Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Marial-Pat #2
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Marial-Pat #2

Al doblar una esquina se toparon con un dragón en el suelo.

Tenía una de las alas partida en dos, y amenazaba a un grupo de madres con sus hijos, encerrados en una calle sin salida.

La criatura lanzaba dentelladas sin llegar a tocarlos, pues había quedado atorada entre las paredes, que era lo único que la retenía.

Parecía enajenada, dispuesta a acabar con cualquiera.

Eltsay apartó con suavidad a Ghiro y se dispuso a ir en ayuda de esa gente.

—¿Qué te propones? —Ghiro agarró a Eltsay del codo para detenerlo.

—Salvarlos como me sea posible. —El joven lo miró a los ojos intensamente.

—Maldita sea, yo apenas puedo caminar… Y no permitiré que luches solo —dijo Ghiro con pesar, aferrado al brazo del hajaek.

Pero tampoco podían marcharse. El dragón estaba tan concentrado en su intento de apresar a aquellas mujeres y niños que ni siquiera los había percibido.

Ellas abrazaban a los pequeños en su intento de protegerlos, parapetadas contra la alta pared.

Eltsay no lo dudó ni un instante más; si el dragón escupía fuego ya no podría hacer nada por ellos.

Corrió con la espada en la mano y lanzó la afilada hoja contra una de las garras.

El aullido de dolor de la criatura resonó en la callejuela.

Saltó a tiempo de esquivar la cola que trataba de derribarlo.

La bestia se retiró del estrecho acceso para tener espacio y se dio la vuelta, olvidando a sus presas y dispuesta a devorar al hajaek.

—¡Márchate, Ghiro! —gritó Eltsay con rabia.

En respuesta, el dragón rugió encolerizado y se abalanzó hacia el hajaek.

Este lo esquivó a gran velocidad e hizo un tajo en otra garra.

Necesitaba debilitarlo. Comenzó a retroceder, esquivando una y otra vez las dentelladas de la criatura.

Iba de un lado a otro, distrayéndola con sus piruetas mientras Ghiro ayudaba a las mujeres a abandonar el callejón.

La bestia, sin embargo, se percató de sus intenciones y se giró a gran velocidad, lo que tomó al anciano por sorpresa.

Lo barrió con el ala sana y Ghiro se estrelló contra la pared. Los humanos huyeron aterrorizados.

Eltsay se quedó petrificado al ver al anciano tendido en el suelo.

Fue junto a él antes de que el dragón lo alcanzara e interpuso la espada para detener sus afilados colmillos.

Ghiro se incorporó poco a poco con el rostro ensangrentado.

El dragón intentaba arrebatarle la espada a Eltsay, atrapada entre sus fauces.

Empujó al hajaek hacia un muro y este quedó atrapado con el hocico de la bestia pegado a su armadura.

Ghiro levantó su espada e intentó incrustarla en el cuello del dragón, pero no lo hizo con la fuerza necesaria y solo logró hacerle un leve corte.

La distracción ayudó a que Eltsay escapara, y este agarró al anciano del brazo y ambos se lanzaron al suelo para esquivar el voluminoso cuerpo de su enemigo.

Ghiro jadeaba por el esfuerzo. El dragón los atacó una vez más.

Eltsay apartó al anciano y esperó la poderosa dentellada del dragón.

Levantó la espada justo cuando este abría la enorme boca.

La hoja de acero se incrustó dentro de ella.

La criatura bramó enloquecida y lo derribó de nuevo.

De entre los colmillos se desprendió un espeso líquido blanco sobre su armadura.

Eltsay rodó para apartarse mientras el dragón soltaba aquella sustancia.

Corrió a por la espada de Ghiro y atravesó el cráneo de la bestia con ella.

Por fin, esta dejó de moverse y se derrumbó, inerte.

Eltsay retrocedió con un fuerte dolor instalado en el torso y las costillas.

De pronto, sentía que su armadura le abrasaba la piel.

Se dejó caer sobre las manos mientras su sangre se derramaba y manchaba la piedra.

Gritó por el lacerante dolor que recorría todo su ser.

Comenzó a quitarse el pertrecho con desesperación.

Ghiro se incorporó mareado al oír los lamentos del hajaek.

