Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Marial-Pat
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Marial-Pat

L umiatz observó con desesperación cómo Osharan acababa con la existencia de los dragones grises al devorar sus lanfes.

Shanarás y Gaelos continuaban a su lado en silencio, consternados ante las atroces consecuencias de los crímenes perpetrados por la dama roja.

Contaban con atraer la atención del Dragón, pero jamás imaginaron que se presentaría en su verdadera forma.

Muy pocas veces a lo largo de la historia lo había hecho, y ahora el miedo invadía sus arrogantes corazones.

Cuando Alhanna comenzó a atrapar los lanfes de las criaturas, la cacería se interrumpió, pues los cuerpos de los dragones caían antes de que Osharan tuviera tiempo de apresarlos.

—¿Significa que Alhanna ya sabe quién es? —preguntó Gaelos de forma casi inaudible.

—Ha elegido capturar sus lanfes para evitar que el Dragón Negro los devore. Algo debe recordar —dijo Shanarás con una sonrisa amarga—. Khaleria nunca soportó ver morir a sus hijos.

La tormenta los alcanzaba; Osharan se dirigía hacia ellos.

Lumiatz rugió frenética y se arrancó el vestido mientras una densa bruma la envolvía.

Su carne se deshizo para transformarse en brillantes escamas rojas.

Tomó su cuerpo de dragón y se encaramó a las rocas del precipicio.

Alzó el vuelo, dispuesta a no quedarse esperando el ataque.

Sus hermanos la observaron con atención mientras Lumiatz y Osharan se acercaban.

Ella era mucho más pequeña, el Dragón Negro podría atraparla entre sus garras.

Lumiatz trazó una pirueta en el aire y acabó planeando sobre el lomo de Osharan. Encontró la diminuta figura de Alhanna, enredada en la Oscuridad que le envolvía las piernas. Abrió sus enormes fauces y lanzó una llamarada roja hacia ella.

Alhanna no tuvo tiempo de reaccionar, pero la Oscuridad la cubrió por completo, igual que una coraza.

Sintió un calor sofocante sobre ella. Cuando las llamas se extinguieron, quedó liberada de aquella envoltura y se llevó las manos a las sienes.

El ruido que emitían los dragones grises en su cabeza era insoportable, y durante un rato no le permitió prestar atención a los acontecimientos que la rodeaban.

El dolor ante la pérdida de esas criaturas hacía que su interior se retorciera de angustia.

Despreció con todo su corazón a Osharan.

Y a Lumiatz, por haber usado a los dragones como arma.

Todo era culpa de la maldita diosa y merecía morir por ello.

El viento la derribó y Alhanna comenzó a rodar por el lomo de Osharan mientras este ascendía en busca de Lumiatz.

Sus manos resbalaron por las frías escamas negras.

El miedo se apoderó entonces de ella: si no lograba asirse a algo caería en picado.

La otra Alhanna, la que a veces tomaba el control, soltó una sonora carcajada.

Notó una nueva oleada de calor y percibió el brillo rojizo del fuego que trataba de alcanzarla.

Entonces Osharan giró sobre sí mismo y Alhanna se precipitó hacia el vacío.

Lanzó un grito ahogado mientras braceaba inútilmente.

Entre el miedo y el zarandeo del viento pudo ver cómo Osharan arrancaba de un bocado una de las alas de Lumiatz.

La diosa también comenzó a caer. Alhanna sintió que la rodeaba una fuerte presión y su caída se ralentizó hasta que acabó topando de golpe sobre una superficie dura.

El dolor le sobrevino enseguida y se giró para escupir sangre.

No creía tener nada roto, pero se había hecho daño.

Apartó las manos al darse cuenta de que se encontraba sobre Gaelos.

Alzó la mirada y encontró a Shanarás en su forma de dragón blanco, lanzando zarpazos a Osharan.

Gaelos descendió a gran velocidad y arrojó a Alhanna sin miramientos.

Lumiatz lanzaba rugidos lastimeros entre las rocas que daban inicio al acantilado.

Shanarás se estrelló en ese momento contra la pared, de la que se desprendieron varias rocas.

Alhanna corrió a guarecerse en una oquedad antes de acabar sepultada.

Lumiatz subía por la montaña ayudada de sus potentes patas mientras Shanarás atacaba de nuevo al Dragón Negro.

Este lo apresó entre sus colmillos y rajó el vientre de la criatura blanca.

La sangre se derramó como una lluvia torrencial.

Luego, lo lanzó de nuevo contra el acantilado.

Alhanna pegó la espalda a la pared sin apartar la mirada de la lucha.

La tormenta seguía tronando sobre sus cabezas, ahora con una fiereza incontenible.

Osharan rugió encolerizado. Arrancó a Lumiatz de su posición apresándola entre sus garras y clavándolas entre las duras escamas rojas mientras ella bramaba con angustia.

