Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Marial-Pat #3
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Marial-Pat #3

Los dáricos habían contemplado con asombro la llegada de los dragones.

El fuego blanco hizo estallar las gigantescas puertas y los barrió por completo.

El vargum de Ghiro se puso a dos patas y derribó al anciano.

Eltsay saltó de su montura para ayudarlo, pero justo en ese momento una enorme piedra rodó entre dos edificios y cayó en su dirección.

El joven arrastró al anciano y la roca quedó en medio de la calle, dividiendo el grupo.

Eltsay se apresuró a comprobar que Ghiro no hubiera sufrido daño alguno, y oyó a su señor maldecir al otro lado.

—¿Os encontráis bien los dos? —preguntó Kishur.

—¡Solo estamos llenos de polvo! —Eltsay ayudó a Ghiro a ponerse en pie. Sus vargums habían quedado junto a los otros.

Miraron hacia ambos lados y comprobaron que no tenían forma de cruzar.

Eltsay sabía que escalar no era una opción para el anciano, ya le costaba siquiera permanecer de pie.

Se había dado un buen golpe en el costado al caer del vargum.

Las últimas piedrecitas y la nube de polvo comenzaron a asentarse.

Todas las calles cercanas estaban igual de dañadas y bloqueadas.

—Maldita sea… —se quejó Ghiro con la mano en el lado derecho de su torso—. Me he debido romper alguna costilla. Vamos, sube por esa piedra y ve con los demás.

En ese preciso instante, los dragones alcanzaron la ciudad y cubrieron el cielo sobre sus cabezas. La horda emitió un graznido ronco y espeluznante mientras los sobrevolaban en círculos.

—¡No podemos quedarnos aquí! —les gritó Kishur—. ¡Buscad otro camino hacia el túnel! ¡Nos encontraremos allí!

—¡De acuerdo! —respondió Eltsay.

Tendrían que encontrar el modo de salir de aquel lugar.

Al menos sus vargums habían quedado a salvo junto a sus compañeros.

Consciente de que quedarse quietos era mala idea, Eltsay condujo al anciano hacia el lateral de un edificio y esperó paciente a que se recompusiera de la caída.

Aquella roca había estado a punto de aplastarlos.

Miró al anciano con preocupación; no podía perderlo.

Lo llevaría a cuestas hacia el túnel si era preciso.

Gastor observaba la destrucción causada por aquellas terribles criaturas.

Volaban igual que un enjambre rabioso sobre la ciudad, expulsando de sus gargantas una serie de balidos que enturbiaban la mente.

Los soldados que lo rodeaban aguantaban estoicos, pero Gastor había reparado en que alguno se había orinado encima. Candor se encontraba a su lado.

—¿Cómo cojones vamos a luchar contra esos bichos? —preguntó el norteño.

—Con flechas y fuego, con todo lo que tengamos —le aseguró Gastor.

Esperaba que fuera suficiente. Miró entonces hacia la torre de Gabara con la esperanza de que las criaturas no se acercaran a ella. Deseaba con todo su ser que Quiazz estuviera a salvo y pudiera ver un nuevo amanecer. Quizás él no lo consiguiese.

—¡Arqueros! —gritaron los comandantes al unísono.

Las flechas prendidas en llamas comenzaron a iluminar las pasarelas de la muralla a medida que la noche se cernía sobre la ciudad.

Los dragones emitieron un alarido ensordecedor.

Cinco de ellos se separaron del grupo y fueron hacia las dos puertas peatonales.

Gastor contuvo el aliento al intuir lo que trataban de hacer.

Gritó con todas sus fuerzas para que los soldados dispararan a las criaturas.

Las saetas surcaron el cielo como diminutas estrellas fugaces, pero las duras escamas de los dragones las repelieron. Estos lanzaron sus mortíferos rayos hacia las puertas y las derrumbaron igual que si fueran de arena. La llamarada blanca alumbró la oscuridad.

La luz cegadora dañó nuevamente los ojos a Gastor.

La muralla tembló bajo los pies del general y una parte de ella se vino abajo: muchos soldados perecieron al instante, aplastados entre las rocas.

El polvo lo cubría todo, pero Gastor trató de mantener la calma mientras se asentaba.

Cuando los hombres se hubieron recompuesto, contemplaron cómo los kalastys sobrepasaban las ruinas para entrar en Marial-Pat. Todas las defensas acababan de caer.

Gastor veía ante sus ojos como su mayor temor se hacía realidad.

Apuntó con la espada en dirección a sus enemigos y percibió a su espalda el mismo movimiento en Candor y el comandante Beres.

Los soldados se prepararon para el ataque.

El general lanzó un grito de guerra que todos los hombres secundaron.

No permitirían que la ciudad cayera tan fácilmente, por mucho que fueran criaturas del mundo inmortal lo que estaban enfrentando.

Los humanos se precipitaron hacia los kalastys antes de que estos terminaran de entrar, mientras que los arqueros continuaron lanzando flechas.

Gastor sintió el primer impacto con rabia.

Arremetió con fuerza y atravesó el gaznate de su contrincante.

Un dragón descendió a pocos metros del suelo y pasó cerca de él para atrapar a dos arqueros con sus garras. Luego ascendió y los arrojó al vacío.

El miedo recorrió el cuerpo de Gastor, pero lo confinó en un rincón de su mente. No tenía tiempo para dudas, era el momento de luchar. Ninguna diosa acabaría con ellos.