Alviat
Había sido un día complicado. Se sucedían las deserciones en el ejército, soldados jóvenes desaparecían de la ciudad sin dejar rastro y los comandantes vigilaban sus filas pendientes del menor movimiento entre los subordinados. Esa mañana habían ejecutado a dos arqueros. La causa: traición.
Borat caminaba por la ciudad, agradecido por el silencio de la noche.
Cuando entró en su hogar lo acogió el olor a cerna, y una inesperada sensación de vacío que no lograba quitarse de encima.
Dejó la capa sobre el baúl de la entrada y respiró profundamente.
Sus descendientes ya debían estar dormidos.
Vio la luz por debajo de la puerta y oyó las voces al otro lado.
Su esposa, Lianda, no se en contraba sola.
El general decidió mantener la espada abrochada a la cintura.
Cruzó al otro lado y entró en la sala principal.
Su mujer había cerrado las contraventanas, que impedían ver el patio; desde el exterior tampoco podrían espiar aquella reunión clandestina.
—Me sorprende encontrar invitados en mi casa —dijo Borat quedándose cerca de la puerta—. ¿Ahora irrumpís en mi hogar y molestáis a mi familia?
—No era esa nuestra intención. Pedimos permiso a Lianda. —La dárica que habló inclinó la cabeza y se apartó el cabello rubio de la cara—. Usamos el túnel que hay bajo tu casa para que nadie descubriera nuestra visita. Solo queremos conversar.
Borat miró con rudeza a Yarisa, la comandante de los arqueros.
Junto a ella estaban tres capitanes, otro comandante y un anciano encorvado oculto por su capucha.
El general supo que se trataba de uno de los miembros del consejo, llevaba impreso el sello de la co rona en la capa.
Tenían las espadas apoyadas en sus respectivas si llas.
Su esposa alzó la mirada desde el otro extremo de la mesa.
Todos bebían cerna como si aquella fuera una reunión de buenos amigos.
—¿Es cierto que hay kalastys dirigiéndose hacia aquí? —pre guntó Lianda con mesura—. Los rumores recorren la ciudad des de esta mañana. ¿Acaso su guerra no era solo contra los humanos? ¿Qué ha cambiado?
—Los rumores solo se extienden porque yo lo permito. —Borat le ofreció una sonrisa cansada.
Se dirigió hacia la silla que quedaba libre frente a ella, se quitó la espada y la dejó contra el respaldo.
Los presentes recibieron ese gesto con alivio.
Borat tomó asiento. Observó a Fadaes, el coman dante a cargo de la academia.
Los tres capitanes hicieron una in clinación de cabeza cuando los miró.
Sabía que ellos no hablarían y que solo ofrecían su apoyo al resto de los integrantes de la mesa.
Entonces se fijó de nuevo en el anciano; supuso que debía haberlo enviado el Galaef en su nombre.
—Los kalastys se acercan a la ciudad. —Yarisa tomó la iniciativa—.
Su número es insignificante en comparación con nuestro ejército, pero no creo que se hayan vuelto tan locos como para pensar que tienen alguna oportunidad de vencer.
Me preocupan sus planes, dudo que vayan a enfrentarse a nosotros con tan poco.
—La dárica observó un instante al general antes de continuar—.
Han entrado en nuestros dominios sin que los vigías los detecta ran.
¿Cómo es posible? Un pelotón de dos mil soldados hace mu cho ruido. O debería hacerlo.
El general mantuvo el rostro sereno. Lo cierto era que no tenía ni idea de cómo habían llegado los kalastys. Ese era el motivo de volver a tan altas horas a su casa.
—Aparecieron esta misma mañana de la nada en la linde de Lortigan. Acampan a escasos metros del camino de los dioses. — Borat tomó aire muy despacio—. Ignoramos de qué modo han llegado, pero sospechamos que lo han hecho de la misma forma en la que la maldita humana apareció en nuestra ciudad.
Aquello incomodó a todos los presentes. Cómo había llegado Alhanna hasta ellos continuaba siendo una incógnita.
Borat tenía un vacío en su mente sobre el instante en que la chica apareció frente a ellos, pero sí que recordaba la forma en la que se había marchado.
A través de una especie de túnel abierto en el aire.
—La falta de información juega en nuestra contra —comentó el anciano.
Se echó la capucha hacia atrás y Borat se removió incómodo al comprobar que era el mismísimo Galaef—.
Otras criaturas podrían presentarse sin ser detectadas.
Como los demonios que atacaron al dárico gris y a su grupo.
La gente comienza a tener miedo, una parte cree que los dioses van a castigarnos por haber le arrebatado la corona al descendiente de Raehlan-Tae.
La otra, que lo harán porque el dárico gris nos ha traicionado.
—¿Es que no pueden estar de acuerdo ni para vaticinar desgracias? —Borat se rascó la barba y trató de ocultar su frustra ción—. Ya os he aclarado el tema de los kalastys, no tengo más información en este momento. Ahora, decidme para qué habéis venido a mi casa. Hablad claro.
—Nos gobierna un rey que ha sucumbido a la sangre maldita, que decide sobre la vida de su pueblo a través de la enfermedad.
Es una verdad incómoda que decidimos ignorar hace tiempo.
—Yarisa alzó la barbilla—. Devolverle la corona no ha traído calma.
Los calabozos están llenos, la muerte acecha a todo el que se revela.
—La realidad es que nuestros jóvenes huyen de casa.
