Falar-Shan
Shaen era el único que mostraba el rostro.
—Los dioses nos miran. Nosotros los desafiamos. —El Ado tendió la mano al joven para que se acercara—. Les recordamos que no tienen poder sobre nosotros.
Agael fue hacia el gran banco de piedra. Se sentó con el aliento pesado, mareado incluso.
—Puedes quitarte la máscara. Hoy se completan tus cicatrices, ningún enemigo será rival para un hijo del rey; los dáricos no podrán leer tu rostro. —El Ado se la quitó con una mano. Le tendió el cuenco y el joven se lo acercó a la boca—. Bebe la sangre de aquellos que lucharán a tu lado.
Le hubiera gustado lanzarlo contra la pared, golpear al anciano y salir corriendo de aquella sala atestada de soldados.
Cada uno de ellos lo observaba con desaprobación.
Por mucho que lo intentara, jamás escaparía a la maldición de tener las pupilas negras.
No era el único, por supuesto. Pero él era hijo del rey, de modo que su falta era imperdonable.
Agael bebió el menjunje del cuenco sintiendo repulsión, tratando de no toser.
A continuación, se tumbó sobre el banco.
Cada tres ágaras, los soldados debían realizarse una nueva ci catriz en la cara hasta alcanzar la edad adulta.
Era un proceso largo que se iniciaba a la edad de cinco ágaras, y en el que el rostro quedaba desfigurado y tirante.
A él le faltaba mucho tiempo para eso, pero su padre lo requería en el frente para buscar y capturar a Ferian, su hermano menor.
Agael lo odiaba con todas sus fuerzas en aquel momento. Ferian tenía la culpa. Iban a cortarle la cara hasta que obtuviera las cuatro cicatrices que le faltaban.
Esperaba que en esa ocasión la sangre tuviera algún componente que lo adormeciera, pero era demasiado esperar del amargo anciano.
Arrogante y algo infame cuando quería, solo se doblegaba ante la voluntad del rey, y en muy pocas ocasiones le concedía más de lo necesario.
Su hermano Ferian estaba destinado a sucederle.
Cuando el Ado tomó la cuchilla y se inclinó sobre él, comenzó a dudar de todo aquello.
¿De qué servía en realidad? ¿Cómo estaban seguros de que los dáricos no podrían leer sus rostros?
Llevaban dos mil ágaras sin enfrentarse a ellos.
La afilada cuchilla inició el descenso por su piel, lacerando su mejilla izquierda.
Los ojos de Agael se llenaron de lágrimas.
Logró soportar el dolor hasta que la hoja presionó con fuerza sobre la carne.
Entonces todo comenzó a volverse borroso.
De pronto, sintió cómo varios pares de manos lo sujetaban de los brazos y piernas.
Agael gritó hasta que se le rompió la voz.
La cuchilla cortaba con crueldad, arrebatándole su identidad, doblegándolo a una vida de cicatrices.
Pensó en su madre, fallecida tiempo atrás. La recordó de cuclillas a su lado, acariciando su rostro antes del primer corte. «Eres demasiado hermoso, Agael».
El dolor dio paso a la rabia. Hacia su padre, hacia el Ado, hacia los dáricos. Le habían inculcado que todo el pesar del pueblo de Falar-Shan era culpa de Raehlan-Tae, del dárico gris. En esos momentos, deseó poder arrancarle la garganta.
Era noche cerrada cuando Agael despertó en su habitación.
Levantó la cabeza del paño ensangrentado sobre el que había estado durmiendo.
La cara le palpitaba de dolor. Había llorado a solas, tanto que las lágrimas habían limpiado las heridas ya cosidas.
Apenas podía abrir la boca y notaba el rostro en tensión.
Así sería a partir de ahora, aunque esperaba poder acostumbrarse pronto.
Por suerte, habían quitado todos los espejos.
La puerta se abrió y, al ver a su padre, Agael se recompuso veloz.
—Esperaba algo más de ti, escucharte gritar fue bochornoso. —Shaen caminó por la estancia y fue hacia la ventana—. Supongo que nadie lo tendrá en cuenta, al fin y al cabo, eres como eres. No hemos podido hacer nada mejor de ti.
—Lo… —intentó hablar, pero el dolor de la cara se lo impidió.
—Detesto las disculpas, ahórratelas. No estaré presente en tu ceremonia del traspaso, dejo a tus hermanos a cargo.
Presta atención a lo que oigas y veas durante la prueba, los miembros de nuestra familia seguimos pasándola por una razón.
Conocerás una verdad y recibirás una orden.
—La mirada del rey no dejó lugar a preguntas—.
Espero que sepas actuar en consecuencia y no aumentes más mi vergüenza.
Debes pasar la prueba para ser considerado un adulto, hasta entonces no podrás unirte en la batalla.
Agael asintió, eligiendo no volver a forzarse. Pensar en la ceremonia le daba aún más pavor. Tenía pesadillas con eso desde niño.
—Esta noche es el momento, si todo ha salido como esperábamos —dijo su padre mientras iba hacia la puerta—. Los humanos conocerán por fin lo que es tener miedo. Les mostraremos el alcance de nuestro poder.
Dicho esto, se marchó y cerró con fuerza tras de sí.
Agael se derrumbó en la cama, agotado y con una sensación amarga que le revolvía el estómago.
La rabia le subía por la garganta; cada día sus ansias de venganza crecían, se agarraban a sus tripas.
Maldijo a Ferian por haber escapado, a su madre por no haber sabido protegerlos, a su padre por ser tan retorcido.
A Raehlan-Tae por confinarlos en ese lugar maldito y plagado de muerte.
«Se merecen que llevemos esa muerte hacia ellos», pensó.