Marial-Pat #2
Abandonó la plaza para aparecer en una playa solitaria y bañada por la fulgente luz del sol.
Se sintió sobrecogida al principio, sin entender cómo había llegado hasta allí.
Caminó un poco por la cálida arena. Reconocía a la perfección el lugar que había visto con anterioridad en sueños.
Una sombra la alcanzó y, al darse la vuelta, se encontró con la figura de Kishur.
Pero ella sabía que no era realmente el dárico.
—Eres Hagnak, ¿verdad? —preguntó Alhanna con cierta emoción, a lo que él asintió—. Ya sé que Osharan te arrebató una parte de tu lanfe para crear a Kishur. Debes estar muy enfadado, pero él no tiene la culpa…
—No es enfado. Es tristeza. Es dolor. —La contundencia de sus palabras la conmovió—.
La última vez que nos vimos me dijiste que comprendías mi sufrimiento, la pena que me embargaba por tener que juzgar a tantos seres.
Estabas furiosa con mi padre por obligarme a gobernar el mundo.
—Alhanna no recordaba nada de aquello, pero no lo dijo—.
Quisiste ayudarme usando el poder de Egoresa, pero eso nos condenó a los dos.
Ahora tienes una segunda oportunidad, puedes ser quien desees. Puedes hacerlo mejor.
—Me atribuyes cosas que yo no… —intentó decir Alhanna.
—Te he extrañado. He aguardado el momento de tu regreso, y ahora te necesito más que nunca.
—El color de su cabello comenzó a cambiar hasta volverse negro—.
Tienes que traerme al dárico gris. Puedo retenerlo aquí, pero mientras siga con vida no seré capaz de unirme a él, y mi padre podrá arrebatármelo para hacerlo volver.
Necesito recuperar lo que me quitó. Tenemos que acabar con tanta desdicha.
Alhanna se llevó la mano al pecho al sentir una fuerte presión. Le costaba respirar.
—No puedes pedirme algo así. —Negó con la cabeza y retrocedió unos pasos.
—Temes por él, no deseas que vaya al Vacío a luchar contra los Olvidados y detestas la idea de que sea el nuevo Guerrero. Tráelo aquí y estará a salvo. Nada podrá hacerle daño nunca más —dijo Hagnak pausadamente—. ¿No es lo que ansiabas? ¿Conducirlo a algún lugar donde dejara de sufrir?
Eso era cierto, pero ¿cómo conocía Hagnak sus más íntimos pensamientos?
—¡Me pides que lo mate! —exclamó Alhanna horrorizada—. Yo lo que deseo es que pueda vivir en paz, que deje de luchar…
—No soltará la espada mientras siga con vida.
Debemos detenerlo, impedir que el mundo siga sangrando por su culpa.
—Hagnak dio un paso hacia ella—. Condenó a los kalastys en Eralan y durante generaciones han sufrido y muerto por ello.
Hizo lo mismo con los zarefíes de Falar-Shan.
Y ahora ambas razas buscan venganza y la guerra consume a humanos y dáricos.
Todo por sus decisiones. —Llegó hasta ella y la contempló sin piedad.
Alhanna sintió pavor ante aquella verdad desoladora—.
Los inmortales se dividen entre la envidia y el miedo ante su existencia.
¿Cuántos han caído por sus errores? El odio anida en el mundo porque él lo ha provocado con cada acción, con cada palabra.
Porque mi padre le otorgó el don de influir en cada ser de Muriath.
¿Es que nunca lo has pensado? Una vez dijiste que él era capaz de cualquier cosa que se propusiera. Y es cierto.
—No, no… Kishur no tiene la culpa —murmuró Alhanna con pena.
—Por supuesto que no. La tiene mi padre, pero eso no lo hace más sencillo —dijo Hagnak—. Tráemelo.
—No lo entiendo, ¿por qué ahora? Kishur ha muerto muchas veces, tuviste otras oportunidades de recuperarlo. —Alhanna se mordió el labio inferior.
