esfuerzo. Sus rodillas de setenta y siete años crujen. Sus manos ajadas y doloridas se apoyan en el respaldo. Se pone de pie. Suspira. Intenta armarse de valor para salir al exterior.

—Ritmo cardíaco acelerado —aconseja la voz de Marty—. Haga un descanso antes de continuar con sus tareas.

—Habría que ver cómo estaría el tuyo ahora si tuvieras uno —refunfuña Marie mientras pulsa el botón que abre la puerta y apaga las luces del interior.

La cápsula se descompresuriza y ella espera, con toda la paciencia que es capaz de reunir, a que la hoja se repliegue por completo.

Entonces, se hace el silencio. Los ojos tardan en acostumbrársele a la oscuridad del exterior.

Nota la humedad de la noche en la piel. El ritmo cardíaco se le acelera aún más mientras baja los peldaños, nerviosa.

El viento nocturno le azota la cara y le mueve los canosos rizos sobre la frente. Lo comprueba.

A lo lejos ve una pequeña casa blanca que brilla tenuemente bajo la luz de la luna. Tiene que ser aquella casa. La huerta murciana crece salvajemente hacia el camino. Marie da un paso adelante y siente el suelo blando bajo las botas.

Todo esto es campo. Ha vuelto.

La anciana respira hondo y se encamina hacia la casa, despacio. Conforme se acerca distingue música sonando por la radio y la nostalgia se le cuela por los poros.

—¿Es la misma canción? —susurra sin darse cuenta.

Marty retoma el comando de voz y responde:

—¡Correczzz! —La voz de Marty suena entrecortada por interferencias—. Esta canzzz del 1984 lleva en tu listazzz de favoritzzz…

—¡Shhh! ¡Te he dicho que no hables!

La letra de la canción se filtra por una ventana abierta. «Deja que me acerque», resuena en sus oídos mientras se agazapa bajo el alféizar de la ventana. No se atreve a asomarse. «Deja que me acerque a ti», tararea una chica joven dentro de la casa. «Quiero vivir del aire, quiero salir de aquí».

Su corazón ahora sí que está acelerado. Es tan extraño escucharla.

—Quedan dos minutozzz de la cuenta atrázzzzz que has configurado… —interviene Marty antes de que pueda callarlo.

—¡Mierda! —susurra Marie antes de salir corriendo.

Siente las botas caer sobre el terreno y algo de dolor en las rodillas al hacer ese sobreesfuerzo. Mañana se lo pasará con dolor de huesos, pero hoy no le importa.

—¿Quién anda ahí? —grita la chica desde la casa.

Por suerte, la oscuridad de la huerta y su traje negro le dan ventaja.

—Será un perro callejero, ¡o un conejo! —Oye una segunda voz.Con el corazón en la garganta, Marie se abalanza al interior de la cápsula.

Recibe el antiguo sillón de cine destartalado como una bendición y se abrocha el cinturón.

La puerta de la cápsula se cierra con un clic.

Cierra los ojos e intenta calmarse mientras escucha la voz de Marty por los altavoces de la máquina:

—Lanzamiento programado en diez, nueve, ocho…

Abre los ojos un segundo para ver la foto de sus amigas junto a la pantalla.

Sonríe. Los dígitos de la pantalla crecen rápidamente desde 1986 y la velocidad comienza a disminuir cuando pasa la tercera década de 2000.

Ha visto ese contador moverse tantas veces durante sus pruebas que sabe cuánto tardará exactamente en llegar el último número.

Sin embargo, esta vez es muy diferente con respecto a las otras. Esta vez ha viajado.

Observa el contador llegar al 2045 sin poder asimilarlo todavía. Cierra los ojos justo en el momento en el que se produce el fogonazo de luz y siente su cuerpo precipitarse al vacío.