Marial-Pat #2
Aunque una parte de él no pudo evitar sentir curiosidad, Kishur decidió ignorar las palabras del kalasty, ya que sabía que su propósito era distraerlo de lo verdaderamente importante.
En ese preciso momento, Rhiot se lanzó hacia él y sus espadas se entrelazaron con fiereza.
Al tenerlo tan cerca, reparó en lo joven que era su enemigo; debía tener la misma edad que Alfar.
El kalasty se separó primero y embistió una segunda vez con un elegante giro de muñeca.
Comenzaron a enfrentarse con todo lo que tenían, el dárico ganando espacio mientras hacía retroceder a su adversario con cada estocada.
Rhiot lograba esquivarlas con agilidad, pero carecía de su fuerza.
El ensordecedor estruendo que recorría la ciudad les era indiferente.
Kishur ladeó su cuerpo para apartarse de la hoja del kalasty y lo golpeó en la rodilla para desestabilizarlo.
El dárico sacó un cuchillo de su pantalón y asestó una puñalada en el brazo izquierdo de su enemigo.
Mientras el kalasty trataba de cubrirse, Kishur le propinó un tajo en el abdomen.
La armadura negra detuvo el acero dárico, y eso lo sorprendió.
—No soy tan ingenuo como lo fue mi padre, he venido preparado —dijo Rhiot.
—Ya lo veo, llevas una armadura de nuestro acero. —Kishur levantó la espada y las dos hojas chirriaron al contacto—. Supongo que tu padre fue Ogrora.
—Sí. —Rhiot se apartó de un salto—. Y ese acero del que os vanagloriáis fue un descubrimiento de los demonios, vosotros solo lo reprodujisteis.
Kishur arremetió con fuerza, concentrado en cada movimiento.
Golpeó la muñeca del kalasty y la espada cayó de su mano.
Acto seguido, le propinó un puñetazo en la cara y lo derribó.
Pisó el pecho de su enemigo y levantó el arma con ambas manos, dirigida hacia su cabeza.
El dragón rugió en respuesta, y Kishur lo miró a tiempo para ver cómo se lanzaba a por él.
Esquivó sus afilados colmillos por pocos centímetros.
El tatuaje de su brazo se desprendió en ese momento y las tres bestias se materializaron.
Saltaron sobre el dragón y arremetieron contra sus alas. Mayara apareció a su lado.
—Esas cosas han salido de vuestro interior… —señaló, perpleja.
Uno de los teriones le arrancó un ojo al dragón.
Este emitió un lastimero rugido y la sangre plateada descendió por su cuello y pronto impregnó sus escamas.
Rhiot ya estaba en pie al otro lado de su compañero alado; había recuperado el arma y lo defendía de los demonios.
Kishur no pensaba dejarlos escapar. Debía acabar primero con la vida del dragón.
Como si los tres teriones le hubieran leído la mente, rodearon a la bestia y se prepararon para caer sobre ella.
Kishur ladeó ligeramente su cuerpo y dejó el arma junto a su costado derecho.
Debía ser preciso y muy rápido si quería asestar un golpe mortal.
Pero entonces, notó que algo tiraba de él de forma abrupta hasta dejarlo sin aliento.
Kishur quedó paralizado y no pudo más que dejarse caer de rodillas.
Los demonios se convirtieron en bruma que el tatuaje absorbió.
Oyó la voz de Mayara y vislumbró su sombra frente a él, dispuesta a cubrirlo de cualquier peligro.
Todo a su alrededor se consumió por una espesa oscuridad, hasta que poco a poco la luz del día lo acogió.
Cuando sus ojos se adaptaron el brillo del sol pudo distinguir que se encontraba en una playa: era el mundo de Hagnak.
Las suaves olas mojaban sus botas y las hundían en la fina arena.
Buscó a Trivaz con la mirada, pero ya no se encontraba allí.
A quién sí vio fue al dragón gris. Aquel lugar los había atrapado a los dos.
La criatura estaba enroscada al borde de uno de los acantilados.
No había nadie más, aunque Kishur percibía una poderosa presencia a su alrededor.
—Trivaz se equivoca, este sitio alberga algo más que simple energía. En realidad, sigues aquí, ¿verdad? ¡Responde, Hagnak! —exigió Kishur con impaciencia.
—Quedé atrapado en mi propio mundo —dijo una voz serena, idéntica a la suya.
Le habló desde todas partes, el eco reverberó en la playa—.
Creé este lugar con mi lanfe y lo impregné de conciencia.
Tras mi muerte, permití que mi padre me encontrara, porque creí que me llevaría al mundo venidero.
Sin embargo, en lugar de eso arrancó una parte de este mundo para intentar devolverme a la vida.
No salió como él esperaba, y yo nunca volví a permitirle llegar hasta mí.
—La arena comenzó a elevarse y fue tomando la forma de un dárico ante Kishur—. He permanecido oculto desde entonces.
La arena cayó de aquel ser como un manto de lluvia, dejando en él una apariencia casi idéntica a la de Kishur. Para el dárico fue como mirarse en un espejo, pero su doble llevaba el cabello gris trenzado y en su blanca piel no había cicatrices.
—Entonces, es cierto que eres Hagnak. ¿Por qué tomas mi aspecto? —preguntó Kishur algo confuso—. ¿Y para qué nos has traído hasta aquí?
—Para evitar que mataras a Drafgaen, el mayor de los dragones grises. —Se llevó la mano al cabello y deshizo su trenza.
—Quiero saber con qué parte de ti estoy hablando ahora mismo. ¿Con el Juez de Muriath o con el Guerrero del Dragón? —exigió Kishur con impaciencia.