Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Alviat
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Alviat

El punto débil que Alhanna había dejado en la muralla había sido obstruido con piedras, y los dos mil kalastys que tenían frente a ellos no eran rivales para los dáricos.

Pero entonces, ¿por qué Borat sentía aquella ansiedad martilleándole dentro del pecho?

¿Por qué los hajaeks sudaban a pesar del frío?

Algo se acercaba a ellos, algo que desconocían pero que podían percibir en sus propias entrañas.

Borat esperaría a que los kalastys dieran el primer paso, no alejaría a sus soldados de la muralla.

Su inquietud creció y notó cómo se le cortaba el aliento.

El comandante de los arqueros fue el primero en dar el aviso para que todos miraran al cielo.

Lo que parecía una bandada de pájaros en la lejanía se convirtió poco a poco en algo más terrible.

—Que se preparen los endómicos —ordenó Borat a uno de los capitanes mientras contemplaba aquella nube gris acercándose a ellos—. ¡Que se preparen todos!

Los kalastys lanzaron entonces un atroz grito de guerra.

El general se giró hacia la ciudad para comprobar con urgencia cómo los endómicos se posicionaban junto a los arqueros.

Todos lucían sus regias togas y capuchas negras con las que se ocultaban ante los ojos de los demás.

Borat lamentaba necesitarlos, pues la mayoría moriría en cuanto usaran la endomia, pero era lo único que podría hacer frente a las criaturas que surcaban el cielo.

Mantuvieron la posición cuando los dragones grises llegaron y comenzaron a planear en círculos sobre ellos.

Eran unas bestias hermosas, pero igual de temibles.

Los hajaeks quedaron tan impresionados al verlos que algunos rompieron la formación sin darse cuenta.

Los kalastys iniciaron su avance en ese momento.

Borat deseó tener al dárico gris a su lado más que nunca.

Desenvainó la espada y la alzó para que todos pudieran verlo.

—¡Luchad sin derramar vuestra sangre! —bramó Borat con todas sus fuerzas—. ¡Luchad por Alviat!

En respuesta, los hajaeks golpearon al unísono los pertrechos de sus armaduras con los puños enguantados en acero.

Los kalastys aceleraron su carrera y Borat se adelantó seguido por los suyos.

Arqueros y endómicos se prepararon para el inminente choque.

Pero, antes de que eso sucediera, media docena de dragones abandonaron la formación y volaron hacia la muralla.

Borat no tuvo tiempo de dar el aviso, todo sucedió muy rápido.

Las criaturas abrieron sus fauces y escupieron unos rayos cegadores que enseguida estallaron en llamas blancas.

Estas arrasaron parte de la construcción, y los gritos espeluznantes de los que quedaron atrapados en aquel fuego brillante le pusieron los pelos de punta.

Cuando las llamas se extinguían solo quedaba un frío mortecino, como si el fuego hubiera consumido cualquier rastro de calor.

Una densa escarcha recubría los escombros y los cuerpos carbonizados que se endurecían hasta parecer témpanos de hielo.

Borat se quedó sin aire, sintió cómo el mundo temblaba bajo sus pies.

Cerró los ojos un instante y al abrirlos lo hizo con determinación.

Dejaría a los dragones en manos de los endómicos.

Corrió hacia el enemigo seguido de los hajaeks.

Los aceros chocaron con fiereza. El general abatió a su primer contrincante con tan solo una estocada; su espada perforó casi sin esfuerzo la armadura de su enemigo.

A su alrededor, la sangre de los kalastys comenzaba a teñir el valle de rojo.

El siguiente oponente presentó más batalla, pero tampoco era rival para él.

Borat fue arremetiendo contra unos y otros, avanzando paso a paso en una línea casi perfecta con sus hajaeks.

Alejarían al enemigo todo lo posible de la ciudad; quizá los dragones se mantuvieran también a cierta distancia de Alviat.

Si aquella veintena de criaturas decidía lanzar su fuego contra los hogares, muchos dáricos morirían calcinados dentro de sus casas.

Pensó en su propia familia y eso logró enfurecerlo aún más.

Atravesó el pecho de un kalasty y la sangre salpicó su rostro.

—¡Luchad! —volvió a gritar el general, imponiéndose al ensordecedor rugido de la batalla.