Las Óleas
Le resultaba difícil asumir su fracaso. ¿Qué les diría a las familias que aguardaban en las Avíseas?
¿Y a los soldados que habían confiado en él?
Arrojó el casco a un lado, se arrodilló y lanzó un puñetazo al suelo.
El guantelete hizo vibrar todo su brazo.
La dama roja acabaría con ellos como venganza.
—De algún modo, supiste que el Dragón Negro estaba a punto de aparecer —dijo Rhiot a su compañero alado—. ¿Verdad? Lo averiguaste y por eso escapaste.
Drafgaen respondió con un balido incomprensible y furioso.
Rhiot maldijo, sintiéndose impotente. Kalasty y dragón se mantuvieron alejados.
El general no era el único que había sido derrotado: los dragones grises que no habían seguido a Drafgaen habían muerto.
Ambos tenían que lidiar con las terribles pérdidas de los suyos.
Los rugidos de más dragones captaron la atención de Rhiot. Estaban en una planicie por debajo de ellos dos. El kalasty se asomó al borde y abrió los ojos con espanto.
Las criaturas se retorcían mientras un ser cubierto por una gruesa capucha movía los dedos hacia ellas, como si las estuviera manejando.
Otro de estatura pequeña, casi un niño a sus ojos, mantenía abierta una gran brecha a su espalda.
Los kalastys caminaban hacia ella con pasos lentos y erráticos.
Uno a uno, los dragones también comenzaron a cruzar aquel oscuro umbral.
Drafgaen agitó las alas furioso con intención de descender, pero Rhiot se aferró a su cuello para evitarlo.
—¡Esos son seres Olvidados! Si vas te capturarán a ti también —dijo el kalasty con la esperanza de ser escuchado—. Si te marchas con tus hermanos ahora, ya nunca podrás salvarlos.
Renuente, Drafgaen movió la cabeza para que Rhiot lo soltara y retrocedió sobre sus pasos.
El kalasty se quedó observando la terrible escena.
Acabar sometido por el Olvidado debía ser verdaderamente terrible.
Pronto los dragones y sus soldados dejarían de tener conciencia de sí mismos y sus mentes pertenecerían por completo a aquella criatura desgarbada.
Pero, ¿por qué capturaban a los dragones y a su gente?
¿Para qué querían usarlos? Fue a toda prisa hacia Drafgaen.
—¡Vamos, debemos advertir a los demás! —Subió sobre su lomo sin dudar.
Drafgaen alzó el vuelo. Rhiot temió que el Olvidado los descubriera e intentara apresarlos incluso en el aire.
Sin embargo, lograron huir de aquel maldito lugar.
Habían perdido a muchos compañeros esa noche, y no podían consentir que el resto de dragones o kalastys fueran sometidos por los Olvidados.
Debían darse prisa.