Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Marial-Pat
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Marial-Pat

Gastor se retiró un instante de la lucha para recuperar el aliento.

Estaba desolado. Un enjambre de dragones hambrientos de muerte sobrevolaba la zona para atrapar a sus soldados, en especial a los arqueros.

Los apresaban entre sus garras y luego los dejaban caer desde las alturas.

El sonido de las armaduras al chocar contra el suelo o algún edificio ya en ruinas le helaba la sangre.

Los kalastys ganaban terreno, adentrándose en la ciudad poco a poco, y empujándolos a ellos hacia el interior.

El cielo nocturno estaba cubierto por el denso humo de los incendios.

Arremetió de nuevo contra sus enemigos, protegió a Beres de un atacante y le rebanó el cuello con la espada.

Le quitó la lanza al cadáver y la arrojó hacia uno de los kalastys contra los que Candor combatía; le atravesó la cabeza de sien a sien.

Siguió luchando, propinando golpes, cercenando extremidades y atravesando gargantas.

La sangre lo cubría por completo, pero no era suficiente para aplacar su ira.

Los dragones continuaban masacrando a los civiles mientras ellos trataban de repeler a los kalastys.

Una sombra planeó sobre él y se lanzó a la derecha para esquivar la garra de una criatura.

Se llevó a uno de sus soldados en su lugar.

—¡Arqueros! ¡Disparad! —ordenó el general.

Las flechas atravesaron las alas del dragón, que perdió altura con rapidez y se estrelló contra el suelo.

Gastor corrió a su encuentro, saltó sobre el cuerpo de la criatura y atravesó el ojo derecho atravesándole la cabeza con la hoja de acero.

De su boca abierta salió un líquido denso y blanco que acabó embadurnando el suelo.

El general contempló perplejo cómo la roca comenzaba a fundirse como mantequilla.

Se apartó de inmediato por temor a que lo alcanzara.

—¿Qué cojones es eso? —preguntó Candor casi sin aliento por el cansancio.

—Quién sabe… Quizá sea lo que alimenta su fuego —Se pasó la mano por la frente para limpiarse el sudor—. ¡Malditas bestias!

Candor y Gastor arremetieron a la vez contra el grupo de kalastys que se les echaba encima.

El norteño bramaba con cada estocada, su espada de hoja ancha destrozaba a sus enemigos golpe a golpe.

Otra criatura trató de apresar al general, y este tuvo que tirarse al suelo y rodar sobre la sangre de sus enemigos para esquivar las potentes garras.

Al ponerse en pie, recibió un ligero corte en el muslo derecho, se volvió con rapidez y detuvo la espada de un kalasty.

Le propinó una patada en la rodilla y, cuando las armas se separaron, Gastor cortó el brazo del soldado. Se vio rodeado enseguida por cinco más.

Giró el arma en su mano mientras evaluaba la situación y sintió a su espalda a los soldados que lo seguían.

Beres apareció a su lado. Un arquero derribó a uno de sus enemigos y Gastor aprovechó el momento para atacar.

Fue implacable con ellos. No pensaba morir tan fácilmente, antes acabaría con los malditos kalastys.

El líder de los gaeshan observaba la cruda batalla desde una de las torres adheridas a la muralla.

Los dragones caían en picado hacia los combatientes mientras los kalastys trataban de entrar en la ciudad y hacerse con ella.

Esperaba que Gastor fuera capaz de repelerlos.

Bajo sus pies aguardaban cincuenta de sus pequeños soldados, todos cubiertos con fulares y preparados para la lucha.

No quería desperdiciar sus fuerzas, pero tampoco podía permitir que la ciudad cayera.

Caminó por la pasarela para tener mejor visión de una de las avenidas principales.

Un torrente de personas corría por ella en su intento de alcanzar el túnel de palacio.

Dos dragones descendieron su vuelo y planearon sobre la muchedumbre que ahora gritaba aterrorizada.

Los niños caían al suelo, pisoteados por los adultos que huían despavoridos.

El pánico se apoderó de todos ellos. Los dragones abrieron sus enormes fauces y lanzaron aquellos rayos blanquecinos que al impactar contra el suelo estallaban en llamas.

Recorrieron la avenida, arrasando con cada humano que encontraron a su paso.

