Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) El Lashvaeg
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El Lashvaeg

Oía el ronroneo de alguna criatura que se arrastraba hacia ella. Oculta detrás de la silueta de un grueso árbol formado de bruma, aferró la daga.

Una vez más, atrajo a su mente el recuerdo de Kishur.

Pensar en el dárico le daba fuerzas, aunque estas comenzaban a extinguirse.

Cerró los ojos para concentrarse; aquello que la acechaba estaba cerca.

Intentó buscar la energía que la rodeaba, pero la bruma era tan pesada que ocultaba cualquier rastro.

Con un suave susurro, la niña de la torre inició su canción en la mente de Alhanna.

La voz infantil la acompañó largo rato. La joven movió los labios en un canto mudo, siguiendo la letra que tan bien conocía.

Percibió algo que reptaba por el suelo en su dirección y la voz de la pequeña se alzó.

Alhanna abrió los ojos y se puso en pie, el puñal en la mano. La rabia comenzó a desbordarla, y el dolor a recorrer su cuerpo a través de las laceraciones que aún no se habían curado. Si aquello era un castigo, ella le pondría fin.

La única luz era la que emitía el cristal que llevaba al cuello y que encerraba el lanfe de Kishur.

Lo ocultaba bajo la ropa para que no alertara a las bestias de su ubicación.

El dárico le había dicho que usara aquella energía cuando la necesitase.

¿Podría hacerlo? Lo observó un instante sobre la palma de su mano, sin atreverse a romperlo.

Las sombras se movieron a su alrededor, tomando formas extrañas, cambiando sin parar ante sus ojos.

Por un instante creyó ver a Kishur con el rostro compuesto de brumas.

Deseó poder alcanzarlo. Cambió de nuevo y tomó la figura de Quiazz.

Se estremeció ante sus rasgos afilados. Entonces, recordó que lo había conocido a través de una neblina parecida a la que formaba el mundo que ahora la rodeaba.

El rostro de Quiazz desapareció y la niña cantó con entusiasmo.

Su voz comenzó a propagarse fuera de la mente de Alhanna, como si la niebla la hubiera atrapado.

¿Era posible algo así? La canción se alejaba despacio, parecía que saltara entre los árboles fantasmales.

Corrió para no perder el rastro, el sonido alcanzaba los sombríos rincones del siniestro lugar.

Alhanna notó una fuerte sacudida en la pierna derecha y el calor de la sangre descender de nuevo por su piel.

No podía entretenerse, debía seguir la melodía, pues percibía que trataba de sacarla de allí.

Otra criatura saltó sobre ella, se encaramó a su espalda y lanzó una dentellada sobre su hombro derecho.

Alhanna gritó y cayó de rodillas, sacudida por el dolor.

Sentía cada trozo de carne que los colmillos le arrancaban.

Con la mente nublada comenzó a golpear aquella cosa.

Era viscosa y resbaladiza y debía tener una docena de garras que se aferraban a su cuerpo.

Una más rodeó la pierna sobre la que se apoyaba.

—¡Ya basta! —bramó con las fuerzas exiguas.

Captó susurros a su alrededor que silenciaron a la niña y su canción; no logró entender qué decían, pero la hicieron sentir aún más enferma.

Un temblor sacudió el suelo y las sombras se agitaron una vez más.

Las dos criaturas la soltaron y huyeron.

Respirando con dificultad, Alhanna logró ponerse en pie y avanzar mientras aquel lugar volvía a sacudirse como si quisiera deshacerse de ella.

Las bestias chillaron a lo lejos y tuvo que taparse los oídos para soportar el penetrante aullido.

Alhanna corrió. La niebla se enroscaba a su alrededor y continuaba cambiando de forma confundiéndola.

Siguió adelante hasta encontrar un pequeño claro en la neblina, una especie de puerta que acababa de abrirse.

Alhanna la traspasó y dejó ese mundo atrás para encontrarse frente a una cueva de dimensiones gigantescas.

Era de noche y las lunas brillaban con una fuerza arrolladora.

El lago estaba al otro lado, tan sereno como la noche en la que despertó allí.

Alhanna se adentró en la cueva cavernosa y un gélido frío envolvió su cuerpo y la hizo estremecer.

Se sintió minúscula ante la inmensidad de aquel lugar.

Lo invadía un gran poder que fue capaz de reconocer al instante: Osharan.

Parecía el interior de un volcán, y quizá lo fuera.

La cúspide de la montaña estaba abierta y mostraba el cielo nocturno.

