Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) El Lashvaeg
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El Lashvaeg

Pensó en Kishur. No saber cómo se encontraba atenazaba su corazón.

Trató de no reparar en la injusta muerte de Rory, porque sintió que de lo contrario la pena la hundiría.

Alhanna caminó junto a la orilla del lago.

La superficie opaca parecía repeler la claridad, como si un oscuro pozo aguardara bajo ella.

Había algo en el agua que la inquietaba.

— ¿Te atreves a entrar y regresar a Asthaluss? — La dulce voz la sobresaltó.

Alhanna se dio la vuelta de inmediato. Era una chica joven, de su misma altura.

Al principio creyó que era humana, hasta que abandonó el cobijo de un roble y se mostró bajo las trémulas luces de las lunas.

Su cuerpo violáceo parecía tallado en roca.

Quedaron una frente a la otra. La desconocida emitía un aroma de flores silvestres, como si acabara de revolcarse por ellas y lo llevara impregnado en la piel.

Se echó el fino cabello negro hacia atrás y sonrió mostrando dos largos colmillos.

Alhanna miró hacia el lago.

— ¿Es el Lashvaeg? — preguntó un tanto incrédula — . Eso quiere decir que estamos en la actual morada del Dragón. Trivaz me dijo que el lago estaba ahí.

— Eres muy lista. — Soltó una carcajada jovial.

Alhanna se fijó mejor en ella, en el hermoso tono de su piel y en sus ojos también violetas.

— ¿Quién eres? — preguntó Alhanna.

— Mi nombre es Záfira. Significa «pequeña flor» — respondió con una amplia sonrisa — . Fue el nombre que me puso Hagnak, pero a los humanos les gusta llamarme de otro modo. Tú quizá me reconozcas mejor si te digo que soy uno de los Olvidados.

— Se supone que solo el Jakar tiene nombre… — murmuró con desconfianza.

— ¡Oh, vamos! A estas alturas ya deberías saber que no todas las historias son ciertas. — Záfira alargó un brazo y rozó la mejilla de Alhanna. La joven dio un respingo ante el repentino contacto — . ¿Te asusta mi aspecto? Puedo cambiarlo.

Comenzó a transformarse frente a los ojos incrédulos de Alhanna. Las pupilas de la Olvidada se volvieron castañas, y la piel del color del chocolate más puro. Parecía una chica humana, salvo por las orejas acabadas en punta.

— No recuerdo cómo llegué hasta aquí. ¿Fuiste tú quien me trajo? — quiso saber Alhanna.

— Claro que no, hace más de dos mil ágaras que no abandono este lugar.

Vine a este lugar por orden del Dragón para evitar que otros me usaran en su beneficio mientras él se marchaba a dormir.

Hagnak ya no estaba para protegerme. — Ladeó ligeramente la cabeza — .

Tengo el poder de ver más allá de los mundos: el pasado y el presente.

A veces de forma aleatoria y otras vinculada a los seres que toco. ¿Me permites que te lo muestre?

Alhanna retrocedió un paso para alejarse de ella.

Luego asintió con la cabeza muy despacio y permitió que Záfira pusiera las delicadas manos sobre sus sienes.

Notó un ligero cosquilleo en la nuca mientras el olor a flores penetraba en sus fosas nasales y le impedía pensar en otra cosa que no fuera el aroma.

Se sintió completamente relajada. Solo entonces apareció una visión en su mente: Alhanna era una niña y estaba sentada frente a la chimenea.

Tenía un libro entre las manos: el que su madre había escrito.

Acariciaba la cubierta con una mano mientras se limpiaba las lágrimas con la otra.

Observaba las llamas y deseaba que estas se extendieran por toda la casa y mataran a sus ocupantes.

Los odiaba, a su padre y a sus hermanos.

La visión terminó cuando Alhanna se apartó de golpe.

— ¿Qué valor tiene ver una escena como esa? Aquel día solo estaba enfadada — dijo la joven como si buscara una excusa a sus propios deseos.

— ¿Y cuándo no lo estás? Desde que llegaste a Muriath has usado tu poder llevada siempre por la ira.

