Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Marial-Pat
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Marial-Pat

Decidió ignorarlo y centrarse en lo que tenía delante.

Ghiro caminaba a su lado y los hajaeks cubrían sus espaldas, seguidos de diez soldados enviados por el propio general.

Medio centenar de hombres elegantemente vestidos atestaban el puente.

Todos se hicieron a un lado para dejarlos pasar.

Kishur evitó mirarlos, no quería descubrir que pensaban de él.

Y, sobre todo, deseaba evitar ver sus lanfes a través del ojo izquierdo.

Llevaba la espada cruzada en la espalda y los cuchillos ocultos entre la ropa.

Mantuvo su máscara para no mostrar emoción alguna.

Sintió que se adentraba en una batalla, que sus pasos lo dirigían a la lucha.

Cuando alcanzaron las puertas de bronce, dos soldados de negras armaduras se apresuraron a abrirlas.

Los hajaeks se quedaron fuera mientras Ghiro y él accedían a la enorme sala.

Los ancianos aguardaban de pie al otro lado de una mesa con forma de medialuna.

Kishur vio a Quiazz en un extremo, contemplándolo con admiración.

El que estaba al otro lado debía ser el general.

El dárico clavó en él sus negras pupilas.

Se hizo un prolongado silencio mientras caminaban hacia dos sillas ornamentadas con fina plata frente a la mesa.

Los hombres se acomodaron al fondo, todos de pie.

¿Tenemos que sentarnos en estas sillas tan ridículas? — preguntó Ghiro en voz tan baja que solo Kishur pudo oírlo.

El dárico se desabrochó el cinto de la espada y la dejó apoyada en el asiento. Ghiro hizo lo propio. La situación los incomodaba, hubieran preferido menos ceremonia.

— Es un honor teneros en Marial-Pat. Es la primera vez en nuestra historia que el alto dirigente de Alviat nos visita.

— Había un deje de nervios en la voz del Galaef — .

Espero que la ciudad esté a vuestra altura, y os pedimos disculpas por las molestias que la gente pueda causaros.

Tenéis que comprender que la mayoría jamás había visto antes a un dárico.

— No tenéis de qué preocuparos, os agradezco la hospitalidad — dijo Kishur con mesura.

Luego, desvió la mirada hacia Quiazz, y el joven dio un respingo — .

Me reconforta comprobar que llegaste a salvo.

Mostraste mucho valor. — Kishur ignoró el gruñido de Ghiro.

Quiazz se quedó atónito ante sus palabras — .

Al parecer, puedes convertirte en el primer monarca de los humanos.

Si acabas portando la corona será un honor conversar contigo sobre el futuro de nuestros pueblos.

La sala se llenó de inmediato de acaloradas conversaciones.

Las voces de los hombres atosigaron a los dáricos, desacostumbrados a semejante alboroto.

Quiazz acababa de palidecer y Kishur sonrió al percatarse del semblante sombrío del general.

Los ancianos observaban a Quiazz con una inmensa curiosidad.

— ¿Qué habéis hecho? — susurró Ghiro.

Kishur sabía que, con esas palabras, muy posiblemente acabara de poner la corona sobre la cabeza del chico.

Esa era su venganza contra el general por revelar su identidad y la de Alhanna.

El gesto aliviaría también la preocupación de Ádria.

El tal Gastor tendría de su lado al ejército, y Quiazz la idea que Kishur acababa de inculcar en la mente de todos: que contaba con la aceptación de Alviat.

Quiazz se apoyó en la mesa cuando sintió que las piernas le fallaban.

Kishur se sentó sin más dilación, y Ghiro y los ancianos lo imitaron mientras los presentes trataban de recuperar la compostura.

— Un poco de silencio, por favor — pidió el Galaef dando un golpe sobre la mesa. Carraspeó para aclararse la garganta y miró a Kishur — . Nos gustaría saber dónde está la endómica. Viajaba con vos, nos ha sorprendido que no se encuentre aquí.

— Nos separamos hace semanas y desconozco su paradero — respondió Kishur.

— Muy conveniente — masculló el general con una rabia que no se molestó en ocultar — . Necesitamos su poder ahora más que nunca.

— Alhanna no es un arma — dijo Quiazz, y oír el nombre de la endómica sorprendió a todos los presentes.

Kishur esbozó una ligera sonrisa: el chico no podía ocultar que conocía a Alhanna. El Galaef volvió a golpear la mesa para imponer el silencio entre los hombres.

— Como ya sabéis, necesitamos coger un barco hacia las Avíseas — explicó Ghiro, acaparando toda la atención — .

Es imperativo que partamos cuanto antes, el asunto que nos conduce hacia allí es de gran importancia.

Las naves que han quedado fuera han sido abandonadas por sus tripulaciones ante la imposibilidad de cruzar la ciudad y con el fin de ponerse a salvo.

Por eso, os solicitamos que abráis las puertas hacia las Óleas.