¿Es que estaba herido? El anciano sentía como si mil cristales se clavaran en su pecho a cada bocanada de aire, pero se apresuró a limpiarse la sangre de la cara con la mano para ir junto a Eltsay.

Le extrañó que el joven no se incorporara.

Vio como trataba de hacerlo y volvía a caer entre gemidos de dolor.

El hajaek trataba de quitarse la armadura.

—¿Qué te ocurre? —preguntó el anciano, arrastrándose hacia él.

—¡Ayúdame! —gritó el joven con desesperación.

Ghiro logró alcanzarlo y pudo quitarle las últimas hebillas del pertrecho.

La parte delantera se había fundido. El anciano sintió que se le congelaba la sangre al ver lo que ocurría.

Eltsay se derrumbó de nuevo mientras trataba de arrancarse la ropa.

Sus manos sangraban, ya sin uñas ni piel.

Aquel líquido blanco que había escupido el dragón se había abierto paso entre el acero y la ropa y ahora devoraba la carne del hajaek.

Ghiro se quitó la chaqueta y trató de limpiarle mientras el joven gritaba de puro dolor.

Se retorció en el suelo y acabó apartando al anciano de forma brusca.

Ghiro lanzó lejos la prenda cuando esta comenzó a desprender vapor mientras se consumía.

—¡Haz algo! ¡Lo que sea, pero detén esto! ¡Por favor! —suplicó el joven.

Ghiro sintió el dolor de Eltsay como el suyo propio. Sabía que era demasiado tarde. La sustancia había devorado ya el músculo de Eltsay, y sus blancas costillas y sus órganos palpitantes se entreveían tras una débil capa de carne y sangre.

—Aguanta —le pidió Ghiro, sin saber qué hacer—. Aguanta un poco…

—Acaba con esto, por favor… —dijo con la voz estrangulada.

Eltsay sacó uno de sus cuchillos con la poca fuerza que le quedaba y se lo tendió al anciano.

Había perdido ya la primera falange de los dedos.

No pudo sostenerlo más tiempo y lo dejó caer contra la fría piedra.

Ghiro negó con la cabeza mientras extraía el suyo.

Las manos le temblaban tanto que el arma bailaba en ellas. ¿Cómo podía hacerlo?

—No, no sería capaz… No me pidas algo así —sollozó Ghiro con rabia.

Pero el anciano supo que debía hacerlo al ver el terrible padecimiento que se reflejaba en el rostro de Eltsay. Aquella cosa consumía ya los huesos de las costillas. Debía poner fin a su sufrimiento.

—Perdóname, Eltsay —rogó el anciano—. Perdóname, por favor...

Eltsay lo miró a los ojos con determinación y fiereza. El joven apretó las mandíbulas para retener sus alaridos. No pensaba morir lamentándose. Ghiro dejó que las lágrimas corrieran por sus mejillas y, con un golpe certero, incrustó la hoja de acero en el corazón del hajaek.

La vida de Eltsay se apagó al instante. El anciano continuó aferrado a la empuñadura de su arma.

Observó los ojos abiertos del hajaek y bramó, desolado por el pesar que lo invadía.

Soltó la daga, cuyo acero comenzaba a fundirse también.

Apartó el cabello rubio de la cara de Eltsay y le acarició la frente.

Ghiro lloró, arrodillado junto al cadáver del joven.

La pena lo atravesó con una fuerza arrolladora.

Alzó la mirada un momento hacia el cielo consumido por la tormenta. Culpaba a los dioses.

—¡Malditos seáis todos! —Ghiro gritó con ira hacia el firmamento—. ¡Reniego de vosotros! ¡Retiro cada uno de los rezos que os ofrecí!

No eran dioses, eran seres egoístas y miserables que condenaban sus vidas.

Recordó a Eltsay de infante, robando manzanas de su árbol, sentado junto a su esposa, jugando con su descendiente.

Las lágrimas no se detenían. «Eltsay es demasiado joven para ir contigo.

Tráelo de vuelta a casa o jamás te lo perdonaré», le había dicho su esposa.

No, él tampoco podría perdonarse jamás. Cerró los ojos de Eltsay con dulzura.

—Nos veremos pronto en el mundo venidero —susurró el anciano.

La noche le pareció la más fría y oscura de cuantas había pasado en este terrible mundo.