Marial-Pat
—Es… es impresionante —balbuceó Quiazz a su lado.
Ella no tenía palabras. La imperiosa imagen de Osharan era cuanto podía ver.
Sus escamas negras parecían espejos que devoraban la luz, sembrando de oscuridad la ciudad y el cielo.
Las potentes alas desgarraban la bruma y el cuerpo robusto y alargado del Dragón se desplazaba igual que una montaña.
De las fauces de Osharan escapó un terrible rugido que hizo temblar hasta los cimientos del lugar.
Su larga cola estaba plagada de afiladas púas que recorrían también su lomo.
Los dragones grises luchaban por escapar de allí, pero la tormenta provocada por Osharan les impedía avanzar, el impetuoso viento los sacudía como si fueran figuras de papel.
El Dragón Negro surcó el cielo y apresó a uno de ellos entre sus potentes colmillos.
Desgarró el cuerpo de escamas mientras la pobre criatura lanzaba un alarido atroz que resonó por encima de los truenos.
Alhanna gritó al mismo tiempo, su vientre retorciéndose de puro dolor.
Sintió que acababan de arrancarle una parte de sí misma.
Osharan acabó con cada dragón que tenía a su alcance y, cada vez, Alhanna percibió la misma angustia y pena en su corazón.
Quiazz la rodeó con su brazo, incapaz de entender qué le sucedía.
Osharan no solo devoraba los cuerpos de aquellos infelices, sino que también acababa con sus lanfes, destruyendo sus existencias. Cada alarido que se alzaba en el cielo era el sonido más terrible de cuantos Alhanna había oído. Sintió un gran vacío en su interior.
—¡Tenemos que salir de aquí! —Ádria intentó levantarla del suelo—. Vamos, no nos hagas esto, Alhanna. No podemos quedarnos en el puente.
Ella lo ignoró, el dolor que la atenazaba era demasiado fuerte. Deseaba detener a Osharan. Apartó a Ádria para ir junto al dragón, que lanzó un lastimero berrido.
—Llévame hasta Osharan —le ordenó a la criatura.
Este respondió bajando la cabeza y el robusto cuerpo para permitir que ella subiera sobre su lomo.
Alhanna se encaramó a él casi sin esfuerzo, como si lo hubiera hecho mil veces antes.
Quiazz y Ádria trataron de detenerla, pero la criatura usó las alas para impedirles acercarse más.
Luego, alzó el vuelo con Alhanna aferrada a su largo cuello.
La tormenta que agitaba el firmamento los envolvió enseguida.
El Dragón Negro avanzaba en dirección a las Óleas, persiguiendo a sus presas sin compasión.
Algunos cuerpos caían despedazados e inertes como rocas.
Con cada pérdida, la angustia de Alhanna crecía.
Ellos dos parecían simples insectos en comparación con la colosal bestia que era Osharan.
Cada vez que batía sus alas creaba un fuerte remolino de aire que atraía a los dragones hacia sus implacables colmillos.
Alhanna sintió que la fuerza abrumadora de la tempestad los arrastraba también.
Cuando estuvieron sobre el cuerpo de Osharan, la joven cerró los ojos y respiró profundamente para relegar el miedo de su mente.
Se dejó caer hacia Osharan y acabó golpeándose contra las duras escamas.
Rodó sin control hasta que logró detenerse y pudo incorporarse.
Se arrancó la capa cuando el viento tiró de ella y a punto estuvo de derribarla.
Reparó en las largas púas que recorrían en hilera el lomo de Osharan.
Cualquiera de ellas podría haberla despedazado.
De pronto, notó que algo reptaba por sus piernas y se percató de que la masa oscura se desprendía de las escamas y se enroscaba alrededor de sus pantorrillas.
Cerró los ojos y vislumbró el lago de plata dentro de su mente.
La sombra de esa otra Alhanna que habitaba en su cabeza apareció a su lado.
La joven la encaró, cansada de huir de ella.
La agarró por los hombros y sintió la bruma adherirse a su piel.
La oscura silueta la empujó con violencia hacia el lago y Alhanna se zambulló en la gélida agua.
Cuando levantó los párpados y regresó a la realidad, el tatuaje giraba a su alrededor y brillaba como la plata fundida.
Dirigió los brazos hacia las criaturas que intentaban escapar.
Su piel se cubrió de manchas negras. No podía consentir que Osharan continuara consumiendo a los dragones, a sus dragones. Porque así lo sentía en lo más profundo de su ser, el dolor que la atravesaba le decía que ellos le pertenecían, que formaban parte de ella.
Vislumbró los lanfes que danzaban a su alrededor, percibió la rabia en todos ellos.
Alhanna comenzó a absorberlos con su poder, y los fue atrapando uno a uno.
Pero, en esa ocasión, no lo hizo para alimentarse: quería protegerlos de Osharan.
Deseaba salvarlos de la crueldad del Dragón y evitar que dejaran de existir.