Caminó con pasos lentos hacia el centro, atraída por lo que acababa de ver.

Sobre un amplio pedestal de roca se alzaba un asiento altísimo, construido en piedra negra.

Los afilados cantos que lo formaban podrían derramar la sangre de cualquiera con solo tocarlos.

—Estás ante el trono del mundo, Alhanna. —La voz suave de Záfira la sobresaltó.

La inmortal aguardaba en el exterior, acompañada de una docena de criaturas que reptaban entre sus piernas.

Una densa masa negra comenzó a desprenderse de las paredes y a anegar el suelo.

Era la Oscuridad que Osharan siempre llevaba con él.

Alhanna ignoró los atroces chillidos de las bestias que acompañaban a Záfira.

Se dirigió hacia el trono, embelesada por la luz que se derramaba sobre él.

Acarició la fría piedra y sintió un calambre en los dedos. Sin pensar en lo que hacía, se sentó.

En ese momento, la Oscuridad ascendió hacia ella y alcanzó sus piernas.

Alhanna no tenía miedo. Notaba la piel arder a su paso, pero era un dolor insignificante, puede que ni siquiera le estuviera haciendo un daño real.

Rodeó sus pantorrillas, cubrió su abdomen y continuó subiendo hacia el cuello, el rostro.

Alhanna no se movía, pero notaba la presencia del Dragón en cada parte de su cuerpo, en cada rincón de su mente.

Tuvo la certeza de que la Oscuridad era el propio Dragón en otra de sus múltiples formas.

La joven cerró los ojos y todo desapareció.

La rodeó un inmenso vacío en el que solo podía oír su propia respiración.

Una luz plateada captó su atención y se giró para ver de qué se trataba.

Era Osharan: estaba allí bajo su forma dárica, completamente desnudo.

Sobre la palma de su mano derecha flotaba una pequeña esfera gris cuyo brillo iluminaba al Dragón.

—¿Qué es esa luz? —preguntó Alhanna, atraída por aquel resplandor.

—Es tu lanfe. Ha llegado el momento: debes ir en busca del portador de muerte para llevarlo contigo a Zahel. —La voz de Osharan resonó cavernosa en aquel vacío—. Encerré allí al antiguo poder, y te aguarda. Lo hice por ti.

—¿Por qué? —Alhanna caminó embelesada hacía Osharan.

—Debes alimentarte del poder encerrado en Zahel para mantener tu existencia.

La que ahora posees es una falsa inmortalidad.

—El Dragón observó a la joven según se acercaba a él—.

El sello de Asthaluss se debilita con el tiempo; su propósito nunca fue perdurar.

Cuando desaparezca te consumirás como una débil llama bajo la nieve y dejarás de existir.

Alhanna se sintió conmocionada al oír aquello, y un escalofrío recorrió cada fibra de su ser.

El tatuaje que tanto tiempo atrás había impreso Asthaluss en su cuerpo estaba quebrado.

Sonrió con tristeza al percatarse de lo efímero de su existencia.

Entonces, Osharan alargó el brazo izquierdo hacia ella y giró la muñeca muy despacio.

La joven notó su piel arder y observó cómo el Dragón reconstruía el epígrafe.

—¿Puedo salvarme al ir a Zahel? —Osharan asintió con la cabeza.

Pero eso implicaba que Quiazz debía morir. ¿Estaba dispuesta a cambiar su vida por la del joven? No tenía la respuesta en ese momento ni deseaba obtenerla aún.

—Ven, te devuelvo tu lanfe. —Osharan bajó la mano y la esfera quedó flotando entre ellos dos—. Y jamás vuelvas a usar la barrera para alimentar tu poder; la próxima vez no seré tan clemente.

—¿Encerrarme en esa pesadilla ha sido clemencia? —preguntó ella.

Osharan esbozó una sonrisa torcida. Alhanna recordó sin pretenderlo la noche en la que se unieron en la antigua morada, y sintió un calor invadir su estómago.

Miró fijamente la luz plateada y se dirigió hacia ella.

Nada más tocarla, una arrolladora fuerza hizo vibrar todo su cuerpo.

Fue como despertar de un sueño, como entrar en un baño de agua cálida.

Alhanna se abalanzó sobre Osharan, rodeó su nuca con las manos y lo besó.

Un instante después, se encontró rodeada por el caos absoluto de la guerra. Estaba en un puente altísimo, erigido entre dos torres. Sobre un cielo enturbiado por el humo de los incendios que recorrían aquella ciudad, vio a docenas de dragones plateados.