Marial-Pat #2
—¿No te contaron que asesiné a tu madre?
—Quiazz abrió mucho los ojos por la sorpresa—.
Esa mentira debería haber sido suficiente para mantenerte alejado.
Para que no intentaras buscarme. Sé que espiabas mis visitas al holeoj, cuando llevaba libros y me interesaba por ti.
Siempre lo hacías desde la torre oeste del recinto.
Cuando me ordenaron partir en misión con mi señor, supe que debía olvidarme de ti. Y pensé que era lo mejor.
—¿Por qué molestarte entonces en que conociera vuestra historia? —preguntó.
—Porque hubo un tiempo en el que pensé qué podría ir a buscarte, y quizá viajar por el mundo para mostrártelo. —El dárico había bajado la voz—. Sin embargo, tuve que elegir entre la lealtad hacia mi rey y un niño humano que complicaría mi vida.
—Por eso la carta que Dastan escribió antes de morir y que yo traje a mi padre aseguraba que un dárico había asesinado a mi madre.
Querías apartarme, pero lo único que lograste fue alterar la vida de Zaraen.
—Quiazz intentaba controlar la rabia—. Yo jamás creí lo que la carta decía, pero mi padre odió a vuestra raza con todas sus fuerzas y, si tomó la decisión de perseguir a la endómica, lo hizo para impedir que la usarais contra nosotros. Todo esto comenzó contigo.
—Si prefieres hacerme responsable de las decisiones que ese necio tomó, hazlo. —El dárico se dispuso a marcharse por segunda vez.
—Di por hecho que si volvía a verte tendría respuestas sobre mi pasado.
—Quiazz sonrió con amargura—. Supongo que ya no importa.
Espero que logréis salir por ese túnel que os he señalado.
Mi padre tenía más razón de la que yo le otorgaba; a los dáricos no os importamos en absoluto.
—Le mantuvo la mirada al dárico. Ádria no reaccionó, y el joven comprendió que ya no les quedaba nada por decirse.
Uno de los escoltas se acercó a ellos con el caballo.
—Ya deberíais estar en la torre de Gabara —le reprochó.
—Mientras otros luchan por salvar Marial-Pat, yo he de esconderme. Imagino que no volveremos a vernos —dijo Quiazz aun mirando al dárico—. Adiós.
No esperó una respuesta, y tampoco la quería.
Fue hacia su caballo y montó en silencio.
Aguantó las ganas de gritar de rabia y frustración.
Se obligó a no volver la mirada, por orgullo.
En ese momento se alegró de haberse deshecho de la maldita daga.
Pero entonces recordó que era un dárico. Nunca debió esperar nada de él.
«Su rey es más importante que yo», se dijo. Y sintió una profunda tristeza.
Ádria aguardó allí de pie mientras el chico desaparecía.
Apretó los puños y cerró los ojos un instante para recuperar el control de sus emociones.
No podía dejarse llevar, tenía que deshacerse de esa ansiedad que golpeaba su pecho.
Eltsay abandonó una de las calles contiguas y caminó hacia él.
Imaginó que habría oído la conversación, al igual que todos en la posada.
—¿Por qué has hecho eso? Puede que no vuelvas a verlo —le dijo Eltsay.
—No es asunto tuyo —le reprochó el hajaek. Luego suspiró y se pasó una mano por la nuca—. La rabia hacia mí le ayudará a olvidarme.
—¿Acaso tú olvidaste a los que asesinaron a tu madre y a tu hermana?
La rabia es lo que nos mantiene en pie cuando ya no queda esperanza.
—Las palabras de Eltsay le sorprendieron—.
Ese chico no va a olvidarte, solo has conseguido que te guarde rencor.
Le has hecho creer que no te importa en absoluto, cuando en realidad te estás debatiendo entre salir corriendo tras él o entrar en la posada con el mapa.
Eltsay lo miró un instante antes de pasar por su lado y acceder al edificio.
Ádria aguardó un poco antes de seguirlo, se había quedado congelado.
Se maldijo por haber interferido en la vida de Quiazz, nunca debió ir a aquella cabaña para tomar venganza.
«Pero entonces Quiazz estaría muerto», se dijo con pesar.
Le había prometido a su madre que lo salvaría y ahora estaba dispuesto a irse sin mirar atrás.
Al entrar en la posada todos lo contemplaron en silencio.
—Ya he tomado una decisión y no pienso cambiarla —anunció Ádria, y tendió el rollo de papel a Ghiro.
Kishur lamentó que el hajaek no pudiera escoger a Quiazz.
Lo abandonaba, como él mismo había hecho con Alhanna.
¿Cuánto tardaría en arrepentirse? Ghiro atrajo su atención cuando extendió el mapa sobre la mesa.