En su mano derecha apareció una marca que brillaba de forma cegadora.
Una línea que dibujaba medio círculo y una pequeña esfera en el centro.
Los lanfes entraban en su interior y parecían quebrar sus huesos.
Estaban furiosos y aterrados. Ella también.
«Yo os salvaré de Osharan», dijo Alhanna en su mente.
Los cuerpos de las criaturas se precipitaban hacia el río y se convertían en cenizas antes de tocar el agua.
Cuando Alhanna atrapó al último, se dejó caer de rodillas sobre la Oscuridad.
Osharan lanzó un potente rugido que la hizo temblar, pero el Dragón Negro no se detuvo y continuó volando hacia los acantilados.
Alhanna posó las manos sobre las frías escamas de Osharan y se sintió sobrecogida al percibir la ira que bullía a través de ellas.
Levantó la vista a pesar de que el viento le impedía ver con claridad, y fue entonces cuando notó el inconfundible aroma a jazmín y supo hacia dónde se dirigían. Osharan iba en busca de Lumiatz.
Gastor derribó a un kalasty y se dio la vuelta para cortar la garganta de otro.
La sangre le salpicó en la cara. Su armadura estaba abollada y empapada de rojo escarlata.
Los cuerpos de los caídos se hacinaban bajo sus botas.
Habían conseguido empujar al enemigo hacia el otro lado de las puertas destruidas.
La mayoría huía tras la aparición del colosal Dragón Negro.
Muchos de sus soldados seguían inmóviles, aterrorizados ante la espantosa visión.
Las criaturas grises que habían asolado la ciudad se habían convertido ahora en presas de las enormes fauces de aquella bestia.
El general sentía cómo sus brazos temblaban, e incapaz de continuar dando caza a los kalastys se detuvo en medio de la escaramuza. Beres seguía a su lado.
Un extraño poder parecía caer sobre ellos y pesaba sobre sus hombros, como si la tormenta arrojara el aire cargado de podredumbre.
El estruendo del temporal ahogaba los alaridos de los dragones mientras eran devorados uno a uno.
Los restos de sus cuerpos se estrellaban contra la ciudad o sobre el Hicama.
El firmamento refulgía en una tonalidad violeta con espesas nubes que giraban en espiral y se mezclaban con velocidad.
Quizás acabara por engullir Marial-Pat al completo, y a los supervivientes con ella.
—Ordena la retirada hacia el interior —dijo Gastor con la voz entrecortada—. No nos expondremos a una trampa, puede que nos aguarde otra sorpresa.
Sus palabras fueron repitiéndose entre los comandantes, quienes movilizaron a los soldados para entrar en Marial-Pat.
Defenderían las puertas en lugar de perseguir a los kalastys.
Gastor mantenía la esperanza de que aquel Dragón Negro se los llevara con él.
Se giró hacia la ciudad y notó su corazón detenerse ante la atroz visión.
Se preguntó cuánta gente había muerto y cuánta quedaba por perecer antes de la salida del sol.
Los edificios que se mantenían en pie parecían sostener las ruinas.
El humo de los incendios se mezclaba con la tormenta y el aire arrastraba las cenizas.
Estuvo a punto de dejar caer la espada, pero se aferró a ella con determinación.
Miró hacia la torre de Gabara mientras el Dragón Negro sobrevolaba el puente y se dirigía hacia las Óleas.
No todo estaba perdido. Mientras Quiazz viviera, él mantendría la esperanza.
No podía creer lo que sus ojos veían: el Dragón Negro había surcado las nubes, envuelto en una terrible tormenta.
El viento arrancaba lamentos a la ciudad.
Ghiro se apoyó en la pared para recuperar el aliento; el dolor de las costillas era insoportable.
Maldijo el momento en el que cayó del vargum.
Eltsay esperaba paciente a su lado, con la mirada puesta en el cielo y la espada ensangrentada en la mano.
Había dado muerte a una veintena de kalastys.
Estaban perdidos, ni siquiera sabían qué camino los llevaría al túnel.
Aquella zona había quedado en ruinas y rezumaban muerte. La escarcha cubría los escombros.
Oían los espeluznantes bramidos de los dragones que morían entre las fauces de Osharan. Los kalastys debían estar huyendo en esos momentos.
—Ghiro, no podemos quedarnos aquí —insistió Eltsay con tacto.
—Ya lo sé. —Se apoyó en el hombro del hajaek y reanudaron la marcha.
Cruzaron una callejuela plagada de cadáveres, era difícil reconocerlos.
A Ghiro se le encogió el corazón al ver los de menor tamaño.
Habían perecido atrapados allí. El polvo blanco que se desprendía de ellos se le pegaba al sudor de la cara.
Siguieron adentrándose en calles desconocidas y desiertas, intentando alcanzar el palacio, que cada vez parecía quedar más lejos.
Oyeron entonces los gritos de mujeres y niños cerca de ellos. El cielo tronaba furioso.