— El tono de Záfira se volvió más frío — .

El día del que hablas podrías haber matado a tu familia si hubieras poseído endomia.

Cedes a tus impulsos más salvajes, incluso usaste la Jistar para alimentar tu poder. Tomaste el lanfe del Dragón.

— Él me arrebató el mío — se defendió Alhanna.

— Y te quitará muchas otras cosas si vuelves a hacerlo.

Fue quien te trajo aquí, y si estás libre ahora es porque yo le supliqué.

— Le puso un dedo en los labios para impedir que hablara — .

Jaeglar me pidió que te ayudara llegado el momento, y yo jamás le niego nada a mi hermano.

Pero ahora tengo una labor: debo mostrarte las consecuencias de lo que has hecho.

Tienes que pagar la deuda por haber usado la energía del Dios Dragón.

— ¿Y cómo lo harás? — Alhanna pensó que ya no podían quitarle nada más.

— ¿Quieres recuperar tu lanfe? Búscala en las tinieblas. — La empujó sin previo aviso y Alhanna cayó de espaldas sobre la hierba — . Espero que sobrevivas a las bestias.

Se incorporó de inmediato solo para constatar que Záfira ya no estaba allí.

Los árboles se agitaron con el aire y el ambiente cambió de forma drástica.

Alhanna expulsó vaho blanquecino al respirar y comenzó a temblar de frío.

Una espesa bruma emergió desde el interior del bosque y lo fue cubriendo todo a su paso.

Engullía el paraje dejando un impoluto vacío carente de sonidos y olores.

Alhanna se asustó y retrocedió unos pasos mientras la niebla se acercaba a ella. Contuvo el aliento cuando la alcanzó.

Correr le parecía algo inútil, pues no veía absolutamente nada.

El viento gélido parecía cortar su piel y se abrazó a sí misma para soportarlo.

Sentía que acababa de entrar en otro mundo.

Uno que le recordaba demasiado al sueño del rechazo.

Giró sobre sus talones con los ojos abiertos.

No estaba sola, notaba la presencia de otros seres.

La espesa niebla se asentó, volviéndose más traslúcida.

Las sombras confeccionaban el bosque y el lago, ahora ausente de todo rastro de color.

El frío paralizaba a Alhanna. Contempló unas figuras retorcidas y amorfas corretear entre los arbustos, trepar por las ramas. La miraban con sus pupilas doradas.

Extrajo la daga de su cinto y la apretó contra su pecho.

Alhanna oía su respiración, ronca y entrecortada.

Las sombras se movían, dando forma al entorno, enroscándose a su alrededor, cobijando a las criaturas que se abalanzaban sobre ella.

Recibió una dentellada en la pierna derecha que la hizo gritar.

No tuvo tiempo de ver qué era, pero sintió la sangre tibia resbalar por su pantorrilla.

Decidió moverse. Era difícil encontrar un lugar en el que esconderse dentro de ese mundo de pesadillas.

El olor a sangre pareció atraer a otras cosas que reptaban por el suelo.

Agarraron sus tobillos y la hicieron caer.

Quemaban al contacto con su piel. Intentó quitárselas de encima, pero solo logró lastimarse las manos, que comenzaron a desprender un desagradable hedor a carne quemada.

Algo cayó sobre sus hombros y le mordió en el cuello. Alhanna lo agarró con fuerza para arrancárselo y lo lanzó a un lado. Contuvo el aliento: era una criatura que parecía hecha de humo; su forma cambiaba como si le costara mantener la consistencia.

Alhanna agarró la daga con fuerza mientras la bestia le saltaba encima.

Se le unieron más. La joven gritó angustiada.

Sintió las mordidas por todo su cuerpo, como aquellas bocas hambrientas intentaban arrancar su carne.

Lanzó puñaladas a las sombras que se cernían sobre ella, oyendo sus lamentos acompañados de los suyos.

Alhanna lloraba mientras la sangre cubría sus ropas.

Era distinto al sueño del rechazo, lo sentía infinitamente más real. Mientras luchaba por evitar que las criaturas la devoraran, se preguntó si Osharan acudiría en su ayuda.