Marial-Pat #3
—Ya no soy nada de eso, solo un cúmulo de lanfe a la deriva —contestó Hagnak con un deje de tristeza en la voz—.
Mi padre buscó a un nuevo Guerrero, a ti.
Y si los planes de Asthaluss y Muriath dan sus frutos, nacerá otro Juez, uno que reclamarán ambos mundos.
Mi propósito es recuperar lo que mi padre me arrebató e ir al mundo venidero.
Solo busco el descanso eterno. ¿Me ayudarás a conseguirlo o te empeñarás en seguir luchando?
Kishur se sintió confuso ante estas palabras mientras el corazón le latía con fuerza.
¿Cómo pretendía Hagnak que lo ayudara? Entonces, una sombra se arrojó sobre ellos.
Poco a poco, el dragón descendió a escasos metros sobre la arena.
El ojo que el terión había herido ya estaba curado.
La criatura se acercó a Hagnak y gruñó a Kishur.
Rozó el costado de su anfitrión con el morro a modo de saludo.
El dárico reparó en que, según las leyendas, ambos eran hijos de Khaleria.
Drafgaen parecía complacido por el encuentro.
—Habéis desobedecido al Dragón en vuestro empeño de seguir a Lumiatz.
Estáis reduciendo el mundo mortal a cenizas para complacerla, tras haber cruzado la Jistar y desobedecido al Dragón —dijo Hagnak con severidad—.
Puedo percibir la furia de Osharan desde aquí.
Regresa y llévate a los tuyos lejos de la batalla.
Y sabed que él no tardará en aparecer para castigaros.
El dragón expulsó un tenue gruñido mientras agachaba la cabeza. Hagnak, aún con el aspecto de Kishur, acarició el lomo de la bestia y esta se desvaneció al instante.
—Y tú, tenías la intención de sesgar la vida de Drafgaen.
—Miró a Kishur mientras daba un paso hacia él—.
Lo habrías logrado, pues siempre consigues lo que te propones, pero no puedes matar a uno de tus hermanos.
No te corresponde a ti tomar justicia ni empuñar la espada en nombre de nuestro padre.
Nunca debiste aceptar ser su nuevo Guerrero.
—Lo que dices no tiene sentido para mí. Estoy cansado de adivinanzas, de modo que explícate —solicitó el dárico.
—Lo comprenderás muy pronto y, cuando lo hagas, te estaré esperando aquí. —Hagnak sonrió mientras el aire le echaba unos pocos mechones de cabello gris sobre los ojos—. Esta vez no trataré de retenerte.
Levantó la mano derecha con la palma extendida frente a Kishur y el viento golpeó al dárico con tal fuerza que lo arrastró hacia el mar.
Cayó sobre el agua con gran violencia y, de nuevo, todo quedó sumido en una terrible penumbra.
Cuando la luz hubo vuelto a él, estaba de nuevo en la ciudad. Mayara lo zarandeaba por los hombros.
—¡Mi señor! ¿Qué os sucede? —la preocupación de su voz conmovió a Kishur.
El dragón y Rhiot volaban ya sobre sus cabezas.
Escapaban. Se quedó un instante observando el vuelo de la criatura, reparando en las palabras de Hagnak: «No puedes matar a uno de tus hermanos», le había dicho.
Drafgaen, como lo había llamado, rodeó a sus congéneres y luego partió, seguido por tan solo unos pocos.
Los demás continuaron sembrando la ciudad de caos.
Entonces, una gigantesca brecha partió el cielo en dos. Kishur se puso en pie y apartó las manos de Mayara. Una espesa niebla oscura comenzó a emerger de la grieta. El suelo tembló y las criaturas grises lanzaron un rugido atronador.
El dárico contuvo el aliento cuando la cabeza de un inmenso dragón negro, de ojos llameantes como el fuego, salió por la brecha. Era Osharan.
Lumiatz bramó furiosa cuando contempló a los dragones abandonar la ciudad.
Drafgaen dirigía aquel reducido grupo que dejaba atrás a sus hermanos.
La dama roja se sintió traicionada tanto por el dragón como por el kalasty.
¿Tan voluble era la lealtad de ambos? Shanarás y Gaelos continuaban a su lado y presenciaban la destrucción de Marial-Pat desde el acantilado.
El fuego consumía edificios y humanos, se alzaba con violencia hacia las nubes.
—¿Qué los ha hecho marchar? —preguntó Shanarás.
—No importa. Aún quedan los demás dragones, y bastan para acabar con todos esos miserables de ahí abajo. —Pensó entonces en Kishur y deseó que ya estuviera muerto.
En esos momentos, las grandes ciudades del mundo mortal estarían sucumbiendo a su ejército.
La partida de Drafgaen y el general Rhiot no empañaría su satisfacción.
Ya ajustaría cuentas con ellos llegado el momento.
Sonrió al pensar en Alviat, en Runna, en Sílfhades…
Al amanecer, no quedaría nada de ellas. De improviso, algo cambió: los tres se miraron con impaciencia cuando notaron una extraña oscuridad cubrir el cielo.
Gaelos palideció. Una brecha gigantesca, inmensa como la propia ciudad, apareció frente a ellos.
—Al final, parece que sí vendrá a castigar a quienes lo hemos desobedecido —observó Shanarás mientras se quitaba el sombrero y lo tiraba al suelo—. Por fin un poco de atención. ¿No os emociona?
Los ojos de Lumiatz se oscurecieron. Sentía la ira desbordando su mente.