Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Las Avíseas
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Las Avíseas

Pero Gaelos tenía miedo, uno visceral y tan antiguo como el tiempo. Si algo había aprendido con el paso de los siglos era que Osharan nunca perdonaba.

La diosa accedió al majestuoso castillo y recorrió los pasajes desiertos hasta los aposentos de Lumiatz.

Dentro, la madera ardía en la chimenea. La dama se encontraba en la terraza, sus manos aferraban la baranda y mantenía la mirada azul anclada en la fuente de cristal.

El aire zarandeaba el cabello suelto y el vestido dorado que lucía.

—¿Qué quieres, Gaelos? —preguntó sin volverse siquiera.

—Apelar a la razón una última vez con la esperanza de convencerte.

—Lumiatz se dio la vuelta y clavó en ellas sus afiladas pupilas—.

Jamás te traicionaría, siempre he estado de tu lado, incluso cuando luchabas para superar a Khaleria.

Intenté llevarme a Alhanna porque temía que le hicieras daño, pensaba esconderla hasta que te calmaras.

Perdiste el juicio aquella noche, casi acabas con la vida del dárico gris.

—¿Has venido para recordarme mi humillación? —Entró en la estancia y el aire se volvió más pesado.

—No. Me gustaría que entendieras que tu obsesión por él te ha enloquecido. No es culpa tuya, es de estas formas dáricas que nos hacen sentir y… —Se llevó la mano al corazón y apretó la tela del vestido en un puño—. En el pasado las cosas eran más sencillas.

—Hablas de locura, pero ¿qué significa eso realmente?

—Lumiatz ladeó un poco la cabeza y estiró los labios en una sonrisa torcida—.

Quiero recuperar mi antiguo hogar, quiero ver el mundo arder, quiero que todos supliquen mi clemencia, quiero que el Dragón se encolerice.

Y deseo que Kishur llore ante las cenizas en las que convertiré su mundo.

Gaelos sintió su corazón latir con fuerza.

A pesar de la energía que había usado para abrir las brechas a sus soldados, su hermana parecía más poderosa y temible que nunca.

Le recordó muchísimo a Khaleria y se dijo que podía tener el mismo final.

Aunque Osharan no tendría tanta consideración con Lumiatz.

—Alhanna tomó energía de la Jistar para acabar con nosotros. No debiste matar a esa mujer frente a ella —le recordó Gaelos con aprensión—. Ahora nos odiará.

—Ella no es más que un despojo de lo que fue Khaleria. ¡Quien la odia soy yo! —afirmó Lumiatz con fiereza—. Dejó morir a su propio hijo. ¡A Hagnak! Y aun así goza del favor del Dragón y de la protección del dárico gris. Incluso tú la antepusiste a mis deseos. Jamás pagará sus crímenes.

—Por favor… —intentó suplicar Gaelos.

Lumiatz le acarició el rostro y luego la tomó de las manos.

Desaparecieron juntas de la estancia y alcanzaron uno de los acantilados próximos a Marial-Pat.

El viento intentó arrastrarlas con su fuerza.

En el horizonte se dibujaron nubes grises mientras el atardecer alcanzaba aquel hermoso lugar.

Los edificios de la ciudad brillaban con la luz del sol.

El ejército de Lumiatz se encontraba apostado en ambas puertas, al este y al oeste.

—Quédate a mi lado y contempla mi victoria —le pidió Lumiatz.

No deseaba hacerlo, pero fue incapaz de soltar su mano.

Una sombra las alcanzó entonces: era Shanarás quien se les unía.

Los tres observaron la ciudad mientras el clamor de las campanas anunciaba la inminente batalla.

Gaelos sintió la muerte en el aire; casi podía percibir el olor de la sangre.

Pensó en Quiazz. Ahora ya no podría ir a salvarlo, Lumiatz no se lo consentiría.

Esa guerra traería consecuencias incalculables si el joven moría. O si lo hacía el dárico gris.

Pronto lo descubrirían.