Marial-Pat
Pero no solo eran los barcos: cientos de personas acampaban a las afueras de la ciudad con la esperanza de poder refugiarse tras las murallas.
Los soldados que custodiaban los accesos impedían la entrada a todo hombre y mujer.
Muchos de ellos observaron al grupo de Kishur con cierta desesperación en los ojos cuando los oficiales los dejaron pasar.
El Galaef había enviado a varios oficiales del gobierno para pedirle que se alojara en palacio, invitación que Kishur había rechazado sin dudar.
A cambio, vaciaron una de las mejores posadas para ellos.
También querían conocer el paradero de Alhanna.
Una veintena de soldados de armaduras color bronce custodiaba la plaza del edificio para evitar que los curiosos les molestaran.
La gente se congregaba en las calles contiguas con la intención de ver al legendario dárico gris. Eso le ponía enfermo.
— Ignoran que ya no sois el rey — comentó Ghiro en un murmullo, a pesar de estar solos en el salón — . Eso nos beneficia. Debemos conseguir que abran ese maldito acceso.
— Ya veremos… — rumió Kishur de mal humor.
Bebió un poco de té y se apartó de la ventana.
Ya no ocultaba el ojo izquierdo con un pañuelo, ya que había aprendido a controlar la forma en la que veía el mundo a través de él aunque a veces le jugaba malas pasadas.
El Dragón no había regresado con ellos, y quizá no volviera a hacerlo.
Tampoco Trivaz. Y Alhanna se encontraba tan lejos que ya ni siqueira percibía su unión con ella.
Eso lo martirizaba, la extrañaba tanto que dolía, pero se consolaba repitiéndose una y otra vez que era lo mejor para la joven.
Se fijó entonces en Ádria. El hajaek tenía la mirada perdida y mostraba una expresión sombría.
Su odio hacia los humanos no había mermado, pero existía uno por el que era capaz de dar la vida.
Kishur no le había contado que Quiazz era la llave de Zahel.
Guardaba demasiados secretos, y todos ellos comenzaban a pesar en su conciencia.
— Eltsay. — Kishur le hizo una señal y el joven se acercó de inmediato — . Quiero que salgas ahí fuera y busques información sobre alguien llamado Quiazz, un miembro del gobierno. En especial, me interesa saber si se encuentra en la ciudad.
— ¿Por qué me suena ese nombre? — preguntó Ghiro con las cejas levantadas.
— Porque los comerciantes de Cimeag con los que topamos nos hablaron de él — dijo Ádria acaparando la atención de todos — . Lo considero mi protegido, y es cuanto diré.
— Comprendo… El chico por el que Mayara y tú dejasteis que os arrestaran los escáreas. — Ghiro se encogió de hombros y lanzó una mirada cómplice a Kishur — . Quizá sería mejor que Ádria fuera en busca de dicha información en lugar de Eltsay. Nos iremos de aquí pronto, así que…
— No — lo interrumpió Ádria de forma brusca.
— Puede ser tu última oportunidad para verle — insistió Ghiro.
— Viajaba solo, sin armas y con una mano inútil. Quizás esté muerto. — Los ojos de Ádria ardieron de rabia al pronunciar aquellas palabras.
Dejó al anciano contrariado.
— Eltsay, ve — ordenó Kishur, dando la discusión por terminada.
El joven recogió su capa y se marchó por la puerta de atrás.
Los demás quedaron en silencio mientras Ádria regresaba a su estado de aislamiento.
No comprendía bien los motivos por los que el hajaek no quería buscar al chico; puede que temiera descubrir algo terrible sobre él.
Al menos, Kishur le ayudaría a saber si estaba o no en la ciudad, y en qué condiciones se encontraba.
El edificio del gobierno se alzaba junto a las casas bajas de patios amplios donde residían sus miembros, incluido Quiazz.
Era un lugar privilegiado, alejado del barullo de la ciudad y protegido en gran medida por los soldados que custodiaban las inmediaciones.
Era un lugar sin dueño, pues ningún rey humano había vivido allí jamás.
Lo llamaban palacio por ser el edificio más emblemático y grande de toda la ciudad, el centro de su gobierno.
Desde allí se cerraban negociaciones, se vendían y compraban propiedades, el consejo se reunía más allá de las formalidades en la torre de Gabara.