— Eso no es posible. — La voz del general resonó en la sala — . He cerrado la ciudad, y así permanecerá hasta que nuestros enemigos se hayan marchado.

— Pero supongo que podréis ofrecernos alguna alternativa — insistió Ghiro.

— Os sugiero que abandonéis la ciudad y continuéis viajando en vuestros vargums. — Gastor se cruzó de brazos y mantuvo la mirada sobre Ghiro — . Estamos en guerra, no podemos permitirnos ninguna eventualidad. Si solo estáis de paso, la mejor opción es la que os acabo de recomendar.

El rostro de Ghiro enrojeció de pura rabia mientras Kishur se reclinaba en la silla. Los ancianos del consejo se removieron incómodos en sus asientos. El Galaef sudaba sin poderlo disimular.

— Debemos abrir todas las puertas, permitir que la gente pueda entrar en Marial-Pat — intervino Quiazz dando un paso al frente hacia el general — . Estarán todos en peligro cuando lleguen los kalastys, no podemos abandonarlos de ese modo.

— No voy a ceder — le aseguró Gastor.

— Un grupo de hombres no debería decidir sobre el futuro de todo un pueblo.

Sus muertes pesarán en vuestras conciencias.

Y si no lo hacen, entonces tenéis un verdadero problema — los acusó Kishur con la cabeza alzada — .

Deberíais dar refugio a los civiles y apostar al ejército en el exterior para que fueran la primera barrera de contención contra vuestros enemigos.

La guerra debería librarse lejos de los hogares.

— Es fácil juzgarnos cuando tenéis el ejército más poderoso de Muriath y contáis con un acero capaz de perforar nuestras armaduras — le recordó Gastor con inquina.

— No, no se trata de eso. Es fácil juzgar a una raza que no comparte un bien común, que intenta enriquecerse a costa de otros, que asesina por placer, que deja morir a niños de hambre.

— Kishur se puso en pie y giró sobre sus talones para que todos lo mirasen — .

Nunca estaréis unidos y esa será vuestra perdición. ¡Os matáis entre vosotros!

La sala enmudeció ante sus crueles palabras. Gastor dio un paso al frente.

— ¿Acaso vosotros no? ¿Vais a negarme que derramáis sangre dárica? — Gastor sonó implacable, más furioso que nunca — . Las noticias que llegan cuentan algo distinto.

Kishur puso una mano en el hombro del anciano cuando percibió que Ghiro iba a responder. Notó cómo temblaba de ira. Recogió la espada, pues sabía que allí ya no le quedaba nada más por hacer.

— Imagino que esas noticias os relataron que un grupo de mercenarios humanos entró en la montaña de los Moradores y causó docenas de muertes.

Que estuvieron a punto de asesinarme. — Kishur comenzó a abrocharse el arma — .

Y supongo que también os contaron los percances que hemos sufrido durante nuestro viaje desde que revelaste mi identidad.

Me calumniaste al no reconocer que yo protegía a Alhanna.

— Observó a los ancianos, que se habían encogido un poco tras el discurso — .

Y espero que nunca pusierais ningún falso discurso en mis labios a través de los supuestos mensajes que yo os remitía.

Los miembros del consejo palidecieron y rehuyeron los ojos acusadores del dárico.

Gastor abrió la boca para decir algo, pero las palabras murieron en su garganta.

Kishur lo miró a los ojos y supo que conocía lo ocurrido en la montaña.

La tensión entre ellos era casi palpable.

Nadie más en la sala osó pronunciarse, y decidió que era momento de marchar. Saldrían de Marial-Pat de inmediato.

Las puertas se abrieron entonces con un potente golpe. Un soldado entró en la sala a la carrera, seguido de otros tres.

— ¡Los Kalastys! — gritó el hombre arrojándose al suelo de rodillas.

Se produjo un instante de silencio mientras todos procesaban el significado de aquellas dos simples palabras: el enemigo se encontraba ya a las puertas de la ciudad. Kishur se maldijo por haber perdido el tiempo, ahora quedarían atrapados allí. Ghiro y él se miraron con resignación.

Quiazz no lograba calmarse. Había presenciado la conversación entre el dárico gris y Gastor con el estómago encogido.

Cuando mencionaron la montaña de los Moradores, su mano había comenzado a dolerle como si quisiera recordarle todo lo vivido.

Corrió detrás de los dáricos en cuanto abandonaron la sala sin despedirse.

No hacía falta, pues la reunión se había convertido en un corrillo de discusiones dirigidas por el miedo que se apoderaba de todos ellos.

El sol lo cegó un instante al salir. Caminó deprisa para alcanzar al dárico.

Los soldados y los hombres que permanecían en el puente se asomaban por ambos lados. Quiazz miró al cielo con preocupación, esperando encontrar a una terrible criatura alada. Estuvo a punto de chocar con el anciano de la cicatriz en la cara.