Todos se inclinaron sobre él. Tenía una marca hecha a carboncillo que señalaba el túnel que se encontraba junto al palacio. No quedaba lejos.
—Partimos de inmediato, recoged lo que necesitéis —les ordenó Kishur.
—Abandonemos esta ciudad cuanto antes. —Ghiro prendió el papel con una de las velas encendidas de la barra—. Y mejor que esto no llegue a las manos equivocadas.
Los hajaeks dejaron la posada a toda prisa para buscar a los vargums en el establo. Kishur y Ghiro salieron también. El eco de los tambores llegaba hasta ellos.
—¿Crees que la dama roja vendrá? —preguntó el anciano con preocupación.
—No me cabe duda. —Kishur se llevó la mano al abdomen al recordar como ella lo rajó con sus garras—. La próxima vez que me enfrente a ella no sobreviviré, estoy seguro. Esa maldita no me dejará en paz hasta verme muerto.
—Siempre habéis estado involucrado con inmortales… —comentó Ghiro.
No supo interpretar si aquellas palabras eran un reproche.
Montaron en los vargums y se dirigieron hacia el palacio con la esperanza de no encontrar demasiados obstáculos.
En ese preciso momento, los tambores se detuvieron y a la inquietante melodía la reemplazó el grito de guerra de cientos de kalastys.
Las campanas de Marial-Pat volvieron a replicar, esta vez con mayor premura. La batalla había comenzado.
Quiazz dejó el caballo en el puente y miró hacia las puertas de Gabara.
Los capas negras custodiaban la entrada, esperando a los últimos rezagados como él.
Quiso asomarse por la barandilla de piedra, contemplar Marial-Pat mientras siguiera en calma.
¿Cómo sería al amanecer? ¿Y al cabo de unos días?
El rugido de los kalastys le heló la sangre.
Quiazz entrecerró los ojos para contemplar el horizonte.
Los colores rojizos del atardecer se arrojaban sobre el Hicama, y los barcos se mecían lentos sobre sus aguas.
El corazón comenzó a latirle con fuerza y levantó el brazo para señalar aquello que sus ojos contemplaban.
—Dragones —susurró sin aliento.
Los soldados se giraron al oírlo. Quiazz se quedó helado, petrificado en el sitio.
Se sintió igual que las estatuas de aquellas hermosas mujeres que guardaban el puente.
No era una tormenta lo que se cernía sobre la ciudad: eran dragones.
Dragones plateados sacados de las más antiguas leyendas de los dáricos, criaturas que volaban hacia la ciudad batiendo sus alas y rugiendo al son de los vítores de los kalastys.
Estaban lejos, pero tres de ellos acababan de llegar donde se encontraban los barcos.
Quiazz se agarró a la barandilla. Uno de los dragones alcanzó el epicentro de la ciudad y la sobrevoló cerca del puente.
Era una criatura hermosa: su cuerpo se asemejaba al de un reptil, como una enorme serpiente con el abdomen redondeado.
El joven era incapaz de apartar la mirada del dragón y de las escamas que brillaban como espejos.
La criatura alada rugió abriendo la enorme boca y mostrando las tres hileras de colmillos.
Se marchó hacia los barcos para reunirse con los otros dos que sobrevolaban la zona.
El resto se acercaba; debían ser al menos cuarenta.
Uno de los escoltas volvió a tirar de su brazo, pero Quiazz no podía moverse.
Los tres dragones volaron en círculos sobre las puertas que cerraban el acceso a la ciudad por el río.
Emitieron un rugido desgarrador y de sus bocas brotaron unos rayos que cegaron de inmediato al joven y a todos los que osaron contemplarlos.
Cuando aquellos relámpagos entraron en contacto con las puertas, estas comenzaron a arder bajo un fuego blanquísimo.
La explosión redujo el imponente acceso a cascotes gigantes de roca que se precipitaron sobre algunos de los barcos cercanos y parte del muelle de la ciudad.
El agua del Hicama produjo ondulaciones que arrastraron las naves y las hicieron zozobrar.
—¡Noooo! —gritó el joven en medio de aquel estallido. Intentó correr, pero lo agarraron con fuerza—. ¡Soltadme! ¡Debo ir con el general!
Los escoltas lo sujetaron de brazos y piernas mientras Quiazz intentaba zafarse.
El puente temblaba. Lo arrastraron hacia la torre y lo obligaron a entrar antes de que los soldados clausuraran las puertas.
Quiazz las golpeó con los puños y se arrodilló sin preocuparse de la gente que había allí dentro.
El Galaef acudió a su lado y le puso una mano sobre el hombro.
El joven sintió una profunda desesperación.
Nunca podrían vencer a los dragones. Marial-Pat estaba condenada a caer.