—Cuando mi padre le ordenó esperar tu llegada, creó un sello sobre Raehlan que lo obligaba a reencarnarse sin descanso.
—Hagnak lanzó un amargo suspiro—. Claro que intenté impedirlo, pero luchar contra el poder de Osharan resulta imposible.
En cuanto llegaste a Muriath, el dárico quedó libre y esta se convirtió en su última vida.
El aspecto de Hagnak comenzó a cambiar ante los ojos de Alhanna.
Sus rasgos se fueron pareciendo cada vez más a los de Osharan, y sus ojos, sus ojos se volvieron tan grises como los suyos propios.
El corazón le palpitó con fuerza cuando tuvo delante el verdadero rostro del Juez.
Las lágrimas corrieron por las mejillas de Alhanna.
—Eres ese niño con el que sueño algunas noches, al que acuno entre mis brazos para protegerlo, ¿verdad? —preguntó ella, aunque ya conocía la respuesta.
—Soy hijo de la Oscuridad. Y soy parte de ti.
—El viento le agitó el negro cabello y Hagnak esbozó una triste sonrisa—.
Ayúdame a acabar con mi desgracia, a recuperar el lanfe que perdí.
Ayúdame a ir al mundo venidero y abandonar de ese modo esta soledad.
—Las olas alcanzaron los pies de Alhanna, y notó el agua helada—. Os estaré esperando.
Alhanna sintió un frío manto caer sobre ella y, un instante después, se encontró de nuevo en la plaza, rodeada de gente arrodillada.
Kishur seguía allí, a escasos centímetros de distancia, tan cerca que podía notar el calor de su cuerpo.
Las palabras de Hagnak aún sonaban dentro de su mente. Acarició el rostro de Kishur.
—Te he extrañado, Alhanna —dijo él mientras encerraba su mano en la suya.
—Yo también. Tu recuerdo fue lo único que me dio fuerzas para seguir adelante.
—La gente continuaba agachada, como si el tiempo se hubiera detenido—.
Temo por ti. Quiero que abandones, que dejes de luchar por el Dragón.
No podrás vencer a los devoradores del mundo venidero, y lo sabes. Deja de perseguir a la muerte.
—Jamás me rendiré, eso ya deberías saberlo.
—Kishur bajó la mano de Alhanna y la colocó sobre su pecho—.
Te pedí que huyeras aquella noche y luego me marché sin ti para que tuvieras la oportunidad de escapar.
Pero fue inútil. —Miró entonces hacia Quiazz, que había levantado el rostro hacia ellos—. Irás a Zahel y combatirás a mi lado.
—Si he de participar en esta maldita locura será para ayudar a los Olvidados a derrotar al Dragón. —El dárico soltó su mano y Alhanna la apartó de él muy despacio—. Y lo haré para impedir que llegues al Vacío, así tenga que encerrarte.
Sus palabras sorprendieron a Kishur. Ambos se miraron desafiantes, con la certeza de que sus caminos habían tomado rumbos distintos, incluso opuestos.
—Entonces, si no luchas a mi lado, lo haces contra mí —dijo Kishur, y dio un paso atrás para alejarse de Alhanna.
Mientras la gente comenzaba a incorporarse y se mostraba expectante al ver juntos a sus salvadores, Alhanna notaba su corazón romperse en pedazos.
Sin embargo, el recuerdo de Hagnak y la pena que lo embargaba la consumían cada vez más, imponiéndose a cualquier otro dolor que pudiera sentir.
Quería proteger a aquel niño de ojos grises y también deseaba salvar a Kishur.
Era irónico, pues, al fin y al cabo, Kishur era Hagnak. Ambos eran el mismo ser, pero para salvar a uno debía condenar al otro. Alhanna sonrió con amargura. Odió a Osharan por su egoísmo, y supo en ese momento que no se detendría hasta verlo caer.