Gaelos intervino en un intento de distraer a Osharan para que soltara a su hermana. Escupía un fuego tan negro como la noche que apenas hacía mella en el Dragón.

—Es terrible, ¿no es cierto? —Una voz a su lado la sobresaltó.

Alhanna desvió la mirada para encontrarse con un dárico de pelo castaño y ojos dorados—.

Parece dispuesto a acabar con los tres, en especial con Lumiatz.

No la ha perdonado por herir de forma tan atroz al dárico gris.

Y los derrotará, es demasiado poderoso. Aunque lo merecen por desear su atención. Tienen lo que buscaban.

—¿Qué clase de demonio eres tú? —preguntó Alhanna, tras reparar en el color de sus pupilas.

—Ah,… No me recuerdas. Los dáricos me apodaron Orfebre, aunque ahora poseo el nombre de Jaeglar.

—Le sonrió con dulzura, como si estuvieran tomando el té y no en medio de una batalla—.

Fui el maestro de Kishur, aunque no creo que te haya hablado de mí.

Yo fui quien te sacó del lado inmortal y te llevó a Alviat.

Un nuevo alarido captó la atención de Alhanna.

Lumiatz se estrelló a pocos metros de ellos dos.

Tenía desgarros por todo el cuerpo y las alas completamente destrozadas.

La sangre no tardó en encharcar el suelo bajo ella.

Alhanna sintió una fuerte presión en el pecho, había algo en la derrota de la diosa que le causaba pesar.

Sus piernas se movieron sin darse cuenta, y dio unos pasos hacia la dama roja. Jaeglar la detuvo.

—Estás demasiado frágil para ayudarlos. No serás capaz de usar todo tu potencial hasta que no acudas a Zahel. —Su semblante acababa de ensombrecerse.

Alhanna negó con la cabeza; ni siquiera estaba segura de querer ayudar a Lumiatz.

¿Por qué lo haría? La odiaba con todo su corazón por atormentar a Kishur y por usar a los dragones grises y causar su perdición.

Gaelos y Shanarás lanzaban sus llamas hacia Osharan.

El dragón blanco sangraba y la pequeña diosa había perdido una de las patas.

—¿Qué quieres de mí? —Alhanna se zafó del agarre.

—Que te unas a nosotros para castigar al Dragón Negro por todo el daño que ha causado.

Actúa siguiendo sus impulsos, sin reparar en las consecuencias.

Es el momento de mostrarle sus errores, de hacerle pagar.

—Jaeglar lanzó un largo suspiro con la mirada hacia Lumiatz—.

Los dioses se cansaron tiempo atrás de ser ignorados, pero no han sabido dirigir bien sus esfuerzos.

Mis hermanos, en cambio, tienen un plan.

—Una capa de polvo y de arenisca cubrió la entrada de la diminuta oquedad—.

Quiero que te unas a nosotros en el Vacío y nos ayudes a retener a Osharan allí.

Lo encerraremos entre las raíces del Qad’has y consumiremos su energía.

—Lo que me pides… —El rugido enfermizo de Shanarás la distrajo.

—¿Sabes cómo murió Hagnak? —Aquella pregunta captó de nuevo la atención de Alhanna—.

Su padre lo condenó a una existencia que no deseaba, lo obligó a juzgar y ejecutar a los seres de este mundo.

No imaginas cuánto sufrió por ello. Y cuando murió y pudo descansar en el mundo venidero, como siempre fue su deseo, Osharan se lo negó.

No solo eso: tomó parte de su lanfe para crear a otro ser en un intento de mantener a Hagnak con vida.

Lo condenó a seguir padeciendo, sin saber que era hijo de la Oscuridad. ¿Imaginas su dolor?

—Supongo que alguien así estaría furioso —murmuró Alhanna.

—¿Y acaso el dárico gris no lo está? —Jaeglar alzó las cejas, expectante.

La joven se olvidó de la lucha que tenía lugar frente a ella, del zumbido constante en el que se habían convertido las voces de los dragones en su mente, de la hilarante risa de su otro yo que no callaba.

—No es cierto —dijo Alhanna con la voz entrecortada.

—Raehlan no nació de un vientre, fue creado a partir de los huesos y del lanfe de Hagnak. Por esa razón, solo él podía convertirse en el nuevo Guerrero, y es el motivo por el que tiene la atención del Dragón. —Las palabras del Orfebre se perdieron en el viento.

Contempló las pupilas doradas de Jaeglar y sintió la sangre helársele en las venas. ¿Kishur era Hagnak? ¿Era hijo de Osharan? Un súbito mareo la obligó a apoyarse en la pared.

—Tú también perdiste mucho por culpa del Dragón.

Sé que empiezas a recordar. Sé que sueñas con ese niño de ojos grises.