— ¿Hay algo que necesites de nosotros? — preguntó el dárico gris.

— Quería hablaros antes de que os marchéis — dijo con la garganta seca — .

Me preocupa que tengáis a Gastor por un mal hombre, porque no lo es.

Ha cometido algunos errores, pero es un gran general.

— Quiazz contempló las negras pupilas del dárico y se rascó la nuca al sentir el cosquilleo — .

Yo estuve en la montaña de los Moradores.

El ataque fue una trampa, os lo aseguro.

Los humanos actuaban bajo las órdenes de…

— De un demonio llamado Trivaz. Ya lo sé — lo cortó Kishur.

Quiazz tragó saliva, la penetrante mirada del dárico lo mareaba un poco.

— Hace poco descubrí quién lidera a los kalastys. Gastor me pidió mantenerlo en secreto porque nadie nos iba a creer. Pero presiento que vos sí lo haréis. — El dárico asintió con la cabeza — . Es la diosa Lumiatz. Se propone aniquilarnos. ¿Cómo podemos combatir algo así?

— No está a vuestro alcance. Solo puedo aconsejaros que evacuéis la ciudad, es lo que yo haría si estuviera en Alviat — le aconsejó.

Fue entonces cuando reparó en los tres hajaeks que aguardaban a su derecha.

La sorpresa le arrebató el habla un instante: reconoció a su protector de inmediato.

Él lo había salvado, primero en la montaña y luego de los escáreas.

Había temido que siguiera preso, pero allí estaba.

Tuvo el impulso de ir hacia él, pero luego recordó que no debía.

«Si volvemos a vernos, fingirás que no conoces mi rostro», le había pedido el dárico, que se mantenía estoico, sin mostrar ningún tipo de reacción ante su presencia. Quiazz apartó la mirada de él.

— Dadme unas horas para buscaros un mapa de los túneles zarefíes. Os lo llevaré a la posada para que podáis abandonar la ciudad por uno de ellos. — Quiazz se recolocó la capa cuando el aire la sacudió — . Es el único acceso que no está bloqueado, lo usaremos para salir de aquí.

— Bien. Te estaremos esperando — dijo el dárico.

Iba a darse la vuelta cuando reparó en alguien detrás del joven — .

Dile a ese gran general tuyo que sería un mal rey.

La gente que ha quedado fuera morirá por su culpa si no logra ponerse a cubierto.

Un monarca no debe priorizar a nadie, cada individuo tiene la misma importancia.

Dicho eso se marchó y dejó a Quiazz en medio del puente.

El joven se giró para comprobar que Gastor estaba justo allí, a escasos metros de él.

¿Lo habría oído? Por un momento se olvidó de las voces a su alrededor y de las campanas de ambas torres, que comenzaron a replicar con angustia para advertir a la población de que el enemigo ya estaba allí.

Fue junto al general y se abrazó a él sin importarle quién pudiera verlos.

— Dime que no vamos a morir — le pidió el joven.

— Tengo que irme, Quiazz. Puede que no logre verte antes de la batalla, estaré en el frente con mis comandantes.

Ya deben estar esperándome. — Gastor lo apretó contra su cuerpo — .

Te quiero lo más lejos posible de la lucha, te quedarás en la torre de Gabara con los miembros del gobierno, ¿me oyes?

No salgas de ahí pase lo que pase. Los escoltas se ocuparán de protegerte.

— Me pides que me esconda. — Quiazz lo soltó y apoyó su frente en la suya.

— Te pido que sobrevivas. — Lo agarró por los hombros para mirarlo a los ojos — . Si la ciudad cae, llama a Gaelos para que te saque de aquí. Debiste haberte marchado con ella.

Ignoraron a los hombres que clamaban por la atención del general. Uno de ellos era el comandante Beres. Los soldados se reagrupaban mientras los nobles corrían por el puente, quizá para regresar a sus casas. Quiazz sintió que ya no les quedaba tiempo.

— Gastor, yo… — intentó hablar el joven.

— Ni se te ocurra decirme ahora lo que sientes por mí. — Gastor selló sus labios con un delicado beso — . Nos veremos cuando acabe todo. Confía en mí.

— Si mueres jamás te lo perdonaré — murmuró Quiazz.

Se quedaron un momento así, respirando el aliento del otro, hasta que el general lo interrumpió y partió a toda prisa junto a Beres y los otros soldados.

El alboroto ensordecedor distrajo a Quiazz, se veía incapaz de dar un paso.

Respiró profundamente para calmarse. Fue hacia el pretil del puente y acarició la fría piedra de una estatua femenina mientras se asomaba un poco hacia el vacío.

La ciudad le pareció más hermosa que nunca a la luz del día.

Los barcos al otro lado de las puertas permanecían inmóviles, abocados al abandono.

Se preguntó cuánta de la gente que ahora corría por las calles de Marial-Pat vería un nuevo amanecer.