Quiazz cruzó los amplios pasillos seguido por los escoltas hasta detenerse frente a la sala del consejo.
Por el camino, había reparado en el nerviosismo de la gente y en las carreras de algunos trabajadores.
Gastor le había enviado un mensaje urgente para que asistiera a una reunión privada con el Galaef.
Casi no habían hablado desde la noche en que durmieron juntos.
Era difícil encontrar solo a Gastor; siempre estaba rodeado de sus comandantes.
A Quiazz le preocupaba que no descansara lo suficiente, pero él mismo tenía problemas para conciliar el sueño.
¿Cómo hacerlo cuando se avecinaba una guerra liderada por la diosa Lumiatz?
Los soldados preparaban barricadas en la muralla y apilaban barriles con brea que incendiar y arrojar a sus enemigos.
Fortificaban edificios y aseguraban cada rincón de la ciudad para cerciorarse de que nada pudiera salir ni entrar.
Patrullaban los túneles zarefíes por consejo de Quiazz.
Para Gastor, sin embargo, nada parecía suficiente.
Esa misma tarde había decretado el cierre de las dos puertas que daban acceso al Hicama. No entraría ni un solo barco más.
Quiazz respiró profundamente, preocupado por no conocer el motivo de la reunión.
— Sí que te has dado prisa. — Gastor apareció por el pasillo, se le veía más pálido y agotado de lo habitual — . Vamos, el Galaef nos espera.
Sin recibir más saludo que esas bruscas palabras, Gastor abrió la puerta y empujó a Quiazz con suavidad hacia el interior de la estancia. La chimenea caldeaba el ambiente.
— Me sorprende veros llegar juntos — comentó el Galaef desde el sofá negro. Las altas estanterías de madera oscura quedaban tras él. Miró a Gastor con inquina — . Solo te llamé a ti, ¿por qué traes a Quiazz contigo?
— Porque me da la gana — contestó el general haciendo enrojecer de rabia al anciano.
Quiazz se quedó atónito — . Déjate de juegos, no tenemos tiempo para perderlo con tus estrategias.
La guerra está casi a las puertas de la ciudad, por no mencionar al ser que las ha cruzado esta mañana.
Al parecer, mi orden de impedir el paso no significaba nada para él.
— No podíamos negarle el acceso a la ciudad, ¿has perdido el juicio? — El Galaef se removió incómodo en el asiento — . Es justo por él que te hice venir. ¿Has tomado ya una decisión?
Quiazz no se estaba enterando de nada, pero prefirió guardar silencio.
— Mi respuesta es no — respondió Gastor de forma rotunda y con los brazos cruzados sobre el pecho — .
La elección a rey se hará como acordamos, con la votación de las principales familias.
No acepto tu propuesta de tomar la corona a la fuerza, en estos momentos no puedo permitirme poner a los nobles en mi contra.
— Miró de reojo a Quiazz para ver la sorpresa dibujada en sus ojos — .
Tenéis miedo del dárico gris, pero no me usaréis como escudo.
Te recuerdo que yo también le he dado motivos para enfadarlo.
— ¿El rey de Alviat está en Marial-Pat? — preguntó Quiazz con asombro.
— Sí, y ha aparecido sin la endómica. Pero no te hagas ilusiones, solo ha venido porque necesita coger un maldito barco — dijo el general caminando un poco por la estancia.
— Tu nombramiento como monarca tranquilizaría a la gente, necesitamos un líder ahora más que nunca.
Y debes ser tú, el general que nos librará de los kalastys.
— El Galaef ignoró el bufido de Gastor — .
Lo haríamos con un anuncio, sin ceremonias.
Era lo que deseabas, y nadie podrá reprocharnos que no hayamos respetado la votación.
El general y el anciano se miraron un momento. Quiazz fue hacia una de las sillas y tomó asiento. Guardó silencio, confiaba en que Gastor obrara de forma justa.
— No. Y no insistas — sentenció este para alivio de Quiazz.
— Cometes un gran error, es mejor que no te precipites. — El Galaef se pasó la mano por la frente — . El dárico gris ha pedido audiencia con nosotros y nos reuniremos mañana a primera hora. Tienes hasta entonces para pensar en la propuesta.
Gastor lanzó un largo suspiro y abandonó la estancia sin despedirse. Quiazz trató de seguirlo, pero la voz del Galaef lo detuvo.
