El Hicama
La travesía desde el embarcadero de Sílfhades había resultado agradable.
En lugar de haber sido un estorbo como el capitán había asegurado tras conocerse, Litzzia acabó ayudando en algunas labores como recoger cuerdas y mantener la cubierta despejada de trastos.
De pequeña, solía fantasear con que su padre le permitía surcar el mar como capitana de su propio barco, pero eso jamás había estado a su alcance.
Puede que ahora tuviera la oportunidad, era libre para elegir quién deseaba ser.
Claro que, para poseer una nave y contratar una tripulación, no bastaba con desearlo.
Quizás algún día. Sonrió al pensar en ello.
Le dio el último bocado a la manzana y se incorporó.
Ya había descansado lo suficiente. Sus botas estaban polvorientas y la espada pesaba en su cintura.
Retomó el camino hacia la ciudad. Le sorprendía encontrarlo vacío, aunque las huellas de caballos y carretas evidenciaban que no hacía demasiado tiempo que había pasado gente por allí. El aire cortante tiraba de su capa.
Captó un movimiento entre los juncos del río y se llevó la mano a la espada. Era un simple pato de plumas negras. Lanzó un largo suspiro y rio un poco.
Entonces, una flecha surcó el aire y le rozó la pierna derecha.
Litzzia gimió de dolor mientras se lanzaba hacia un lado y se escondía tras el tronco de un árbol.
Su pulso se aceleró. Sentía la cálida sangre empapando su pantalón.
Una segunda saeta se incrustó en la madera del roble y la obligó a agacharse.
Localizó a su atacante entre la maleza, se encontraba a poca distancia, con ropas de tonos marrones: era un kalasty.
Se maldijo por haberse confiado, debería haber sido más precavida.
Vio cómo el soldado tensaba otra flecha.
Litzzia recogió una piedra del suelo, se adentró entre las zarzas espinosas sin reparar en los arañazos y lanzó el objeto a la cabeza de su enemigo.
Este logró esquivarla en el último momento.
Soltó el arco y se enfrentó a ella. Golpeó a Litzzia en el pecho con el puño y la dejó sin aire.
Ella rodó por la hierba y se incorporó de un salto a la vez que extraía la espada.
La adrenalina recorría sus venas. El kalasty detuvo su primer ataque con facilidad.
De reojo, vio a otros dos enemigos que corrían hacia ellos.
El kalasty paró su arremetida con el arco; tenía más fuerza que ella.
La joven soltó el arma y se agachó mientras sacaba una aguja de acero del cinturón.
Apuñaló a su oponente en el pecho y oyó el chasquido de sus huesos y el grito ahogado del kalasty.
Cuando el cuerpo se derrumbó, Litzzia se negó a mirarlo.
Era la primera vida que arrebataba. Sintió unas repentinas náuseas y estuvo tentada de arrojar al suelo todas las armas que portaba.
Miró sus dedos temblorosos y cerró la mano con fuerza.
No podía caer en la culpa, debía sobrevivir.
Recogió la espada y corrió para escapar de allí.
Otro soldado se abalanzó hacia ella desde su derecha.
La joven se apartó de un salto y logró escapar de la afilada hoja por escasos centímetros.
Asestó una estocada e hirió el muslo derecho del kalasty.
Litzzia se giró en el preciso instante en que otro soldado se le echaba encima.
El maldito le propinó un puñetazo en la cara y luego la golpeó con su arco.
Litzzia sintió el sabor de la sangre en su boca.
Con un salto hacia atrás logró apartarse lo suficiente, giró sobre sus pies y atravesó el abdomen del primer contrincante, al que cogió desprevenido.
El soldado que quedaba gritó de rabia y ambos comenzaron a luchar por sus vidas. A Litzzia le pesaba la espada, sus brazos no eran capaces de parar los golpes con la misma vehemencia que el kalasty. Su oponente pronto la acorraló contra una pared rocosa.
«Si eres más débil que tu enemigo, anticípate a él», recordó las palabras que Kishur le había dicho tiempo atrás. «No le concedas la oportunidad de pensar».
Y eso hizo. En lugar de defenderse, atacó por diferentes flancos.
Tiró de nuevo la espada y extrajo dos cuchillos.
Se movía veloz, esquivando la hoja de acero del kalasty y arremetiendo con sus armas.
Fue infligiéndole heridas, derramando la sangre del soldado mientras este se agotaba con cada embestida infructuosa.
Litzzia lo golpeó en una rodilla y aprovechó que perdía el equilibrio para rodearlo a gran velocidad.
Le clavó el cuchillo en la nuca. El kalasty se convulsionó un instante antes de caer muerto al suelo.
Litzzia se limpió la sangre del rostro con la manga de la camisa.
El miedo a morir seguía fluyendo por sus venas, ni siquiera notaba el dolor de las heridas provocadas por los golpes y aquella flecha.
Entonces, las campanas de la ciudad comenzaron a tañer con desesperación, y Litzzia supo que la guerra había alcanzado aquel maldito lugar.
Debía encontrar un refugio antes de que fuera tarde.
Miró hacia Marial-Pat y se preguntó dónde estaría Kishur.
Si ambos vivían lo suficiente para encontrarse, ella le diría todo lo que guardaba en su angustiado corazón.
Sin secretos, sin tapujos. Después se despediría de él para siempre.
O permanecería a su lado. La decisión quedaría en manos de Kishur.