Las llamas engulleron a la gente convirtiéndola en cadáveres irreconocibles, duros como rocas y fríos como el hielo.

El gaeshan tuvo que apartar la mirada de aquella luz brillante.

De su boca escapó un espeso vaho y sintió el gélido aire cortando su piel.

Una cortina de polvo blanco se desprendía de los cuerpos y el aire la arrastraba impregnando la ciudad de muerte.

El gaeshan alzó el brazo hacia las criaturas y bramó con todas sus fuerzas.

Sus soldados respondieron a la vez, encolerizados y dispuestos a dar su vida por él.

Poseían dos carros de combate armados con arpones hechos con acero dárico.

Eran el orgullo del gaeshan, reliquias heredadas del pasado.

Objetos robados, sin duda. Apuntaron con ellos a los dragones y dispararon.

Las enormes saetas surcaron el cielo nocturno y solo una de ellas acertó en su objetivo, pero atravesó el vientre del dragón.

La bestia cayó entre bramidos lastimeros.

La otra se dispuso a escapar. Los gaeshan armaron de nuevo los robustos mecanismos y comenzaron a empujar los carros.

Era el momento de abandonar las sombras, de mostrar al mundo quiénes eran. Derribarían a cuantos dragones se les pusieran a tiro.

Las débiles flechas no abatían a los dragones, pues sus escamas eran duras como el acero, y muy pocas lograban acertar en las alas para hacerlos caer.

Kishur había contemplado el lanfe de aquellas criaturas, tan blanco como el fuego que escupían de sus bocas.

Juntos eran como una marea luminosa que cubría el cielo, tan cegadora y atrayente que al dárico le costó un gran esfuerzo dejar de mirar.

Los dos hajaeks y él habían alcanzado la entrada del túnel marcado por Quiazz.

Un centenar de soldados lo custodiaban mientras la gente accedía al mismo a la carrera para huir de la ciudad.

Las calles se habían convertido en un hervidero de personas desesperadas por salir de allí, lo que a su vez atraía a los dragones que lanzaban sus rayos y calcinaban a todo hombre, mujer o niño que encontraban a su paso.

A ese ritmo, Marial-Pat caería en pocas horas.

Los vargums estaban dentro del túnel, atados a uno de los barrotes de la entrada abierta, pero ellos aguardaban en la plaza, apenas resguardados por unos pocos árboles.

—Están tardando demasiado —murmuró Ádria con impaciencia.

Eltsay y Ghiro aún no habían llegado y no se marcharían sin ellos. El hajaek caminaba inquieto de un lado a otro, con la espada en la mano y una mirada feroz. Cada cierto tiempo dirigía sus ojos hacia las dos altas torres. Parecía debatirse entre quedarse o ir en busca de Quiazz.

El cielo volvió a iluminarse con las potentes llamas blancas de los cinco dragones que sobrevolaban ahora el centro de la ciudad.

Los alaridos recorrieron las calles, y la gente que en ese momento cruzaba la plaza hacia el túnel aceleró su carrera.

Los niños lloraban en brazos de sus padres mientras los soldados los instaban a darse prisa.

Pero aquella solo era una parte ínfima de toda la población de Marial-Pat; la mayoría no lograría llegar hasta ese lugar.

Las criaturas emitieron un potente berrido tan penetrante que todos, sin excepción, tuvieron que cubrirse los oídos.

Kishur sintió que aquel sonido cavernoso le perforaba los tímpanos.

Un instante después, otro grupo escupió fuego justo donde debía encontrarse la batalla contra los kalastys.

—Ádria —lo llamó Kishur con la vista prendida en el firmamento—. Mayara y yo nos quedamos aquí a esperar a los demás. Quiero que tú vayas a esa torre y saques al chico. Hazlo a la fuerza si es necesario.

—Mi lugar está a vuestro lado —afirmó el hajaek con el ceño fruncido.

—Bien. Pues busca a tu protegido y tráelo contigo.

Nos acompañará. —No era el momento para decírselo, lo sabía, pero dudaba que hubiera alguno propicio—.

Me temo que ese joven es el portador de muerte, la llave de Zahel.

—Ádria lo miró atónito, sin creer lo que Kishur decía—.