— Eres responsable de esto, joven Quiazz.
No debiste impedir que tomara la corona.
Espero que al menos seas capaz de recapacitar ante las perspectivas de guerra y te hagas a un lado para que el general acepte.
— El Galaef habló de forma hosca, clavando en él sus cansadas pupilas — .
Intenta también convencerlo para que abra el acceso a las Óleas.
Lo mejor es permitir que el dárico coja un barco y se marche cuanto antes.
— ¿Temes que exija responsabilidades por vuestras mentiras?
— preguntó Quiazz desde el umbral de la puerta.
Tenía los puños apretados — . Durante ágaras nos hicisteis creer que manteníais contacto con él cuando ni siquiera se encontraba en Alviat.
— Supo que estaba en lo cierto el momento en que el rostro del Galaef palideció — .
No tengo nada sobre lo que recapacitar: no dejaré que manipuléis a Gastor.
Se marchó dando un portazo. El general ya había desaparecido, y quiso ir a buscarlo, pero finalmente decidió dejarlo tranquilo. Gastor tenía una gran batalla que librar.
Los soldados continuaban apostados en el exterior de la posada.
Ádria cerró la ventana de su habitación y fue hacia la mesa para beber un poco de agua.
Se asfixiaba allí dentro. Todo su ser le pedía que se marchara en busca de Quiazz, que lo sacara de la ciudad a la fuerza si era preciso.
Eltsay había traído noticias, más sorprendentes de lo que había imaginado.
El joven estaba allí, a salvo y recuperado de sus heridas.
Eso lo complació enormemente. Al parecer, era alguien notorio dentro del gobierno, la voz del consejo de ancianos.
Y luchaba con el general por convertirse en rey. Ádria no se esperaba aquello.
Caminó por la habitación. ¿Qué debía hacer? ¿De qué serviría buscarlo? Llamaron a la puerta y se apresuró a abrirla, aunque de mal humor. Era Mayara.
— Sospechaba que no dormías — dijo ella mientras entraba.
— Es extraño que vengas a estas horas… ¿Ya no te avergüenza que descubran nuestra relación? — preguntó con una ceja levantada.
— Me gusta mantener mis asuntos en privado.
De todos modos, Eltsay ya lo sabe, se lo conté hace unos días.
Dijo que no me mereces. — Ignoró deliberadamente el gruñido de Ádria — .
Y nuestro señor tiene mayores preocupaciones que las muestras de cariño entre dos hajaeks.
Tan solo nos hemos besado, no es para tanto.
— Mayara le dedicó una sonrisa pícara mientras se sentaba en el alfeizar de la ventana — .
Quería acompañarte esta noche. No lo admitirás, pero estás preocupado por ese joven.
Ádria fue junto a ella y se apoyó en la pared con los ojos cerrados.
— Quiazz puede convertirse en el primer monarca humano, como Raehlan-Tae lo fue para nosotros — reflexionó Ádria al cabo de un rato — . Casi no puedo creerlo. Aunque dudo que ese general lo permita si busca también la corona. El desgraciado tiene todo un ejército de su lado. Quiazz está solo.
— ¿Y qué harás al respecto? — preguntó Mayara deteniéndose frente a él.
— Nada. El tiempo que nos queda está ligado al dárico gris. No pienso revolver la vida de Quiazz para luego abandonarlo de nuevo. — Ádria tomó un rizo de Mayara entre los dedos — . Creí que podría hablar una última vez con él… Pero no lo haré.
Ella lo miró con comprensión y le acarició la mejilla, justo donde la barba de varios días le ensombrecía el rostro.
Ádria giró un poco la cabeza y besó el interior se su mano.
Sus ojos coincidieron y el mundo dejó de existir.
Unieron sus labios con anhelo y un férreo deseo de sentirse amados.
Ádria la rodeó por la cintura mientras la besaba y comenzó a caminar hacia la cama con paso lento.
Aprovecharon el camino para acariciarse.
Mayara le quitó la camisa y se estremeció ante el contacto con su piel.
Se desnudaron despacio, recreándose en cada prenda, en cada sensación, reparando en cada una de sus cicatrices. Cayeron sobre el colchón entre gemidos.
Esa noche compartirían mucho más que unos simples besos.