Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Marial-Pat
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Marial-Pat

Quiazz caminaba intranquilo por el cuartel mientras lo seguían los dos escoltas que no le quitaban los ojos de encima.

Gastor le había concedido permiso para entrar a su despacho y llevarse uno de los mapas con los túneles.

Una vez se lo entregara a los dáricos, iría a la torre de Gabara, tal como le había ordenado el general.

Reparó en los hombres que habían acudido a la llamada de Gastor, en la forma en la que tomaban por primera vez un arma, en el miedo reflejado en sus rostros.

Muchos acababan de alcanzar la adolescencia y otros eran demasiado ancianos para mantener la espalda erguida.

Pero allí estaban, dispuestos a luchar por sus familias.

A lo lejos, pudo ver al comandante Beres infundiendo valor a los recién llegados.

Lo más veteranos mostraban a los jóvenes como levantar el arma, como bloquear un ataque y como asestar un golpe.

Quiazz sintió un repentino escalofrío, convencido de que nada de aquello les serviría cuando tuvieran al despiadado enemigo frente a ellos.

Un chico que no debía tener más de quince ágaras dejó caer la espada a su lado. Quiazz lo ayudó a levantarla y el arma le pareció algo grotesco entre sus manos. De pronto, varios hombres se acercaron a él y uno de ellos se detuvo a unos pasos de Quiazz.

—Si fuerais el rey, habríais ordenado que huyéramos, ¿verdad? —le preguntó a Quiazz, tomándolo por sorpresa—. Mi esposa quiso refugiarse en las Óleas como la gente de extramuros, pero no le hicimos caso. Y ahora me arrepiento.

—No estoy seguro de que exista un lugar en el que podamos estar a salvo de la batalla que se avecina. —Quiazz volvió a pensar en la diosa Lumiatz—. Debemos confiar en el general y estar más unidos que nunca. Si fuera el rey, os pediría que no perdáis la esperanza.

Quiazz los dejó allí y se apresuró a entrar en el edificio.

Le temblaban un poco las manos, ¿quién era él para dedicarles semejantes palabras a aquellos hombres?

Ni siquiera iba a participar en la lucha.

La tensión de los soldados con los que se cruzaba era casi palpable.

Todos se mantenían a la espera; una prolongada y tortuosa espera.

Al entrar en el despacho de Gastor se encontró con Oxa. El hermano de la chica dormía enroscado en el sillón. Ella lucía su indumentaria oscura con orgullo y lo cierto era que le quedaba muy bien. Parecía más fiera que la primera vez que la vio.

—Llevo rato esperando que vinieras a por el maldito mapa. Ya debería estar en mi puesto —dijo Oxa con disgusto mientras se cruzaba de brazos—. El general me ha ordenado que me encargue de ayudar en la evacuación. Al parecer, no confía en que pueda luchar como cualquiera de mis compañeros.

—No creo que se trate de eso, si así fuera no habría permitido que entraras en el ejército. —Quiazz localizó el mapa enrollado sobre la mesa y lo cogió.

—Lucharé de todos modos —afirmó ella con arrogancia—. No pienso obedecer.

—¿Y qué harás con tu hermano? —Quiazz señaló hacia el pequeño—. Ya no queda tiempo para que puedas llevarlo a un lugar seguro, si te encargas de la evacuación será más sencillo que lo mantengas a salvo a tu lado. No pienses solo en tu orgullo.

—¿Es qué tú harás caso y te esconderás en la torre? —preguntó Oxa con desdén.

Asintió con la cabeza como respuesta. Claro que obedecería a Gastor, no era tan ingenuo como para creer que podía combatir. Ni siquiera era capaz de empuñar un arma.

—No estoy seguro de como acabará todo y si tendremos una nueva oportunidad para hablar.

—Quiazz se giró hacia ella—. Quiero que te cuides de la familia Nel, porque sospecho que pueden estar detrás de las muertes y desapariciones de los hijos bastardos que mi padre estuvo buscando.

En la lista que hallé solo quedaba tu nombre.

Ya sé que no me tienes ningún aprecio, que por alguna razón me detestaste desde el primer día que nos conocimos, pero me gustaría que me hicieras caso en este asunto.

—Te equivocas, no te desprecio. Si no me hubieras buscado, jamás habría llegado hasta aquí y no formaría parte del ejército. Aunque influyeras de forma indirecta, estoy agradecida contigo —dijo la joven de forma atropellada.

—No esperaba oír esas palabras, pero me agrada saberlo. —Quiazz sonrió y fue hacia la puerta— Lleva de inmediato a tu hermano al túnel de evacuación.

Se marchó sin añadir nada más, con un nudo en la garganta. No quiso decirles adiós, porque despedirse sería admitir que no guardaba grandes esperanzas de que la ciudad se salvara.

Eltsay subió hasta la pasarela de la muralla.

Su señor lo había enviado para evaluar la situación.