Ahora no hay tiempo para explicaciones. Si la batalla sigue este curso, Marial-Pat no resistirá.

Y no podemos permitir que muera. Apresúrate.

No necesitó más para marcharse: lanzó una larga mirada a Mayara, a la que ella respondió con una sonrisa, y se alejó a toda velocidad.

La dárica lo observó hasta que este se hubo internado en una callejuela.

Los dragones continuaron con sus desagradables balidos y Kishur se llevó las manos a las sienes.

El sonido era cada vez más intenso. Dos descendieron hacia la ancha avenida y el pánico se propagó entre la gente.

Atraparon entre sus garras a cuantos soldados encontraron a su paso.

Los gritos de los pobres desgraciados se perdieron en el aire cuando las criaturas se dirigieron a las alturas de nuevo.

Ellos dos se resguardaron bajo los árboles, sin perder de vista el cielo.

El fuego volvía a brillar en el horizonte, no demasiado lejos de allí.

Kishur comenzó a preocuparse por Ghiro y Eltsay.

Los kalastys también habían entrado por el acceso del río con ayuda de un centenar de barcas.

Las naves se amontonaban a la deriva. Eltsay estaba subido a un tejado y buscaba una salida en aquel laberinto de edificios derruidos.

Desde allí podía ver la encarnizada lucha entre humanos y kalastys.

Cientos de espadas chocaban unas contra otras, cortaban miembros, desgarraban gargantas, partían cabezas.

La sangre descendía como un torrente por las calles en dirección al Hicama.

El rugido de la lucha era ensordecedor. Los kalastys tenían desventaja numérica, pero contaban con los dragones.

El joven se agachó cuando percibió la sombra alada sobre su cabeza.

Contempló cómo se dirigía hacia un grupo de arqueros bien pertrechado en la muralla.

Estos lanzaron sus flechas, pero tan solo unas pocas atravesaron las alas de la criatura y solo lograron hacerla cambiar de dirección.

Un instante después, otras dos escupían rayos sobre ellos y los calcinaban sin compasión.

Eltsay bajó del tejado y se reunió con Ghiro en el callejón. El anciano tenía mal aspecto, le costaba respirar y apenas lograba avanzar sin perder el resuello.

—Tenemos que dar la vuelta, no hay ningún camino libre hacia delante —informó con resignación—. Estamos demasiado cerca de la liza, debemos irnos antes de que nos alcance. Los humanos van perdiendo posición.

—Ya… —Fue cuanto dijo el anciano mientras se agarraba las costillas. Eltsay lo miró con pesar—. ¿Desde cuándo me he convertido en semejante carga?

—Jamás vuelvas a decir algo así —le recriminó el joven.

Pero el anciano lo sentía de ese modo. Ya había intentado, sin éxito, que Eltsay se marchara solo en busca de los demás.

El hajaek no estaba dispuesto a dejarlo atrás.

Ghiro tomó aire despacio y se separó de la pared; continuaría hacia delante mientras le quedaran fuerzas.

Sabía que su señor no le perdonaría caer tan fácilmente.

Siempre creyó que moriría luchando, pero era incapaz de empuñar la espada.

Los dos se encaminaron por la callejuela, ignorando el furor de la batalla.

Oyeron pasos apresurados sobre sus cabezas y, de repente, dos kalastys saltaron desde el tejado.

Estos se sorprendieron al verlos, ya que debieron haber supuesto que eran humanos.

Fuera de la angosta calle se inició una escaramuza entre humanos y kalastys.

Eltsay desenvainó la espada y atacó veloz.

El hajaek giró sobre sus talones y atravesó la garganta de su primer oponente.

Levantó el brazo para detener el arma del otro enemigo y su armadura la repelió sin esfuerzo.

Combatieron en ese angosto pasaje, Eltsay avanzando siempre hacia la salida, empujando al kalasty con cada golpe.

Al final, atravesó el torso del soldado desde la axila y lo estampó contra la pared.

—Vienen más, debemos darnos prisa —dijo al oír los pasos a lo lejos.

Ghiro asintió despacio. Él ya no era capaz de percibir el peligro ni de luchar con tanto vigor como acababa de hacer el hajaek. Al menos esperaba ser capaz de aguantar el tiempo suficiente para reunirse con los demás. Era cuanto deseaba.