Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Marial-Pat
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Marial-Pat

Abrió los ojos despacio y la repentina luz quemó sus retinas. Ladeó la cabeza un poco y se encontró con la dulce mirada de Quiazz. El joven apretó un poco más su mano y sonrió feliz de verla despierta.

—Comenzaba a asustarme, estabas tardando mucho en recobrar el sentido —admitió él en voz baja, como si temiera molestarla—. ¿Cómo te encuentras? Seguro que tienes sed.

Alhanna asintió y, de pronto, alguien apareció junto a ellos con un vaso de agua.

Quiazz la ayudó a sentarse sobre el camastro.

Ahora las voces que recorrían aquel lugar cobraban sentido.

Estaban rodeados de heridos y de médicos que iban de un lado a otro para atenderlos.

Los lamentos se extendían entre las camas improvisadas, cobijadas bajo una extensa carpa blanca. Olía a carne quemada.

—¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Y dónde estamos? —preguntó la joven.

—Hemos montado un campamento en la zona menos afectada de la ciudad.

Estamos en la plaza del Obradorio. Están trayendo a todos los heridos que ya no caben en los hospitales.

—Quiazz le quitó el vaso vacío de las manos—.

Apareciste de la nada frente a mí mientras me encontraba junto al consejo de ancianos y el general.

Asustaste a todos los presentes. Te envolvía una bruma oscura y caíste inconsciente en mis brazos.

—Maldito Osharan… —murmuró Alhanna con enfado. La había llevado junto al portador de muerte.

Quiazz le hizo una señal a uno de los guardias y este se marchó a toda prisa.

—El dárico gris permaneció a tu lado parte de la mañana, me pidió que lo avisara cuando despertaras —explicó Quiazz, llenando de esperanza el corazón de Alhanna—.

Fue en busca del anciano llamado Ghiro y de otro hajaek.

Al parecer, se separaron durante la batalla y no consiguen dar con ellos. Ádria también ha pasado por aquí.

Alhanna se percató de que algunos de los enfermos dirigían su mirada hacia ella, al igual que los médicos que interrumpían su labor para hacerlo. Le incomodaron todos aquellos ojos que la observaban con tanta atención. Quiazz carraspeó y se acercó un poco más a ella para hablarle en susurros.

—Los rumores se han extendido sin remedio.

La gente cree que el dárico gris vino a la ciudad para solicitar ayuda a su dios y que este nos salvara.

—Sonrió al ver el rostro de espanto que puso Alhanna—.

Y, en cuanto a ti, te consideran responsable de la victoria por acabar con las criaturas plateadas con ayuda del Dios Dragón.

Tu reaparición solo ha logrado aumentar esa idea de que eres tan poderosa como uno de los dioses.

—Creo que voy a vomitar —dijo Alhanna llevándose una mano a la barriga. Sentía el estómago revuelto y la bilis ascendiendo por su garganta.

El joven se quedó con ella mientras el atardecer los alcanzaba.

Le ofrecieron una infusión que ayudó a mitigar las náuseas.

Los enfermos continuaban llegando, algunos con miembros amputados, otros con la piel hecha jirones por quemaduras.

Los gritos y llantos se sucedían por todo el campamento.

Algunas personas se paseaban entre las camas buscando a sus familiares, y quienes reparaban en Alhanna se arrodillaban a su lado hasta que los guardias los echaban.

Los médicos corrían de aquí para allá con las batas cubiertas de sangre y los rostros pálidos.

Los heridos morían y los soldados se llevaban los cuerpos.

La ciudad estaba plagada de cadáveres aún a la espera de ser encontrados.

El cielo continuaba cubierto de nubes. Los incendios habían sido sofocados, pero la escarcha se adhería con fuerza a las piedras de los edificios derruidos. Los soldados traían niños desamparados al campamento y los custodiaban a todos juntos, pero nadie lograba consolar sus llantos.

El comandante Beres vino a buscarlos cuando los últimos rastros de sol prendían la ciudad en un tono casi dorado.

Una veintena de soldados lo acompañaban.

Alhanna ya estaba restablecida. Se preguntaba por qué Kishur se demoraba tanto, ¿seguía sin localizar a Ghiro?

La idea de que pudiera haberle pasado algo al anciano constreñía su garganta.

La plaza era gigantesca y se dividía en tres niveles de altura.

Una vez hubieron abandonado la carpa se encontraron con heridos leves y una muchedumbre allí concentrada como si temieran estar en cualquier otra parte de la ciudad.

Beres y sus hombres escoltaron a los dos jóvenes, abriéndoles paso entre el gentío.

Alhanna se sintió abrumada por los vítores de unos y el llanto de otros.

Todos intentaban tocarla a su paso. ¿Es que se habían vuelto locos?

—Esto es mucho peor de lo que me habías contado —le reprochó Alhanna a Quiazz.

—¿Y qué esperabas? Te han convertido en su salvadora, te guste o no.

El dárico gris habrá tenido el mismo problema, quizá por eso aún no ha logrado llegar.

