Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Marial-Pat
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Marial-Pat

Oyeron un estruendo sobre sus cabezas y levantaron la mirada para ver la silueta de dos dragones sobre la cúpula de cristal. Las bestias comenzaron a golpearla con sus garras.

—Calma todo el mundo —pidió el Galaef desde su asiento.

Quiazz reunió valor para ir hacia los soldados que custodiaban las puertas. Si debía morir, no pensaba hacerlo allí dentro. Los guardias lo miraron confundidos. Nadie estaba tan loco como para abandonar aquella sala.

—Dejadme salir —solicitó el joven, impregnando su voz de autoridad.

Los dos escoltas que lo habían conducido hasta allí acudieron de inmediato.

Quiazz pensó que acabarían por atarlo a una silla.

Se mantuvo firme mientras los soldados se miraban entre ellos y luego se dirigían al Galaef.

El joven avanzó decidido a abrir las puertas él mismo si era necesario, pero dos pares de manos lo agarraron de los brazos.

En ese momento, la canción sonó con tanta violencia que logró marearlo.

Quiazz gritó y empujó con fiereza a los hombres que trataban de detenerlo, y estos cayeron lejos de él.

La sorpresa se apoderó de los guardias, que se hicieron a un lado a toda prisa.

Empujó con sus propias manos las dos pesadas hojas de bronce y estas cedieron ante su fuerza.

Salió mientras los soldados corrían a cerrar de nuevo la sala a sus espaldas.

Fue entonces cuando aquella bravura que lo había invadido momentos antes desapareció de golpe mientras la niña reía a carcajadas.

No tuvo dudas, había sido ella: de algún modo lo había imbuido de poder.

Quiazz alzó la mirada con temor y el corazón palpitando con fuerza en el pecho.

El miedo lo atenazó de nuevo. Al asomarse por el puente comprobó con gran dolor como la ciudad caía bajo el yugo de los dragones grises.

¿Cuánta gente habría muerto ya? ¿Estaría Gastor luchando aún?

Decidido a no quedarse allí pasmado, se dio la vuelta para caminar hacia el otro lado, pero se detuvo al instante al verla.

Se acercaba con paso lento, con la mirada fija en él.

Quiazz sintió que se ahogaba de pronto, que le faltaba el aliento.

Observó las pupilas grises de Alhanna. Como hipnotizado por la presencia de la endómica, fue hacia ella sin dudar.

Quiazz no supo qué decir cuando tan solo los separaron unos escasos dos metros.

—¿Eres tú de verdad? —preguntó Alhanna con la cabeza ligeramente ladeada.

Se miraron largo rato, ajenos a lo que sucedía bajo sus pies o sobre sus cabezas.

Tras haberse conocido en circunstancias tan extrañas, por fin volvían a estar uno frente al otro.

Ella redujo la distancia y levantó el brazo derecho muy despacio con intención de acariciar su rostro, pero no llegó a hacerlo.

Quiazz rodeó la mano de Alhanna con ternura.

En cuanto sus dedos se tocaron, el mundo desapareció para los dos y el rugido de la batalla quedó enmudecido por el suave murmullo de la niña. Un súbito mareo los sacudió.

Alhanna se vio en el interior de una cabaña plagada de gritos.

Una chica joven lloraba desconsolada sobre un charco de sangre a la vez que una anciana sostenía a un recién nacido entre sus brazos.

«¡Déjalo vivir!», rogó la desconocida entre lágrimas.

Quiazz contemplaba conmocionado una sala austera y con un extraño mobiliario que parecía una mesa de metal.

Había una mujer tumbada sobre una cama que parecía haber muerto, rodeada de personas enfundadas en una especie de túnica verde que jamás había visto.

No comprendía nada de la escena, pero sí reconoció el llanto de la recién nacida: Alhanna.

Los dos se separaron de golpe y las visiones desaparecieron.

Guardaron silencio, atónitos ante lo que acababan de presenciar.

—¿Eso que he visto era tu mundo? —Alhanna asintió despacio.

Alguien más caminaba por el puente y se dirigía hacia ellos.

Quiazz abrió mucho los ojos al reconocer al dárico.

Alhanna se dio la vuelta y ahogó un gemido de sorpresa al encontrarse con el rostro de Ádria.

¿Qué hacía allí el hajaek? ¿Estaría también Kishur en la ciudad?

Los dragones lanzaron un potente bramido y uno de ellos voló sobre el puente.

El hajaek se movió despacio hacia Quiazz, con la espada en la mano.

Le dirigió una mirada escrutadora a Alhanna y ella asintió para indicarle que se encontraba bien.

La criatura alada rugió en su dirección y Alhanna pudo notar el cálido aliento sobre su piel.

Y cómo movía su gran cabeza, inspeccionándola.