—El Galaef lanzó un amargo suspiro y fijó su mirada en el general—.
Nuestra sociedad se derrumba poco a poco y el rey no conseguirá detenerlo, porque la enfermedad no le permite ver.
Y tampoco podrán remediarlo aquellos que tiene alrededor y no hacen más que alimentarle con calumnias hacia su descendiente.
Sorastalez hace tiempo que dejó de gobernar, son otros los que lo usan en su beneficio, susurrándole al oído.
Nunca se le debió devolver la corona. Y, por supuesto, jamás debimos acusar al dárico gris de traición.
Sospecho que la verdad fue manipulada para confundirnos.
—¿De qué verdad habláis? —preguntó Borat.
—Los que estamos aquí tenemos la certeza de que no está alia do con demonios. Que si no ha regresado debe ser por un motivo de gran envergadura. —El Galaef apoyó las manos sobre la mesa—. Yo sí creo en la historia que contaron aquellos soldados sobre la aparición del Dios Dragón.
—Nuestro señor se encontraba a las puertas de Alviat, y se fue tras el ataque de los demonios. ¿Por qué desaparecer si había ganado la lucha? —preguntó Yarisa con rabia en la voz—. No estuvimos a la altura. Debimos ofrecerle nuestro apoyo.
—¿Qué queréis de mí? —exigió saber Borat sin más rodeos.
Los presentes se miraron entre ellos y el Galaef asintió.
—Debes tomar partido de una vez. No sabemos a quién le rindes lealtad, pero sí que te preocupa el futuro de nuestra gente —dijo Yarisa—.
Tengo a varios mensajeros retenidos por traer noticias sobre el dárico gris.
Te contaré la que más llamó mi atención: una patrulla de hajaeks pasó por El manantial.
La gente del pueblo contó que fueron atacados por demonios mientras el dárico gris pernoctaba en el lugar.
Fueron él y la endómica quienes los neutralizaron.
—Aguardó un instante por si Borat reaccionaba, pero no dijo nada—.
El dárico gris parece estar sumido en una lucha contra el mundo inmortal para protegernos a todos.
Y mien tras, nosotros lo tachamos de traidor y arrestamos a los que alzan la voz para apoyarlo.
Borat mantuvo el semblante pétreo, pero su interior se retorcía de ira.
No tenía constancia de semejante información.
¿Es que ahora le ocultaban ciertos mensajes?
Por más que deseara decir abiertamente lo que pensaba, no podía.
Debía mantenerse firme, para que el día en el que Kishur regresara él se encontrase en el lugar indicado.
—¿A qué rey sirves, Borat? —preguntó el Galaef a bocajarro.
—Al verdadero rey —respondió el general—. Y esa es la única respuesta que obtendréis. Debereis sacar vuestras propias conclu siones.
Apoyó la espalda en la silla y se cruzó de brazos, haciendo saber así a sus imprevistos invitados que la conversación había terminado.
El general no pudo dormir en toda la noche. Aún no había amanecido y ya se dirigía hacia el cuartel, mientras la niebla continua ba abrazando Alviat.
Una sombra se deslizó a través de la bruma y pasó por detrás.
—Kishur-Lantae es mi verdadero rey, en este mundo y en el venidero —susurró una voz desconocida.
Borat se giró de inmediato, sorprendido por aquellas palabras, pero no logró ver a nadie. Aquel lema había sido pronunciado por Ádria en los calabozos. Maldijo al hajaek.
Continuó su camino, más desconfiado que antes.
Salió a la avenida principal que custodiaban los grandes árboles.
La bruma jugaba entre sus ramas. Dos infantes cruzaron corriendo frente a él y uno de ellos se cayó y arrojó una espada de madera a sus pies.
Le extrañó verlos a esas horas tan tempranas.
Borat recogió el juguete y se lo devolvió.
El pequeño le mantuvo la mirada mientras su compañero se posicionaba detrás del general.
—Kishur-Lantae es mi verdadero rey, en este mundo y en el venidero —repitió la misma consigna con voz infantil. Cuando Borat se dio la vuelta para atrapar al pequeño este ya corría entre la niebla.
A solas de nuevo, soltó una carcajada. ¿Qué se proponían?
La sensación de ser perseguido por las sombras no cesó hasta que entró en su despacho.
Se reuniría de urgencia con sus comandantes.
Los kalastys estaban a las puertas de la ciudad, y tenían que actuar.
Era la primera vez en su historia que la guerra se acercaba tanto a su hogar y eso lo preocupaba.
Más cuando una parte de la muralla había caído por culpa de Alhanna y su endomia.
Un fuerte contingente de soldados lo aguardaba allí.
Su ayudante entró, le ofreció un pequeño sobre blanco y se marchó de inmediato. El general lo abrió y extrajo una hoja de papel con un mensaje que lo dejó atónito.
«Kishur-Lantae es mi verdadero rey, en este mundo y en el venidero», leyó Borat. «Es momento de elegir, ¿a qué rey eres leal?».
El general arrugó el papel en la mano y fue hacia la ventana.
El pueblo dárico comenzaba a tomar partido; no solo debía preo cuparse por la guerra con los kalastys, también por los rumores de conflicto civil que comenzaban a extenderse por la ciudad.
Alviat necesitaba a Kishur, ya fuera encadenado o libre.
Su presencia en la ciudad era lo único que mantendría las armas de los alviatenses envainadas.