Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Las Óleas
71%

Las Óleas

Maldijo a Raehlan-Tae por condenarlos a las vastas tierras de Eralan tras la guerra de las razas. No merecían sufrir de ese modo.

Su ejército había abandonado los barcos y avanzaba a pie.

El primer batallón ya debería estar cerca de Galear; mientras, otros dos se dirigían a Marial-Pat por flancos distintos para poder sitiar la ciudad, y el cuarto grupo había cruzado una enorme brecha creada por Lumiatz para conducirlos hasta Alviat.

La diosa parecía dispuesta a arrasarlo todo.

El general kalasty comenzaba a tener dudas del plan tejido por su líder, pues no era sensato abarcar tanto de un solo golpe.

Pero confiaría en ella hasta el final, no tenía otra opción.

No lucharían solos. Las criaturas que habían aguardado hasta entonces ocultas en las cuevas de las Avíseas también se dirigían ya a sus destinos. Y estaban hambrientas.

El viento arrastró el peculiar aroma de jazmín de Lumiatz.

Rhiot se dio la vuelta para encontrar a la diosa frente a él, ataviada con un vestido del mismo azul que el de sus ojos.

Su cabello ondulado le acariciaba el delicado rostro.

Rhiot siempre se quedaba sin aliento al verla, todo en ella era salvajemente hermoso.

— Mi señora. — El kalasty inclinó la cabeza en señal de respeto.

— El momento se acerca. He venido con Drafgaen, el líder de mis criaturas. Él será tu compañero en la batalla. — Lumiatz levantó la mirada hacia uno de los acantilados — . Sé que juntos lograréis traerme la victoria.

El rugido atronador de la bestia resonó entre los riscos.

Sus garras se aferraron a la cima mientras batía con fuerza las alas imponentes y algunas rocas se desprendían desde lo alto.

Rhiot contempló con asombro las escamas grises que brillaban como la plata con la luz del sol.

El dragón descendió en picado hacia ellos y el kalasty se cubrió la cabeza por instinto.

Notó la sacudida del aire cuando la criatura pasó cerca de él.

Se posó a unos metros de Rhiot y dirigió su cabeza para observarlo con aquellos ojos grandes y dorados. La dama acudió al lado del dragón y le acarició el grueso cuello.

— Serás su jinete — anunció Lumiatz.

Drafgaen avanzó hacia él y olisqueó el aire a su alrededor.

Emitió un gruñido con aquella garganta animal y le golpeó el pecho con el morro.

Rhiot se quedó sin aire, pero mantuvo el equilibrio.

Imaginó que el dragón lo estaba evaluando.

Contempló el cuerpo robusto y alargado de la criatura de cuatro patas.

Reparó en que la cola acababa en afiladas púas, y supo que con un solo golpe podría destrozar su armadura. Sus dientes relucían como diamantes.

Las nubes comenzaron a cubrir el cielo con un manto algodonado.

— El dárico gris está en la ciudad — dijo Lumiatz con rabia — . Quiero su cabeza.

El dragón respondió con un potente bramido, interrumpido de forma irregular por chasquidos que parecían poner fin a una serie de palabras.

¿Era ese su modo de comunicarse? A Rhiot le recordó a una mezcla entre el balido de los ciervos y el graznido de los gansos.

¿Cómo iban a luchar juntos si no lograba comprender lo que decía?

Entonces una visión entró en su mente, obligando a Rhiot a sujetarse las sienes debido al dolor.

Vio a Drafgaen atrapando al dárico gris entre sus fauces y derribándolo para luego aprisionar su cuerpo bajo una de sus patas.

La sangre cubría los afilados colmillos de la bestia.

Rhiot se contempló a si mismo cortándole la cabeza al dárico.

Cuando la escena terminó, el kalasty comprendió el mensaje: juntos iban a acabar con él.

La dama sonrió complacida y su cuerpo comenzó a desaparecer, deshaciéndose en perlas rojas que se fundieron en el aire.

Rhiot levantó el brazo hacia la criatura y rozó las escamas de su cuello con las puntas de los dedos.

Deseó que Ogrora, su padre, pudiera verlo en esos momentos. Lograría la victoria para su pueblo.