Con Hagnak. —El susurro de Jaeglar le enturbió la mente—.

El Dragón Negro solo arrebata cosas, destroza a cuantos le rodean.

Y si se lo permites, continuará quitándote todo lo que amas y que una vez te importó.

Recordó el llanto del pequeño en aquellos extraños sueños que la atormentaban desde hacía tiempo, y la sensación de acunarlo entre sus brazos con el deseo de protegerlo.

Cerró los ojos y vislumbró el hermoso lago de plata dentro de su mente.

A su lado apareció una sombra que poseía la misma silueta que ella.

Se giró para mirarla y en el fondo de su corazón, supo que aquella figura oscura era ella misma.

Alhanna se acercó tanto como pudo y pegó sus frentes.

«Por fin me aceptas», oyó que decía. Una salvaje oleada de rabia la envolvió y se lanzó al lago junto al espectro. Esta vez no iría sola.

El poder eléctrico que percibía a su alrededor, el que los dioses usaban para combatir a Osharan, la envolvió por completo.

Contempló el cuerpo derrumbado de Lumiatz, y vio a Shanarás estrellarse en ese instante no muy lejos de ella.

Osharan apresó a Gaelos entre sus fauces y agitó la cabeza con la intención de despedazarla.

Alhanna salió del cobijo rocoso y su tatuaje comenzó a rodearla, prendido en un fuego brillante y plateado.

Levantó los brazos hacia el Dragón Negro y expulsó todo su poder mientras arrancaba de su garganta un terrible alarido.

La ira la consumía. Las llamas se elevaron hacia Osharan como un torrente feroz y lo envolvieron sin piedad.

Alhanna estaba dispuesta a arrasarlo por completo.

El cielo quedó encendido con una cegadora luz provocada por el fuego gris.

La joven gritó sin detenerse, dejando salir todo su dolor, su miedo, su angustia.

Lloró sin control mientras sentía el poder quebrarle los huesos y deshacer su piel.

Cuando sus fuerzas se hubieron extinguido, se detuvo y el tatuaje comenzó a absorber todo el lanfe que había expulsado.

Cayó de rodillas, los brazos lánguidos junto a los costados.

Lumiatz se encontraba cerca, y había recuperado su forma dárica. En el cielo ya no quedaba nada, Alhanna había abierto un inmenso agujero entre las nubes.

—Te daré un poco de tiempo para que pienses en mi propuesta —dijo Jaeglar al pasar por su lado—. Volveremos a vernos muy pronto.

El Olvidado cogió a Lumiatz entre sus brazos y la levantó. Susurró algo en su oído y Alhanna vio cómo la dama se revolvía. Jaeglar la miró un breve instante antes de desaparecer junto con la diosa.

Alhanna se derrumbó. Entre la cortina de polvo que la rodeaba vislumbró la figura de Osharan, que caminaba en su dirección.

Ya sabía que nada podía vencerlo, no existía poder en el mundo que pudiera lograrlo.

De pronto, la idea de los devoradores de encerrarlo en el Vacío le pareció la única forma de obtener justicia, de liberar a Muriath de su crueldad. Se lo merecía.

Osharan agarró a Alhanna de un tobillo y comenzó a arrastrarla por el suelo.

Ella ni siquiera tuvo fuerzas para resistirse.

¿Volvería a encerrarla en aquel mundo de sombras?

No le importaba, lo único que deseaba en ese momento era desprenderse de la tristeza que inundaba su corazón.

A punto de perder la consciencia, Alhanna atrajo a su mente el recuerdo de aquel pequeño, y se abrazó a él.

Supo que era su hijo, que había nacido de sus entrañas.

Que era Hagnak. Y que Osharan se lo había arrebatado.

Kishur contemplaba el cielo mientras la tormenta se consumía.

Las llamas plateadas que habían alumbrado la ciudad con su luz pertenecían a Alhanna.

Sentía la unión con la joven tan fuerte como siempre, incluso podía intuir en qué lugar exacto se encontraba en ese instante.

La lucha entre los dragones se había detenido.

El dárico ya no prestaba atención a lo que ocurría a su alrededor, su mente permanecía aletargada.

El encuentro con Hagnak lo perturbaba de tantas formas que era incapaz de comprenderlas todas.

Comenzaba a intuir la verdad que encerraban las palabras del antiguo Juez y Guerrero y se preguntó por cuanto tiempo lograría ignorarla.

¿Y Alhanna? ¿Sabría ya lo que era? Sintió que el pasado jugaba con ellos, que no eran más que simples piezas en las manos de Osharan.

Se cubrió el ojo izquierdo con los dedos para evitar ver la energía del mundo.

Si de él hubiera dependido, ya se lo habría arrancado, pero sabía que el Dragón volvería a restaurarlo. Jamás lo dejaría ir.