Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Laen’dah
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Laen’dah

Jaeglar dejó a Lumiatz en la ciudad abandonada de Cadarsia.

Sus heridas tardarían en sanar, pues las había infligido el Dragón Negro.

Sus hermanos acudieron enseguida, tan afectados como ella.

Ninguno tuvo la voluntad de enfrentarse al Olvidado.

Después, regresó al Vacío. Poco a poco, los dragones grises y los kalastys que caían presas de Fenador comenzaron a congregarse en el valle pedregoso de las Avíseas.

Se movían despacio, aletargados por un profundo sueño.

Sus mentes ya no les pertenecían. Los Olvidados le robaban el ejército a Lumiatz.

Se interpondrían entre el dárico gris y ellos.

Me acomodé en mi sillón y recorrí el mundo con los ojos cerrados. Ahora tenía un nuevo cuerpo, uno mucho más joven y vigoroso. Estaba preparado para la batalla final.

Muriath sangraba ante mí. Kalastys y zarefíes trataban de recuperar lo perdido, de encontrar un nuevo hogar.

Dáricos y humanos se lamían las heridas, sin conocer que lo peor aún estaba por llegar.

A pesar de las miles de vidas que aquella noche se habían perdido, el mundo palpitaba con fuerza.

Pero los Olvidados consumían Muriath poco a poco y acabarían por destruir la Jistar, solo necesitaban algo más de tiempo…

y de ayuda. ¿Se uniría Alhanna a ellos? ¿Sería capaz de abandonar al dárico gris?

Sonreí entusiasmado. Puede que Alhanna no fuera a concedernos un nuevo Juez, pero sin duda sería la nota disonante en nuestra existencia.

Sentí que la partida final se ponía en marcha, y no me importaba si al término solo quedaba desolación y muerte.

Solo tenía un verdadero anhelo: ver sufrir a Osharan.