Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Epílogo
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Epílogo

C aminaba con paso lento, castigado por la lluvia que le quemaba la piel.

La noche de Falar-Shan lo acechaba sin piedad.

Trivaz avanzaba por el laberinto formado de grandes monolitos, piedras resurgidas de las profundidades del mundo para obrar como sellos de la torre de Zahel.

Según se adentraba en el valle, estas iban decreciendo en tamaño y cerrándose en un pasillo casi interminable.

Las ropas del demonio humeaban, cada vez más corroídas por el agua que caía sobre él.

Su rostro y manos ardían, pero Trivaz se abrazaba al dolor.

Cada vez le era más difícil continuar sin su poder, encerrado en la estatua de dragón que presidía las puertas de la Jistar. Odiaba a Osharan por arrebatárselo.

Alcanzó el epicentro del valle y se detuvo al pisar la hierba fresca.

Era un rincón hermoso, lleno de flores silvestres y viejos olivos que se erigían sobre ellas como centinelas.

La lluvia allí era fresca y agradable, casi como si hubiera entrado en otro mundo.

Trivaz fue hacia la estatua de mármol blanco cubierto de musgo.

Representaba la figura de Khaleria, con las manos sobre el regazo y el rostro dirigido hacia la tumba a sus pies.

Trivaz sintió congoja ante la losa que sellaba el descanso de Hagnak.

Allí ya solo quedaba su calavera. Se arrodilló sobre la tierra y comenzó a escarbar con sus propias garras.

La última vez que había estado allí fue junto a su hermano; el Dragón había requerido los restos de su hijo para crear a partir de él una nueva criatura.

Los demonios, sin embargo, dejaron allí la parte más importante de Hagnak, pues le habían hecho la promesa de ayudarlo a ir al mundo venidero tras su muerte.

Por ello, Raehlan había nacido mortal, y en consecuencia, la ira de Osharan les arrebató su poder.

Deseaba que el dárico nunca descubriera la verdad, quería protegerlo de ella.

Cuando la calavera asomó entre la húmeda tierra, Trivaz la tomó entre sus manos. El ennegrecido hueso le pareció demasiado liviano. ¿Sería capaz de hacerlo?

«Destruye lo que queda de mí», le había pedido Hagnak antes de expulsarlo de su mundo.

«Impide que mi padre vuelva a intentar revivirme».

Pero ahora que tenía la calavera entre los dedos, su corazón le pedía que volviera a dejarla allí.

Le temblaban las manos. Cerró los ojos y trató de vislumbrar al que fue su maestro cuando aún vivía.

Aquella luz plateada en sus ojos no regresaría jamás.

Aunque su mundo estuviera lleno de conciencia, ya no era él en realidad.

Gritó con impotencia mientras usaba su poder para destruir el duro hueso. La calavera se convirtió en polvo en sus manos, y la hierba y los olivos comenzaron a morir. Los restos se fueron diluyendo con la lluvia, que arrastró el último vestigio del Guerrero.

Trivaz dejó caer los brazos sobre el regazo, vencido: ya no le quedaba nada.

Su hermano estaba muerto; su poder, encerrado; Hagnak, desaparecido.

Raehlan lo detestaba, y puede que nunca lograra recuperar su afecto.

Comenzó a llorar y las lágrimas quemaron sus mejillas tanto como la lluvia.

Golpeó la tierra con los puños, sintiendo que el pesar le haría enloquecer.

Solo quedaban él y sus recuerdos. Y un corazón roto, el mismo que había dividido con el puñal de Hagnak.

Alzó la mirada hacia la estatua de Khaleria y dejó que el llanto lo consumiera.

Estaba completamente solo.