—Salid los dos de aquí, yo distraeré al dragón —dijo Ádria en susurros.

—No seas necio, ¡acabará contigo! —aseguró Alhanna sin perder de vista a la bestia.

Esta profirió un nuevo balido entrecortado por una serie de chasquitos y lo dirigió hacia el cielo.

Un momento después, otras dos criaturas se posaron a cada lado del puente.

Estaban rodeados. Alhanna se llevó las manos al estómago cuando este se retorció de pura angustia.

Algo en su mente intentaba abrirse paso.

Oyó la risa de esa otra Alhanna y la hizo temblar.

Los tres dragones la miraban solo a ella, y sus balidos se intensificaron.

Hablaban entre ellos. Poco a poco, aquel sonido gutural comenzó a cobrar sentido para ella.

Ocurrió del mismo modo que cuando leyó por primera vez la lengua sáhica.

—Comprendo lo que dicen —murmuró Alhanna sin aliento.

—¿Se comunican con esos chillidos? —preguntó Ádria. Se mantenía en guardia ante el posible ataque, cubriendo a Quiazz con su propio cuerpo.

Alhanna negó con la cabeza y retrocedió unos pasos a la vez que el primer dragón saltaba cerca de ella.

La criatura parecía requerir su atención.

La horda comenzó a reagruparse en el cielo, sobre el puente.

Los dragones que atacaban al ejército humano se dirigían también hacia allí.

Alhanna se tapó los oídos con las manos, desconcertada.

—Alhanna, ¿qué están diciendo? —insistió Ádria.

—Se avisan unos a otros sobre mi presencia. —Las pupilas de Alhanna se habían vuelto oscuras como el acero—. Se alegran de saber que he regresado y quieren que vaya con ellos a un lugar seguro.

A sus palabras, los tres dragones que los rodeaban rugieron frenéticos.

A Alhanna le faltó el aliento cuando volvió a notar que algo se retorcía en su interior.

Deseó acercarse a las criaturas grises, acariciar sus escamas, abrazar sus cuellos.

Las sintió como si formaran parte de ella y eso la confundió.

¿Por qué razón emergía de su corazón una oleada de cariño hacia los dragones?

La gente gritó a su alrededor cuando dos dragones planearon sobre los árboles que daban cobijo a los dáricos.

Kishur los observó con la espada en la mano.

Parecían comunicarse entre ellos con aquellos graznidos penetrantes, como si algo hubiese captado su atención.

Uno alcanzó el suelo a escasos metros de Kishur y Mayara.

Rugió mientras batía las alas y dirigía el morro hacia el dárico gris.

Por alguna razón, Kishur no sintió peligro alguno.

Contempló los ojos de la criatura y percibió que esta lo miraba con reconocimiento.

El otro dragón descendió a su lado con cautela.

El dárico oyó los chasquidos que producían sus gargantas; ambos trataban de decirle algo con insistencia, pero él era incapaz de comprenderlos.

Un tercer dragón irrumpió desde el cielo con un bramido ensordecedor y furioso.

Comenzó a volar en círculos sobre sus cabezas.

Las dos criaturas se apartaron de él y alzaron el vuelo de inmediato.

Ni Kishur ni Mayara perdieron de vista la boca infesta de la bestia que acababa de aparecer, preparados para escapar de su fuego blanco.

El dárico se percató entonces de que llevaba una especie de arnés alrededor del vientre, lo que solo podía significar que alguien volaba sobre su lomo.

El dragón se posó en la plaza batiendo sus alas y levantando una cortina de polvo. ¿Sería Lumiatz su jinete?

Un soldado kalasty bajó de la criatura. Vestía una oscura armadura y una capa negra. Los humanos quedaban ya lejos, todos habían corrido despavoridos ante la aparición.

—Vengo a luchar contra ti, dárico gris —dijo el joven mientras desenvainaba la espada y lo señalaba con ella—. Soy Rhiot, el general de Lumiatz. Ella nos ha enviado a darte caza y muerte. ¿Presentarás batalla?

—¿Acaso tengo elección? —preguntó Kishur dando un paso al frente y haciendo una señal a Mayara para que se mantuviera al margen—.

Combatí numerosas veces con el último general kalasty, me persiguió durante mucho tiempo hasta que acabé con él.

No pienso repetirlo contigo. Hoy uno dará muerte al otro, no habrá otra salida.

Rhiot sonrió y le acarició el cuello al dragón cuando este emitió un leve chasquido. La garganta de la criatura vibró como si tuviera un volcán dentro de ella.

—Guardas muchas sorpresas, Raehlan. Mi compañero ha sido capaz de rastrearte porque al parecer vuestros lanfes están conectados. —El kalasty mantuvo la sonrisa a la vez que daba varios pasos hacia él—. Los dragones te llaman hermano.