Desde esa altura tenía una visión parcial del ejército de kalastys.

Los hombres aguardaban con una mezcla de impaciencia y temor.

Los kalastys acababan de alcanzar los accesos peatonales y se preparaban para el ataque.

Habían arrasado el campamento de refugiados sin obtener resistencia.

Los soldados humanos aseguraban que la mayoría había entrado en la ciudad en el último momento.

Habían abierto las puertas por orden del general durante un breve periodo de tiempo, pero ahora estaban selladas, sitiadas por los kalastys.

Cerca del río, el enemigo arrasaba las casas de extramuros.

El fuego devoraba los edificios y los reducía a cenizas a gran velocidad.

Los soldados apostados allí arriba callaban mientras contemplaban con impotencia la destrucción.

Eltsay caminó un poco entre ellos. Todos parecían preguntarse si Marial-Pat acabaría igual que aquellas chozas.

Algunos miraban al dárico con la esperanza de recibir una palabra suya, algo que avivara sus corazones ante lo que se avecinaba, pero Eltsay no deseaba mentirles.

El silencio se apoderó de ellos mientras los kalastys tomaban posición.

Eltsay observó la luz del atardecer cayendo sobre el Hicama. Los barcos se mecían sobre el agua, casi todos ellos abandonados por su tripulación.

Las campanas de las altas torres comenzaron a replicar. El caos se apoderó de las calles. La gente corría para ponerse a salvo en casa, y aquellos que no residían en la ciudad trataban de refugiarse donde se les proporcionara asilo.

Sacó el pañuelo de su bolsillo y acarició el delicado bordado de una hiedra.

Había sido el último regalo de su madre antes de morir.

Eltsay lo había usado de hatillo para las cenizas de Tottem.

Deseó que el arquero estuviera allí en esos momentos, lo extrañaba enormemente.

¿Se encontraría junto a Alfar en el mundo venidero?

Por un instante, quiso acompañarlos, volver a reír junto a ellos.

Unos tambores comenzaron a retumbar a lo lejos.

Eltsay corrió por la pasarela para tener una mejor vista de la puerta este.

Los instrumentos tenían un ritmo potente y parecían anunciar el comienzo de la batalla.

Al principio, todo quedó inmóvil, los soldados mantenían la vista prendida sobre los enemigos.

Los tambores restallaron con una fuerza abrumadora.

Eltsay decidió no demorarse más y corrió de vuelta a la posada.

Quiazz detuvo el caballo cuando alcanzaron la plaza, que estaba desierta.

Los guardias que habían custodiado la posada en la que los dáricos se alojaban ya no estaban allí.

Lo acompañaban los dos escoltas. Ellos se quedaron rezagados en sus monturas mientras el joven bajaba del animal.

Tomó aire mientras observaba el rollo de papel que llevaba.

Se pasó la mano por el pelo rebelde, recogido en una coleta de la que escapaban algunos mechones.

Lamentó no llevar encima la daga de acero dárico, y se preguntó si el hajaek se enfadaría por haber perdido un regalo de tanto valor.

El recuerdo de aquella chica llamada Val a la que había arrebatado la vida apartó sus dudas: no deseaba volver a matar a nadie, ni siquiera para salvarse.

También reparó en que su protector no tenía derecho a enojarse, pues no había mostrado la menor intención de buscarlo a pesar de habérselo prometido.

Justo en ese momento, la puerta de la posada se abrió. Quiazz aguardó paciente en mitad de la plaza. Tenía muchas preguntas para el dárico que acababa de salir del edificio.

—¿Buscabas a mi señor? —le preguntó Ádria antes de darle la oportunidad de hablar.

Quiazz tragó saliva, algo decepcionado. Llevaba mucho tiempo esperando ese momento, pero de pronto, se encontraba sin palabras. Se limitó a mirar el papel que sostenía bajo el brazo y se lo tendió sin más. El dárico lo desenrolló y lo observó un momento.

—Es un mapa con los túneles bajo la ciudad, he marcado el único que tiene el acceso abierto —explicó Quiazz de forma atropellada—.

Podréis usarlo para llegar a las Óleas sin encontraros con los kalastys, o eso espero.

Es también nuestra vía de escape si las cosas salen mal y tenemos que evacuar la ciudad.

—Deberíais haber evacuado ya. —El dárico se giró con intención de marcharse.

—Esperaba un poco de agradecimiento. —Quiazz levantó la mano que cubría con un guante de piel—. Mantener en secreto el conocimiento de los túneles me costó que un loco me triturara los dedos. Sabes de quién hablo, lo partiste en dos con tu espada en la montaña de los Moradores.

La máscara perfecta del dárico se rompió por un breve instante y mostró un rictus furioso. Un escalofrío recorrió la espalda de Quiazz.

—Cuando te apresaron creí que no volvería a verte. Pero ahora estás aquí, y pensé que me hablarías del pasado. Hay mucho que desconozco —dijo Quiazz.