—Quiazz soltó un largo suspiro—. No te enfades y trata de comprenderlo.

La gente necesita un poco de esperanza, y tu poder y la presencia del rey de Alviat se la ofrecen.

—Pues están equivocados… —dijo ella con disgusto.

Alcanzaron la parte más alta de la plaza y subieron la pequeña escalinata para llegar junto a un grupo de hombres que parecían aguardarlos.

Alhanna se fijó primero en uno que vestía una hermosa armadura de bronce, con la cabeza rapada y mirada intensa.

Por su parte, él parecía más interesado en Quiazz que en ella.

—Este es Gastor, el general —lo presentó el joven. Después, señaló hacia los ancianos de miradas cansadas—. Ellos son los miembros del consejo.

En ese momento, Alhanna dejó de prestar atención; ni siquiera escuchaba lo que le decían.

Era incapaz de apartar la mirada de Gastor y de su rostro curtido.

La armadura aún guardaba restos de sangre, pese a que se notaba que había imprimido esfuerzo en limpiarla.

Mantenía una postura recia y desafiante.

La joven se extrañó al sentirse sobrecogida por su belleza, al notar los latidos acelerados de su corazón.

Entonces comprendió que aquellos sentimientos no le pertenecían.

Aunque algo desconcertada, entendió lo que sucedía y miró a Quiazz, que le devolvió el gesto.

¿Acaso su unión le permitía percibir los sentimientos del joven?

El Galaef interrumpió sus pensamientos al pronunciar su nombre a voz de grito.

Alhanna. Aquella que los había salvado al luchar junto al poderoso Dios Dragón.

Quien había recorrido medio mundo junto al rey de los dáricos para llegar a tiempo de impedir la total destrucción de Marial-Pat.

La endómica que les traería tiempos de paz, la única que podría conducirlos hacia un nuevo futuro.

Alhanna sintió ganas de lanzarse al cuello del anciano.

Se percató de las miradas entre Quiazz y el general, que se mostraban igual de disgustados que ella.

Para su sorpresa, los miembros del consejo comenzaron a arrodillarse a su alrededor por petición del Galaef.

—Mierda… —oyó mascullar a Gastor.

—¡Arrodillaos todos ante nuestra salvadora! —gritó el Galaef, casi quebrándose la voz.

Alhanna no entendía absolutamente nada de lo que sucedía. ¿Se habían vuelto locos? ¿Cómo podía hacerles entrar en razón? ¿Explicarles lo poco que le importaban sus vidas? Ella no era ninguna salvadora.

Quiazz también postró la rodilla, seguido del general.

La gente fue inclinándose a sus pies y el tumulto enmudeció de golpe.

Alhanna contuvo el aliento. El silencio se extendió por toda la plaza como si un poder supremo les hubiera arrebatado la voz a los presentes.

Alhanna contempló los cientos de cabezas inclinadas en señal de respeto.

Un lejano recuerdo llegó a su mente. Unas palabras escritas por su madre en el libro que dejó antes de morir:

No siempre somos lo que soñamos y no siempre conseguimos lo que nos proponemos.

Pero tú, Alhanna, lo harás. Gober narás el mundo.

Cuando tu cuerpo arda y tus ojos se vuelvan oscuros, toda criatura se postrará ante ti.

Lo he visto en mis sueños, te he visto alzarte ante ellos.

Recuerda mis palabras, que han de cumplirse, y no olvides que yo decidí mi destino mucho antes de saber tu nombre o ver tu rostro.

Yo escogí el camino de la muerte para concederte la vida.

Jamás olvides eso, a pesar de lo que digan los demás.

He cerrado los ojos y en mis sueños he visto en qué te convertirás. Alhanna, gobiérnalos.

Las lágrimas pugnaron por salir. Sintió una tremenda tristeza por su madre, enferma y al borde de la muerte en Asthaluss.

Ahora sabía que había vislumbrado ese momento en sueños.

Alhanna iba a gritarles a todos que se levantaran, que ella no era su esperanza, que se marcharía de allí sin importarle su futuro.

Entonces lo vio. Él no iba a arrodillarse, pues había sido rey de reyes.

¿Cuántas veces lo habían coronado en las últimas dos mil ágaras?

¿Cuántos seres se habían postrado a sus pies?

Alhanna sintió regocijo al verlo, y miedo al mismo tiempo, porque sus ojos habían cambiado, en especial el izquierdo, que ahora emitía una luz grisácea.

Alhanna descendió la escalinata sin prestar atención a la gente arrodillada.

Kishur estaba de pie a poca distancia, y destacaba igual que un faro en la oscuridad.

El zumbido de los dragones en su mente cesó cuando lo tuvo al alcance, como si las criaturas encerradas en su interior temieran al dárico.

Ambos se mantuvieron la mirada. La joven sonrió y levantó un brazo para alcanzar a Kishur.

Sin embargo, de pronto su cuerpo quedó rígido y dejó de responderle.

Algo tiró de ella con una fuerza arrolladora.