Sílfhades
A lo lejos, unas extrañas aves surcaron el cielo en su dirección.
Tenía la vista mal, así que tardó en percatarse del tamaño de aquellos seres alados.
Contó al menos veinte, y volaban en formación circular.
¿Qué eran? Las risas de los niños se apagaron, la ciudad se sumió en un perturbador silencio.
Las campanas tiñeron entonces un canto tenebroso de advertencia.
Euren retrocedió unos pasos mientras la taza caía de sus manos y se hacía añicos.
No podía ser cierto. ¿Era real lo que veía?
Alcanzaron la ciudad y volaron en círculos alrededor del centro.
La gente gritaba aterrorizada mientras él se quedaba paralizado.
Alguien, quizás algún soldado, ordenaba que buscaran refugio.
Euren no podía apartar la mirada de las criaturas de cuerpos robustos y afiladas garras.
Las escamas brillaban con las luces de las lunas.
Eran dragones, bestias sacadas de antiguas leyendas.
Euren observó la ciudad, la silueta de los edificios, las amplias avenidas y los hogares que se perdían entre los árboles y que ahora se veían amenazados. Veinte mil personas vivían allí.
Al cabo de un rato, el caos comenzó a remitir y Euren suspiró con cierto alivio. No parecía que vinieran a atacarlos. Muchos se subieron a los tejados de sus casas para poder contemplar mejor a las bestias legendarias.
Volaban en círculos, formando un vórtice plateado en el firmamento.
La elegancia de sus cuerpos y la hermosura de sus alas tenían hipnotizada a la gente.
Costaba dejar de mirarlos. Los niños del hospital habían abandonado sus camas para asomarse a las ventanas.
Euren alzó la cabeza al cielo, sobrecogido ante el espectáculo que ofrecían aquellas criaturas.
De repente, algo cambió: todas se reunieron sobre el centro de la ciudad y emitieron un único alarido, un rugido siniestro que hizo retumbar la piedra del edifico.
Euren cayó hacia atrás sin poder apartar la mirada.
Un rayo luminoso salió de cada una de las fauces de los dragones.
Al impactar con la superficie generó un estadillo que irrumpió en un fuego atroz.
Las llamas se extendieron por las calles, consumiendo todo a su paso.
El médico contuvo el aliento un segundo antes de que aquella abrasadora luz lo alcanzara y deshiciera sus huesos y su piel.
Nadie pudo escapar de las poderosas lenguas de fuego.
Los dragones continuaron incendiando la ciudad, reduciéndola a cenizas.
Sílfhades se convirtió en un amasijo de roca y cuerpos abrasados.
No había lugar al que huir o en el que esconderse.
El poder de las criaturas destruía todo a su paso, cada casa, cada árbol, cada rincón.
La gente moría en sus hogares y fuera en las calles, convertidos tras la extinción de las llamas en trozos de hielo.
La escarcha comenzó a cubrir toda aquella destrucción, y el viento levantó el polvo blanco que se desprendía de los cadáveres.
Las llamas se alzaban implacables, iluminando la noche. Sílfhades quedó reducida a cenizas en poco tiempo, sin haber tenido la oportunidad de oponer resistencia siquiera. El tañido de las campanas se detuvo y los gritos de los inocentes se apagaron al mismo tiempo que sus vidas.
Un desgarrador silencio se apoderó de aquel lugar. Todo allí acababa de morir.